
En los últimos años, algo cambió en la forma en la que nos relacionamos con los alimentos. No se trata solo de una mayor oferta de productos o de que contamos con grandes niveles de información a la hora de priorizar lo que comemos. Hablamos de una transformación más profunda.
Evolucionó la manera en la que el consumidor toma decisiones pensando en su bienestar. La salud dejó de ser una preocupación ocasional, asociada a eventos puntuales o a estudios que encendían alertas, para convertirse en una construcción cotidiana. Las personas están más informadas, toman decisiones con mayor criterio y buscan incorporar hábitos que mejoren su calidad de vida y la de sus familias.
Estos cambios son fundamentales, porque hoy sabemos que buena parte del futuro de la salud se juega en la prevención, y en ese terreno, la alimentación constituye la primera línea de acción. En los primeros 1.000 días de vida, los alimentos sientan las bases del desarrollo físico, cognitivo e inmunológico de una persona; en la adultez, inciden directamente en la calidad de vida presente y futura; y en contextos de enfermedad, una nutrición adecuada puede marcar la diferencia en el proceso de recuperación. Y, todo esto, también repercute en ahorros para el sistema de salud.
Sin embargo, hay realidades que todavía nos desafían. En Argentina, el contexto estructural pone barreras en el acceso y la sostenibilidad de esas elecciones. Nuestro estudio más reciente sobre el estado de la nutrición en la población infantil muestra que casi el 70% de los niños no cubre la ingesta diaria recomendada de calcio y el 95% no alcanza la de vitamina D, mientras que 6 de cada 10 presentan dietas poco diversas, con deficiencias en nutrientes esenciales. Además, en un ecosistema de información saturado, no siempre es fácil distinguir evidencia de ruido y los mitos sobre la alimentación proliferan tan rápido como la evidencia basada en investigación.
Del laboratorio a la vida diaria
En este contexto, la ciencia cumple un rol central. Generar evidencia, entender mejor las necesidades de las personas y traducir ese conocimiento en soluciones concretas es un proceso complejo, pero indispensable.
Con el tiempo, entendimos que la mejor forma de generar confianza es a través de la validación científica. Investigar, contrastar estudios y mejorar los productos de manera continua es parte del camino silencioso que permite que la alimentación tenga un impacto real en la salud. Ese trabajo, en Danone, se apoya en iniciativas como el proyecto ATENEA, desde donde impulsamos investigaciones sobre nutrición, salud digestiva y bióticos, entre otras temáticas, para tomar decisiones basadas en datos en el desarrollo de nuevos lanzamientos. Este proceso se potencia con los estudios que realizamos a través de seis centros de investigación a nivel global y la articulación con organismos públicos en cada país donde tenemos presencia.
La ciencia no solo ordena la conversación, también habilita la innovación. Hoy hay evidencia suficiente para afirmar que los alimentos fermentados, como el yogur, pueden aportar beneficios concretos a la salud digestiva. Su proceso de fermentación y su matriz alimentaria favorecen la absorción de nutrientes y ayudan a sostener un ecosistema intestinal más diverso, generando un impacto en la calidad de vida. Por eso, en 2022, sellamos un acuerdo con Conicet para incorporar en nuestra línea de yogures Yogurísimo una cepa probiótica que contribuye a la salud digestiva y respiratoria. Este es el recorrido que buscamos: que la ciencia no permanezca en el laboratorio, sino que llegue a los hogares.
El rol de las empresas
La investigación, por sí sola, no alcanza si no se traduce en productos adaptados a las necesidades de las personas. Ese recorrido se refleja tanto en alimentos que forman parte del día a día como en soluciones pensadas para momentos específicos de la vida: desde la nutrición en los primeros años hasta contextos de enfermedad, donde lo que se come deja de ser un detalle. Incluso en algo tan básico como la hidratación, que sigue siendo una de las grandes deudas de nuestra vida cotidiana.
En este sentido, una de las principales líneas de evolución está en las recetas de los alimentos que consumimos todos los días. La reducción de azúcares y la eliminación de ingredientes que la evidencia científica ha ido cuestionando son parte de ese camino. En Danone llevamos más de dos décadas avanzando en esa dirección: redujimos más del 90% del azúcar en productos infantiles desde 2001 y un 49% en productos para adultos desde 2014, eliminando además el aspartamo, el jarabe de maíz de alta fructosa y la maltodextrina de nuestro portafolio.
Este recorrido convive con otro igual de relevante: enriquecer los productos con nutrientes validados como parte de una dieta saludable. Dos de las categorías centrales de negocio de Danone son alimentos sugeridos en las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA) y las Guías Alimentarias para la Población Infantil (GAPI), ambas realizadas por el Ministerio de Salud de la Nación, como alimento esencial de consumo diario: los lácteos, en especial el yogur, y las fórmulas infantiles, por su aporte de prebióticos, probióticos y postbióticos, omega 3, lactosa, hierro, vitamina D, además de otros minerales y vitaminas esenciales. Detrás de cada uno de estos productos hay un proceso de innovación continua, orientado a mejorar la calidad nutricional sin perder de vista la experiencia de consumo.
A su vez, la nutrición especializada ocupa un lugar cada vez más relevante para muchas familias. Se trata de soluciones diseñadas para acompañar necesidades específicas a lo largo de distintas etapas de la vida, donde la alimentación cumple un rol crítico: desde los primeros años desde el nacimiento hasta contextos de salud complejos, como un tratamiento oncológico. En estos escenarios, la nutrición se convierte en una herramienta concreta de cuidado, en la que cada nutriente aporta de manera directa al proceso de recuperación y al bienestar general.
En este recorrido, el foco no está puesto solo en innovar, sino también en lograr que esas mejoras lleguen a más personas. La educación alimentaria, el acceso a los alimentos y el trabajo conjunto entre el sector público y privado son condiciones necesarias para generar un impacto sostenido, una responsabilidad que en Danone asumimos como parte del propósito que nos guía y en nuestro rol como líderes en la industria. Tenemos que abogar por marcos regulatorios que incentiven positivamente a las empresas a mejorar cada vez más el perfil nutricional de los alimentos que se ponen a disposición de las familias.
El desafío hacia adelante es profundizar este camino y consolidar un ecosistema donde ciencia, industria y consumidores avancen en la misma dirección. Queda mucho por hacer, pero algo ya empezó a cambiar: cada vez entendemos mejor que la salud no empieza en el consultorio, sino bastante antes. Empieza en lo que comemos, en lo que bebemos, en la información que recibimos y en las posibilidades reales que tenemos para elegir mejor. Ahí es donde la ciencia, la educación y el acceso pueden marcar una diferencia concreta.
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