
En las esquinas de la avenida, con la mochila térmica a los pies, mirando el celular a la espera del próximo pedido. Algunos llevan años. Otros empezaron hace semanas, cuando el sueldo dejó de alcanzar o el trabajo de antes desapareció. Llueva o haga frío, ahí están. Son una de las imágenes más nítidas del trabajo en esta década, y también una de las que la política entiende peor.
Hay un gobierno nacional que hizo de la palabra libertad su bandera, y a estos trabajadores les dice exactamente eso: que son libres. Libres de elegir sus horarios, de no tener jefe, de conectarse cuando quieren. Sería un error contestar que eso es mentira. No lo es. Muchos de los repartidores y choferes con los que hablo valoran de verdad esa autonomía, y la eligieron. Negarlo es no escucharlos.
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Lo incómodo es reconocer que quienes venimos de la tradición que siempre defendió los derechos del trabajo llegamos tarde a esta realidad. Durante años la respuesta fue casi automática. Si trabajan, que sean empleados en relación de dependencia, con el convenio y el recibo de sueldo de siempre. Y en muchos lugares, una parte de los propios trabajadores no se reconoció en esa respuesta. En España, cuando el gobierno impulsó la llamada Ley Rider, hubo repartidores que salieron a protestar en contra. En Brasil, el gobierno de Lula empezó buscando encuadrar a los choferes de aplicaciones como asalariados y terminó proponiendo una figura nueva. Al firmar el proyecto, Lula lo dijo sin vueltas: “La gente va a tener autonomía, pero al mismo tiempo necesita un mínimo de garantías”.
Esa frase resume el problema mejor que muchos tratados. La pregunta de fondo no es si un repartidor es empleado o autónomo. Es si está solo o no el día que algo sale mal.
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El deseo de autonomía es genuino. Pero no es lo mismo la autonomía que uno sale a buscar que la que le queda cuando no tiene otra cosa. En la misma esquina conviven el que eligió no tener jefe y el que llegó ahí porque se quedó sin trabajo y sin alternativas. Para uno, la aplicación es una forma de vida. Para el otro, una forma de aguantar. Y la libertad de trabajar más de ocho horas sin un baño, sin agua, sin un seguro si se te cae la moto encima, sin nadie a quien llamar si la aplicación te desconecta de un día para el otro, no es libertad de nadie. Es abandono con otro nombre. Confundir libertad con abandono, modernización con precarización, es la trampa en la que hoy se quiere encerrar a una generación entera de trabajadores.
Hay otra trampa, más sutil pero muy poderosa. Es cierto que nadie pedalea por el repartidor. El esfuerzo es suyo, y merece todo el reconocimiento. Pero cada pedido viaja por una calle que alguien asfaltó, cruza semáforos que alguien mantiene, recorre una ciudad que tiene que ser segura para poder andarla -y que todavía no lo es lo suficiente, lo sé-. Y cada pedido existe porque hay vecinos con algo de plata para pedir y comercios que todavía pueden vender. El esfuerzo es individual, pero se apoya todos los días en cosas que construimos entre todos.
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Por eso me parece razonable que lo que construimos entre todos le garantice un piso a quien trabaja. Si las categorías de siempre no alcanzan, hay que pensar otras. Creo que el camino es que los derechos dejen de depender solamente del contrato y empiecen a acompañar a la persona. Que exista un piso de protección para cualquiera que trabaje -seguro ante accidentes, un lugar donde descansar, acceso a la salud, asesoramiento cuando hay un conflicto- sin esperar a que un tribunal resuelva quién es su empleador. Ese piso no le quita libertad a nadie. Al contrario. Es lo que hace que la autonomía sea una elección y no una imposición de la urgencia.
Un municipio no legisla sobre el trabajo. Pero tampoco puede mirar desde afuera. En Morón decidimos empezar por lo que estaba a nuestro alcance. Abrimos una posta de descanso en Haedo donde los repartidores pueden cargar el teléfono, tomar agua y refugiarse de la lluvia. Creamos un registro voluntario que les da una credencial y capacitación en seguridad vial, asesoramiento legal y contable, y descuentos en los comercios del distrito para cosas tan concretas como un casco o el arreglo de la bicicleta.
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También firmamos un acuerdo con una empresa de transporte por aplicación, porque preferimos estar presentes antes que mirar desde afuera. Nos sentamos a la mesa para que ese acuerdo dejara algo concreto en Morón: autos sin costo para mujeres que quieren generar su propio ingreso y no tienen con qué empezar, y créditos para que personas con discapacidad puedan trasladarse a los servicios municipales de acompañamiento. La plataforma es el medio. Las personas son el fin.
Nada de esto resuelve el problema de fondo, y sería deshonesto decir lo contrario. Pero muestra algo que me parece importante. Entre la nostalgia de un mundo del trabajo que no va a volver y la resignación ante uno que deja a cada cual librado a su suerte, hay un espacio enorme para la política. Un espacio que no se llena con discursos sino con presencia.
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La tecnología no es el problema. El problema es quién queda solo. La libertad que vale la pena defender es la de alguien que puede elegir cómo trabajar sabiendo que, si se cae, de la moto o del mes, hay alguien.
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