
Durante los últimos días, en los análisis sobre la victoria de Lula y sobre su impresionante movilización en las calles y las redes, surgió una especie de fascinación por el “Exército do Lula”, el canal de WhatsApp coordinado por André Janones que canalizó mensajes e instrucciones políticas a millones de brasileños. No faltan consultores en América Latina que ya estén vendiendo grupos de WhatsApp.
Tal vez ignorando que Janones es, ante todo, un político, muchas lecturas parecen inferir que el progresismo encontró su fórmula magistral: librar agresivamente la batalla narrativa en el plano digital, donde la extrema derecha lleva años de ventaja. Ahora bien, aunque las redes sociales son clave, para las extremas derechas el centro de la cuestión no está en el uso de redes sino en la “batalla cultural”, en disputar qué es justo y qué le corresponde a cada uno. Un político, a fin de cuentas, lo que tiene que comunicar son proyectos políticos. Y en esa línea, me gustaría aportar tres argumentos sobre la necesidad de establecer “políticas de lo cotidiano”.
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El primer argumento es que buena parte de la actual tensión política de las democracias liberales gira en torno a la capacidad de los Estados para dar resultados concretos. Si miramos a América del Sur, tenemos Estados con poco margen fiscal, que gastan, en la mediana, más en intereses de la deuda que en inversión pública, y una insatisfacción generalizada con los servicios públicos y las instituciones. Por ejemplo, según Latinobarómetro, en 2011 el 55% de los latinoamericanos estaba satisfecho con la educación pública y hoy es sólo el 40%. Con los hospitales la caída es peor, del 48% al 28%. Asimismo, el 73% de los encuestados en 2026 cree que el Estado hizo poco o nada por ellos y por su familia.
Pero el problema no es solo la limitada capacidad de los Estados para responder a las demandas de los ciudadanos. Hay otro lado de la moneda, que es muchas veces la invisibilización de lo que el Estado hace. Por ejemplo, en una encuesta del BID de 2023 en megaciudades latinoamericanas, la mayoría de los encuestados afirmó no recibir subsidios en servicios como agua, electricidad o transporte, cuando la realidad era otra. La politóloga estadounidense Suzanne Mettler habla del “Estado sumergido” para explicar este desafío. Desde las reformas neoliberales de los años ochenta, cuando los Estados pasaron de producir oferta a subsidiar demanda, el Estado llega a la gente a través de deducciones impositivas, subsidios o actores privados, y por eso mismo ya casi nadie identifica esas políticas como estatales. De hecho, cuando Mettler preguntó a 1400 estadounidenses si alguna vez habían usado un programa del gobierno, el 57% respondió que no, pero cuando se les preguntó por 21 programas concretos, el 96% había usado al menos uno.
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El segundo argumento es que los movimientos de extrema derecha han logrado instalar en el “sentido común” que la respuesta a los problemas pasa por quitar obstáculos de la vida cotidiana. Estos movimientos encontraron en las molestias del día a día un canal más directo que los populismos tradicionales más colectivistas: el impuesto, la regulación, el delito, los migrantes son las trabas para tu desarrollo personal. La promesa es modesta: quitarte obstáculos del medio para que seas dueño de tu propio destino. Si tienes éxito económico (o no) depende únicamente de tus aptitudes. Detrás hay cambios más profundos, caracterizados por un mayor individualismo, el nuevo ser-emprendedor, la informalidad laboral, las economías de plataforma y las redes sociales, en donde el Estado parece un estorbo y las soluciones colectivas generan desconfianza. En Argentina, los asalariados privados registrados son hoy casi los mismos que en 2012, mientras los trabajadores por cuenta propia crecieron más del 60%. En las redes se ha democratizado la promesa de que ser millonario depende sólo de ti. En Brasil, los inversores en la bolsa pasaron de unos 500.000 en 2011 a 5,6 millones en 2026; y en 2024 los brasileños transfirieron mensualmente, por Pix, más dinero a las casas de apuestas del que el Estado pagaba en Bolsa Família.
El tercer argumento apunta a que, frente a esta promesa de quitar obstáculos, el progresismo debería darle más centralidad a las políticas públicas que impactan en el cotidiano de la gente. Esto es lo que han hecho quienes han ganado elecciones recientemente. Mamdani ganó con una plataforma centrada en congelar los alquileres regulados, ofrecer autobuses y cuidado infantil gratuitos y abrir supermercados municipales con precios más bajos. En Brasil, entre la primera y la segunda vuelta, se promulgó el fin del 6x1, que reducirá la jornada de 44 a 40 horas sin recorte de sueldo, y el piso del Bolsa Família aumentó un 15%. Lula además sancionó el perdón de las deudas de millones de microemprendedores individuales y le disputó a Bolsonaro la agenda de la seguridad, planteando la reducción de la edad de imputabilidad a 16 años para delitos graves. El cambio fue traducir conceptos genéricos (trabajo, coste de vida, seguridad), que por desgaste poco interpelan a gran parte del electorado, en medidas concretas, materiales, que se sientan. Ninguna narrativa ni grupo de WhatsApp moviliza sin sentido político. De poco sirve hablar de democracia si no cambia la vida cotidiana de quien vota. Y de mucho sirve cuando permite a las clases postergadas transformar sus condiciones de vida.
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Dicho esto, queda una pregunta abierta y es cómo construir una política de lo cotidiano con Estados sin margen fiscal. Y aquí aparece una agenda: políticas distributivas más ambiciosas y mejorar la eficiencia del Estado. Esto último es algo de lo que la extrema derecha, más orientada a su desmantelamiento (la motosierra), se desentendió y que puede ser un instrumento importante para recuperar el tejido democrático: una democracia no es incompatible con un Estado ágil y eficiente, que impacte en la vida cotidiana de la gente.
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