IA sin control: adultos mayores en riesgo

Junto a sectores vulnerables, sufren estafas por falta de educación digital

Primer plano de un hombre anciano con pelo blanco, gafas y bigote, vestido con un cárdigan marrón, manipulando un smartphone negro con ambas manos.
El avance de la Inteligencia Artificial profundiza la brecha social y posiciona a la alfabetización digital como un derecho fundamental. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Lejos de garantizar un acceso universal a la información y al conocimiento, el incesante avance de la Inteligencia Artificial está provocando una brecha social que, si no atendemos a tiempo, puede volverse irreversible. La alfabetización digital ya no puede pensarse como un lujo o una habilidad complementaria, sino como un derecho humano fundamental y una herramienta indispensable para garantizar la equidad social.

Para los adultos mayores, poblaciones en situación vulnerable y comunidades aborígenes, la falta de conocimientos tecnológicos genera una barrera invisible, que les quita autonomía, los aísla socialmente y los convierte en blanco fácil para fraudes informáticos a través del phishing (robo de datos personales -DNI, clave PIN, contraseñas, etc.— vía canales digitales). Hasta hace poco, eran reiteradas las denuncias por estafas con escaneo ocular, algo que lamentablemente se veía en estaciones de tren o subte.

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El rol del Estado

La digitalización compulsiva de servicios estatales y bancarios está dejando afuera a estos sectores, que dependen de terceros para realizar trámites, exponiendo su privacidad e independencia. Para el caso de personas en situación vulnerable, los limita para acceder al mercado formal y a programas de empleo, perpetuando el ciclo de pobreza.

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El vertiginoso avance de la Inteligencia Artificial con crecientes niveles de autonomía introduce una nueva dimensión de riesgo. Aunque la IA promete simplificar procesos, su despliegue sin regulación ni alfabetización previa amenaza con profundizar drásticamente la brecha existente.

Un ejemplo cotidiano es el reconocimiento facial para la “Fe de Vida” de adultos mayores para el cobro de sus jubilaciones. La verificación a través de las apps bancarias suele traer dificultades para sostener el teléfono, encuadrar el rostro en la imagen y realizar los gestos específicos. Personas con temblores musculares, cataratas o arrugas marcadas vieron bloqueado su acceso al cobro, obligando luego a sus familiares a dirigirse a una sucursal para revertir el “fallecimiento presunto” dictaminado por un algoritmo deshumanizado.

Estafas a jubilados con clonación de voz (Vishing)

Organismos como PAMI y entidades provinciales (por ejemplo, en Mendoza) han emitido alertas de emergencia ante estafas cibernéticas complejas ejecutadas con IA. Ante la falta de protección o medidas de seguridad endebles, bandas de ciberdelincuentes utilizan Inteligencia Artificial generativa para replicar la voz exacta de un familiar directo o de un operador bancario. Mediante llamadas automáticas, simulan accidentes, secuestros o “recálculos urgentes de jubilación”.

Otro caso conocido fue el engaño con deepfakes de Messi y Scaloni que despojó de $24,5 millones a un jubilado en Las Heras. Los ciberdelincuentes crearon videos falsos en los que la leyenda del fútbol y el DT de la Selección explicaban las “supuestas ventajas” de una plataforma financiera llamada Stake Manerix 0.6, prometiendo convertir $150.000 en más de $5 millones en un mes.

Exclusión algorítmica en planes y subsidios sociales

Aunque la automatización de la base de datos de la administración pública (ANSES y Ministerio de Capital Humano) agiliza la gestión de programas de asistencia social, también resulta un riesgo para los sectores vulnerables. El sistema audita consumos con billeteras digitales, titularidad o no de inmuebles, o servicios a nombre del beneficiario, pero sin analizar su contexto social. En barrios populares, por ejemplo, muchas personas tienen una cuenta digital y, al detectar flujo de dinero o consumos, el algoritmo los califica automáticamente como “incompatibles con vulnerabilidad”, suspendiendo de manera preventiva el cobro de la prestación social sin previa revisión humana. Recuperar el beneficio implica navegar un sistema de reclamos digitales generalmente inaccesible para quien no tiene conectividad o conocimientos informáticos.

Si el avance de la IA alcanzara un nivel de autonomía descontrolada y las capacidades de regulación estatal, legal y social quedaran totalmente rebasadas por la velocidad tecnológica, nos enfrentaríamos a un escenario de distopía administrativa y tecno-exclusión. Un algoritmo no entiende de excepciones, si además opera sin supervisión ni freno humano, el impacto sobre sectores vulnerables pasaría de ser un “problema de gestión” a un colapso de los derechos fundamentales. Este escenario extremo demuestra por qué la discusión sobre la Inteligencia Artificial no es únicamente técnica, sino profundamente política y moral. Ninguna decisión que afecte el acceso a la salud, la subsistencia económica, la identidad o la libertad de un ser humano puede ser tomada de forma cien por ciento autónoma por una IA sin la opción de un recurso presencial y humano.