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León XIV y la Argentina: ¿qué viene a decirnos el sucesor de Pedro?

En un escenario marcado por divisiones y ansiedad social, la visita del Papa plantea una pregunta de fondo sobre la disponibilidad para escuchar

El papa León XIV
El papa León XIV
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Durante mucho tiempo se habló de la posibilidad de que el papa León XIV viniera a la Argentina. Hubo invitaciones sucesivas del presidente Javier Milei y de la Conferencia Episcopal Argentina, expectativas, especulaciones y distintas miradas acerca de lo que significa esta visita.

Cada uno podrá tener una opinión convergente o divergente. Algunos la mirarán desde una perspectiva política; otros, desde la religiosa. Pero quizás haya una pregunta anterior a todas: ¿qué significa, para nosotros, que el Papa venga a la Argentina?

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Para quienes profesamos la fe católica, no se trata solamente de la visita de una personalidad mundial. El Papa no es únicamente un jefe de Estado o una figura pública: es, ante todo, el sucesor de Pedro y el pastor de la Iglesia universal.

La Iglesia recibe y transmite la Revelación a través de la Sagrada Escritura y la Tradición. La Biblia recoge la historia de la relación de Dios con su pueblo y alcanza su plenitud en Jesucristo. Pero la fe de la Iglesia nunca fue solamente la Biblia.

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La Tradición —del latín tradere, entregar— es la fe inspirada en las Sagradas Escrituras y recibida de quienes nos precedieron y entregada viva a las nuevas generaciones. Junto a la Escritura y la Tradición está el Magisterio, cuya misión es interpretar auténticamente la Palabra de Dios y ayudar a la Iglesia a vivirla en cada momento de la historia.

Como enseña el Concilio Vaticano II, Escritura, Tradición y Magisterio están «tan unidos y ligados» que ninguno puede subsistir independientemente de los otros. Porque el mundo cambia y aparecen preguntas que antes no existían.

Cuando Francisco publicó Laudato si’, por ejemplo, la Iglesia reflexionó sobre la crisis ambiental, la contaminación y el cuidado de nuestra casa común. Hoy León XIV enfrenta otro desafío inédito: la inteligencia artificial.

Su primera encíclica, Magnifica humanitas, reflexiona precisamente sobre la dignidad de la persona humana frente a esta nueva realidad. La Iglesia no inventa una nueva fe para cada época. Vuelve a la misma Palabra, escucha la Tradición y busca iluminar, desde ellas, los desafíos del presente.

Por eso tampoco todo lo que dice un Papa tiene el mismo grado de autoridad. Existe un Magisterio ordinario y otro extraordinario, reservado este último para circunstancias muy específicas. Una encíclica pertenece normalmente al Magisterio ordinario.

Pero el Papa tiene siempre la misión de custodiar y transmitir la fe recibida y ayudar a la Iglesia a discernir cómo vivirla en las circunstancias concretas de la historia. Por eso recibir a León XIV en la Argentina no debería significar solamente preparar escenarios, recorridos, actos multitudinarios o dispositivos de seguridad.

También habría que preparar la mente y el corazón. Porque viene a encontrarse con una Iglesia y una sociedad concretas: con nuestras preocupaciones, nuestras heridas, nuestras divisiones y nuestras esperanzas.

¿Qué esperamos de él? ¿Que confirme lo que ya pensamos? ¿Que diga aquello que queremos escuchar? No deberíamos tener preconceptos sobre lo que dirá o hará. Hay que dejar obrar al Espíritu Santo.

En el Evangelio, Jesús le dice a Pedro: «confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32). Esa es, en definitiva, una de las dimensiones de su misión: fortalecer la fe de quienes le han sido confiados.

Por eso, más allá de las lecturas políticas o periodísticas que seguramente acompañarán su visita, para los católicos argentinos habrá una oportunidad que no deberíamos desperdiciar: escuchar qué tiene para decirnos el sucesor de Pedro en este momento particular de nuestra historia.

No sabemos todavía cuáles serán sus palabras. Pero sí sabemos que vendrá a encontrarse con nosotros. Y quizás el mejor modo de prepararnos no sea preguntarnos solamente qué le vamos a decir al Papa, sino qué estamos dispuestos a escuchar de él.

Porque cuando alguien tiene algo para enseñar, también tiene que haber un discípulo dispuesto a escuchar.