
Encendidos juveniles aparecen en la metamorfosis de una dinámica tecnológica voraz y por momentos perversa.
En una búsqueda de pertenencia se abren nuevas subculturas en donde algo o alguien es sujeto de tributos. Ideario virtual.
Hay percepción de peligro, pero no conciencia como tal. El peligro es la adrenalina individual que se potencia en el colectivo imaginario que adolece de conciencia acabada de daño mostrando uno de los rasgos más peligrosos de la psiquis no atendida.
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Una construcción de la subjetividad actual en donde las formas de actuar, pensar y sentir combinan rasgos de distorsión y violencia.
Adolescentes en pantallas que utilizan el crimen como instrumento “lúdico” distorsionado. Ese que pasa por la potencialidad de la retórica hasta que en algunos casos llega al estado de barbarie en el que se concentran todas las frustraciones y la psiquis estalla para concretar.
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El videojuego cerebral pasa al campo de la acción.
Salir a matar bajo un previo armado.
No hay una inclinación a la destrucción material. La inclinación es hacia el exterminio humano.
Es que la descomposición social depreda. Arrasa. Quiebra, perfora y aniquila los tejidos en sociedades absolutamente debilitadas. Encerradas en dicotomías feroces en donde la razón devino en un instrumento de manipulación y fijación.
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El desprecio enmascarado por la vida y la fascinación sigilosa por Tánatos. Pulsión de muerte que sostiene y envuelve a las subculturas de la opacidad que hoy pueden, en redes digitales, destruir a una comunidad. A familias enteras.
El grupo, además de pertenencia, genera una composición de poder. Un poder que no se percibe desde lo individual pero sí en masa. El reconocimiento por el que sale de la tribu digital para ejecutar el crimen es venerado.
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Un “catecismo” del delito en donde el fanatismo sujeta sujetos.
Una conciencia entre comillas adormecida. Un frontal que por diversas razones no “reprime”.
Sin continentes los encendidos juveniles del delito, cuya disputa no es el territorio sino un podio de reconocimiento al costo de la sangre y sin fines de comercialización, forman parte de un mundo en constante degradación donde el capital cultural adquirido nada tiene que ver con la dinámica de una vida en sociedad en la que la alteridad no genere violencia. De hecho, el capital cultural incorporado es la violencia mientras que el objetivado no es más que uno o varios cadáveres. Son los bienes no materiales, aunque percibidos como tales por ser los valores agregados concentrados en las bases del poder.
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Comunidades digitales dispuestas y en redes. Traficantes de barbarie unidos por pulsiones de vida y muerte que migran para no ser detectados bajo la impunidad de las sombras de las redes sociales.
Romper reglas y normas tentados por la banalización del sentido de la vida en tiempos de acoso.
“Verdugos digitales”. “Sicarios digitales” que en su fase más compleja desnudan un fracaso colectivo bajo el velo de Eros también tergiversado.
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