
EEUU e Irán han comenzado a negociar un difícil acuerdo, sin que hayan podido sacarse demasiadas ventajas entre sí, casi un “sin vencedores ni vencidos”, e intentarán arribar, con tiempo, a una solución estratégica. Por ahora sólo han acordado un cese de hostilidades inmediato, estructurado como un Memorando de Entendimiento, que contienen tres fases:
1) inmediato: cese completo y permanente de todas las hostilidades en la región, que contempla el levantamiento del bloqueo naval norteamericano contra los puertos iraníes.
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2) durante 30 días: respeto a la soberanía y no injerencia en los asuntos internos de Irán; no aumentar el número de tropas ni de activos militares presentes en la región, ni imponer nuevas sanciones durante las negociaciones posteriores; Irán reafirma su compromiso con el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y confirma que nunca producirá, desarrollará ni adquirirá armas nucleares; EEUU proporcionará a Irán la mitad de sus fondos congelados, por un valor de 12 mil millones de dólares, con el compromiso de poner a su disposición la otra mitad en los 60 días siguientes; EEUU otorgará exenciones de sanciones a las exportaciones iraníes de petróleo, gas y productos petroquímicos; EEUU iniciará consultas inmediatas con Israel para presentar un cronograma a corto plazo para la retirada total de Israel del Líbano; Irán confirma que reabrirá el Estrecho de Ormuz al tráfico marítimo comercial, de acuerdo con ciertos acuerdos específicos que Irán determine.
3) durante 60 días: comenzará una vez que se hayan cumplido todos los términos de la fase 1. EEUU pondrá a disposición los 12.000 millones de dólares restantes de los activos iraníes congelados y presentará planes para un fondo de reconstrucción para Irán, por un valor de al menos 300.000 millones de dólares, financiado parcialmente por los Estados del Golfo (condicionado y en debate). EEUU e Irán debatirán una solución permanente a los asuntos relacionados con el programa nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio, las reservas de uranio existentes y el futuro de las instalaciones nucleares. EEUU e Irán iniciarán conversaciones detalladas sobre el levantamiento de todas las sanciones económicas contra Irán, incluidas las sanciones primarias, secundarias, norteamericanas y de la ONU, así como la retirada de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y de la Junta de Gobernadores del OIEA contra Irán.
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Vencedores y vencidos
La primera impresión de este forzado acuerdo es que Israel ha quedado relegado de las negociaciones; la segunda es que las potencias intermedias, como Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Qatar han tenido voz y han logrado tener ciertas influencias para cerrar este Memorando de Entendimiento. La amistad que parecía inquebrantable entre Trump y Netanyahu no parece ahora ser tan sólida (los intereses nacionales, primero); y la tercera es que este acuerdo impactará sobre las agendas del G7, dentro de la UE, en el conflicto OTAN-Rusia, y seguramente también en las elecciones de EEUU (noviembre) y las de Israel (octubre).
Israel, Líbano y Hezbollah
Al cerrar Washington una vía diplomática con Teherán, deja en claro que Israel ya no maneja el ritmo de la crisis. Para Israel, que el acuerdo no mencione el programa de misiles iraní ni el apoyo de Irán a sus aliados (proxies) regionales es un problema serio, porque pone en duda que puedan cumplirse las premisas con que se inició toda esta guerra: la destrucción del sistema gobernante y de todas las capacidades militares de Irán y sus aliados regionales. Netanyahu intenta recuperar iniciativa mediante más fuego regional sobre el Líbano, pero no sobre Irán. Para reafirmarlo y tranquilizar su frente interno, sigue declamando que no se retirará de las zonas ocupadas del Sur del Líbano. Irán sigue jugando al largo plazo. Israel responde de modo más táctico y EEUU mantiene cierto control sobre el tablero regional, negociando no sólo con Irán, sino con sus aliados árabes del Golfo. Probablemente EEUU no frene inmediatamente a Israel, mientras intenta sacar algunas ventajas en las duras negociaciones con los iraníes. Pero luego Israel descubrirá que los límites de su autonomía dependen de la potencia estadounidense.
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Un desafío estratégico de más largo plazo sería pasar de este acuerdo básico a una arquitectura regional que incluya, de algún modo, una normalización más amplia entre los países influyentes en Medio Oriente, como lo son Irán, Turquía, Egipto, Arabia Saudita e Israel, donde ninguna potencia regional tenga la supremacía geopolítica y militar que hoy dispone Israel, por el apoyo incondicional de los EEUU. “Si los iraníes cumplen con este acuerdo, van a transformar fundamentalmente Medio Oriente durante los próximos 50 años”, dijo el vicepresidente J. D. Vance.
