
A partir de la reciente noticia sobre el caso de San Cristóbal que sacudió a la opinión pública, cuando un adolescente de 15 años asesinó a un compañero de 13 e hirió a otros estudiantes con una escopeta en la escuela, el gobierno de la provincia de Santa Fe fue tomando distintas medidas no solo educativas.
En el día de hoy, autoridades de los ministerios de Educación, de Seguridad y de Salud, anunciaron que, ante el caso de falsas amenazas de bomba en las escuelas o hechos similares, los padres de los estudiantes partícipes deberán asumir el costo de los operativos. No se trata solo de dinero, sino de responsabilidad, autoridad y la necesidad de formar ciudadanos conscientes de sus actos en un mundo hiperconectado.
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Es, en esencia, un acto de justicia educativa. “Es un límite claro que se le dice a la sociedad: las acciones tienen consecuencias y la responsabilidad primaria nace en casa.”
Esta medida se alinea con pautas del Ministerio de Educación que instan a las familias a recuperar su rol central. Durante años, hemos asistido a una peligrosa delegación de funciones donde se pretendía que la escuela no solo enseñara, sino que también pusiera los límites que no se establecían en otro lado. Hoy, el Estado marca una línea: la educación de los hijos es una tarea compartida, pero el compromiso familiar es indelegable.
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En este sentido, educar con límites no es un acto de autoritarismo, sino de amor y cuidado. Los límites estructuran la psiquis del niño y del adolescente, funcionan como el mapa que les permite navegar la realidad sin desbordarse. Cuando un joven realiza una amenaza de bomba “por diversión”, lo que hay de fondo es una incapacidad de entender dónde termina el juego y dónde empieza la ley.
En la era de la hiperconectividad, este desafío se vuelve exponencial. Nuestros hijos viven en un ecosistema digital donde todo parece efímero y sin peso real. Hacen desafíos de Tic Toc que “creen bromas” y no toman conciencia del poder adictivo de esta y otras redes.
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Por eso, el uso de controles parentales, el límite de tiempo en pantalla y el filtrado de contenidos no debe verse como una invasión a la privacidad, sino como un acompañamiento necesario. Así como no dejaríamos a un niño caminar solo por una autopista de noche, no podemos dejar que naveguen las profundidades de la red sin una guía que filtre lo que aún no están preparados para procesar.
El gran dilema de los padres hoy es cómo generar autonomía en hijos que están “enchufados” a una pantalla gran parte del día. Para lograrlo, es vital que no accedan a los dispositivos antes de los 5 años y, para los más grandes, fomentar el tiempo de desconexión. El deporte, el arte y las actividades al aire libre no son solo pasatiempos; son espacios donde el cuerpo y la mente experimentan la realidad sin filtros algorítmicos.
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Para que un adolescente deje de ver una falsa amenaza como un chiste y empiece a considerarlo como un delito que moviliza recursos públicos y genera pánico, debemos enseñarle a tomar conciencia de los hechos. “Necesitamos que nuestros hijos, antes de hacer un clic o realizar una llamada, tengan la capacidad de detenerse y procesar tres preguntas fundamentales: ¿perjudico a otros con lo que estoy haciendo? (compañeros que pierden días de clase, fuerzas de seguridad que dejan de atender emergencias reales, padres angustiados), ¿esta acción puede tener consecuencias negativas para mi futuro y mi familia? (multas económicas millonarias, antecedentes legales) o ¿me voy a arrepentir luego de lo que hice?” Responder estos interrogantes en familia, pueden ayudarnos a evitar males mayores.
Educar para que se hagan estas preguntas es el verdadero camino hacia la autonomía. El pago de los costos operativos por parte de las familias podría ser el disparador para una conversación profunda puertas adentro.
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Elogiar esta medida gubernamental es celebrar el retorno de la sensatez. Es recordar que la educación comienza con un límite que contiene, sigue con un control que protege y culmina con una libertad responsable. No podemos esperar que los hijos respeten la escuela si no aprenden, primero en casa, que vivir en sociedad implica hacerse cargo de lo que uno hace.
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