
Leo con alegría notas sobre abandonar la idea caduca de diferenciar los juguetes por género. Descarto el huevito de chocolate que viene de color rosa con juguetes inmóviles cuando los celestes traen chiches con rueditas, como si el movimiento fuera cosa de varones. Así y todo, y aunque me crea un poquito más aggiornada en igualdad de género (al menos desde lo teórico, ya tengo manías demasiado grabadas a fuego), sucede alguna situación para la que no estoy preparada que me hace caer en la cuenta de cuánto prejuicio me falta descascarar aún en esta cebolla podrida.

Soy vaga para el maquillaje. Me pinto las uñas tres veces al año. Es más, le pido ayuda a mi hija mayor porque soy de madera. Ella saca su caja de esmaltes y le pone voluntad. Luego de aquel acto de amor y en vistas de que la mayoría de los esmaltes tienen más aspecto a Voligoma que a pintauñas, decido comprarle pinturas nuevas. Entro a la perfumería y me siento tan desorientada como cuando uno cae accidentalmente en Parque Chas. Busco ayuda, pero la vendedora está atendiendo a otra clienta. De pronto, un muchacho muy amable me viene a socorrer. Me pregunto si cabe pedirle asesoramiento a él. "Necesito un esmalte", digo con miedo a incomodarlo. Entonces sucede el milagro, el pibe es un gurú del make up con posgrado en uñas. Sabe qué esmalte es mejor, cómo usarlo, técnicas de perdurabilidad y un montón de detalles que yo desconozco. Lo escucho azorada cuando desliza en primera persona "a mí este esmalte me dura una semana". Se me ocurre mirarle las manos: tiene las uñas largas, impecables, cuadraditas y con brillo. Siento un poco de vergüenza de que pueda estar mirando las mías, son de cuarta. Compro varios productos, a sabiendas de que estas visitas en mí son tan esporádicas como ir al dentista y salgo con mi bolsita de maquillaje y varios reproches: ¿por qué lo descalifiqué a priori sólo por ser hombre? ¿Quién me obliga a mí por ser mujer a maquillarme y a él, por ser varón, a todo lo contrario?

Esto es una sutileza, pero quizás estas cosas mínimas sean las que nos vayan acostumbrando a cohabitar todos los espacios. Hay una frase muy linda de Chimamanda en su libro Carta a Ijeawele "¿Puedo invertir X y obtener los mismos resultados?" (hablando de X como hombre/mujer). Y esta otra: "Porque eres una niña nunca es una razón para nada. Nunca". Lo que propone la autora es un ejercicio sencillo, pero complejo. Del mismo modo que declara el ser niña, podría pensar: "Porque eres un niño nunca es una razón para nada…". Solemos pensar en espacios a ganar por las mujeres porque se pensaban privativos del hombre, pero ¿y esos que creemos que son "de mujeres"? Les juro que el de maquillaje y coquetería lo cedo con total cariño. Si pensamos en función de "personas", sin definir género, ¿no podremos ampliar los gustos e intereses? Quizás hasta podamos pensar revistas de moda y maquillaje para personas que gustan de ello. Definir el medio por temática de interés. Sin definir género. Y entonces nos parecerá más que lógico pedir asesoramiento en uñas perfectas a un flaco que sabe del tema.
por Mariana Weschler
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