El programa nuclear de Irán
Los asuntos nucleares serán el debate de fondo, donde se rescatan cuatro puntos principales de negociación: cuánto tiempo puede suspender Irán el enriquecimiento de uranio, el futuro de las reservas actuales de uranio enriquecido de Irán, el destino de las instalaciones nucleares iraníes y las futuras inspecciones del programa nuclear de Irán. Irán propone “diluir” el uranio enriquecido, reduciéndolo de su concentración actual al 60%, a los valores (10%) del uranio usado en las centrales nucleares. El problema de fondo es quien controla todo ese proceso, en cantidad y si sólo habrá funcionarios de la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) que preside el argentino Raúl Grossi. Surgirán muchos otros problemas técnicos y políticos a resolver.
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En los casi cuatro meses transcurridos desde el inicio de esta guerra, los líderes iraníes demostraron capacidad para resistir ataques demoledores de la muy poderosa fuerza militar combinada de EEUU e Israel, cerrar el estrecho de Ormuz, paralizar los mercados energéticos globales y abrir una grieta profunda entre Trump y Netanyahu. Por el momento debe destacarse la defensa cerrada de la soberanía nacional que ha ejercido Irán, independiente de la visión que cada uno tenga sobre su régimen interno. Es lo mismo que está sucediendo con todas las potencias intermedias y en muchos países de África.
La actual etapa de negociaciones en Ginebra pasa por un intercambio de presiones entre actores que hablan de paz mientras intentan mejorar su posición en el tablero. Quedó claro que Ormuz es una arteria vital de la economía mundial; su control puede transformarse en instrumento de soberanía, presión y recaudación. Irán no necesita derrotar militarmente a EEUU para complicarle el escenario; le basta con demostrar que puede encarecer, condicionar o volver incierto el paso por el estrecho. Washington entiende perfectamente el alcance del problema y reconoce que se está discutiendo quién tiene la autoridad para custodiar y decidir las reglas del paso, mientras intenta recomponer una mínima previsibilidad regional, aunque sin reconocer abiertamente que su capacidad de imposición se ha reducido. Turquía, Egipto, Arabia Saudita, Qatar, Pakistán, Omán intentan evitar que el choque derive en una ruptura abierta del comercio energético global. Por otro lado, está Israel, cuyas acciones en Líbano pueden dinamitar cualquier arquitectura de tregua. Nadie parece tener fuerza suficiente para imponer una solución definitiva, pero todos tienen capacidad para sabotear al resto. La duda es si todavía existe una autoridad capaz de ordenar el conjunto. Por ahora solo vemos un sistema internacional donde las grandes potencias ya no estabilizan plenamente, sino que gestionan incendios que ellas mismas ayudaron a producir.
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El actual orden internacional se concentra en mantener algunas treguas hasta que llegan nuevos conflictos y se producen nuevos incendios; sea en Medio Oriente o en Ucrania. La OTAN no podrá ganarle la guerra a Rusia, pero puede complicarle su logística. Rusia no busca tomar Kiev; busca bloquear sus sistemas de servicios. Todos entienden que la resolución militar es inviable; el tablero donde se resuelve la guerra está en la energía, los oleoductos, los depósitos y en la logística marítima. La energía ha centralizado el eje de todos los conflictos. Nord Stream fue volado en 2022 y nadie ha descubierto al “responsable”; los europeos, que simulan demencia, siguen pagando el incremento del costo energético. Ormuz y Bab el-Mandeb, cuellos de botella que pueden asfixiar a continentes enteros sin disparar un solo tiro, son cartas de juego demasiado fuertes. No hay planificación posible; hay demasiada interdependencia; sólo sesiones de emergencias.
China espera, no se complica y gana terreno diplomático. India, Brasil, Indonesia, Turquía y otros adoptan posiciones equidistantes. Las potencias intermedias sostienen un mundo de arquitectura multimodal, aunque algo caótico; lo mejor es mantener la máxima flexibilidad estratégica, sin comprometerse con alguna alianza circunstancial. No se trata de ser ni anti ni pro occidental, chino o ruso. Cada uno busca sacar ventaja mientras los otros se desangran.
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