
El miedo, sin ser la única, está entre las principales causas de los ladridos alarmantes de los perros. En general, esa actitud está asociada a una sociabilización deficiente.
Una adecuada sociabilización temprana y adecuada evita los ladridos compulsivos de alarma.
En los perros, la edad de los miedos, como advenimiento y reconocimiento de esa emoción, aparece justo al terminar la etapa de sociabilización o etapa sensible, promediando los cuatro meses de edad.
Por otra parte, si durante este período sensible, llamado también “etapa del troquelado”, “imprinting” o “impresión” le presentamos al perro a diferentes personas, perros variados, otros animales, ruidos, ambientes diferentes y estímulos diversos, se consiguen evitar conductas miedosas o inseguras en la edad adulta. Se forja seguridad y templanza de carácter, por acostumbramiento.

El ideal es sociabilizar a un perro durante su etapa infantil, hasta los cuatro meses de edad como muy tarde. Sin embargo es posible llevar a cabo un proceso exitoso de sociabilización en perros adultos, con paciencia, persistencia, afecto y sobre todo con el refuerzo positivo de una recompensa agradable afectiva o tangible (alimento destacado).
De esa forma, un perro que no ha sido correctamente socializado durante su período sensible puede demostrar miedo frente a personas, perros o estímulos desconocidos, manteniendo una conducta que inclusive puede llegar a ser agresiva.
El llamado “síndrome de privación sensorial”, que responde a estos signos entre otros, puede ser la respuesta a los problemas que presente un perro adoptado del que se desconoce su pasado.

Este trastorno aparece cuando los perros han sido confinados durante su desarrollo emocional inicial o privados de los estímulos sociales pertinentes, como por ejemplo los llamados “perros de la pandemia”.
No está comprobado fehacientemente que los perros puedan identificar determinadas emociones por el olfato y reaccionar negativamente ante ellas, ladrando o rechazando a alguien.
Lo que sí se sabe es que poseen sentidos mucho más desarrollados, sobre todo el olfato y la audición, y que a ello se le debe sumar su maravillosa lectura de la expresión corporal que explicaría su increíble capacidad de identificar a una persona miedosa.

Al sentir miedo, estrés o ansiedad, el cuerpo humano libera hormonas que alteran el olor corporal. El olfato de los perros es capaz de identificarlos a lo que se le suma la alteración de la expresión corporal que completa la identificación de la situación.
Los perros son expertos en usar el lenguaje corporal para comunicarse. También son capaces de percibir las alteraciones en entre las posturas habituales del ser humano identificando señales que indiquen un estado de tensión.
En esos casos los perros pueden ladrar por sentirse estresados o temerosos en esta situación, o simplemente para ahuyentar y frustrar cualquier intento de ataque que evalúen como una amenaza que podría nacer de esta persona en estado defensivo.

Los perros pueden ladrar de felicidad tratando de lograr captar la atención de algunas personas, al percibir la presencia de sus individuos favoritos, porque llegó la hora de pasear o porque vieron su juguete predilecto.
Cuando un perro ladra para expresar felicidad se pueden observar otros signos amigables concomitantes en su lenguaje corporal, como son la cola levantada con entusiasmo, algunas expresiones faciales amigables, o la posición de sus orejas hacia atrás cuando es acariciado.
*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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