
“Todo tiene un final, todo termina”, canta Ricardo Soulé en una de las grandes canciones de la historia del rock nacional. Aquello que Milei y los adláteres del experimento libertario pensaban que, tras la contundente victoria de octubre, “nunca acabaría” comienza a mostrar signos evidentes de que —parafraseando el título de esa canción del mítico Vox Dei— “todo concluye al fin”.
Esa renovada luna de miel que tras el respaldo en las urnas, el rescate-acuerdo con los Estados Unidos y la manifiesta orfandad opositora, le hizo soñar al presidente con un “verano eterno” que apuntalaría ya no solo su reelección sino que alimentaría sus fantasías hegemónicas y estimularía sus siempre latentes pulsiones totalizantes.
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Un “veranito” que, por cierto, aunque parece haber llegado a su fin, el gobierno supo aprovechar para construir una nueva mayoría en el Congreso y avanzar sin grandes resistencias con algunas reformas estructurales, disciplinar a los gobernadores que amagaban con oponer resistencia, reducir al kirchnerismo a su mínima expresión, y eludir una conflictividad social que en otros tiempos hubiese sido inevitable en virtud de la situación económica y la capacidad de movilización del hoy cada vez más debilitado sindicalismo y los casi extinguidos movimientos sociales.
Lo cierto es que las “fuerzas del cielo” deben lidiar por estos días con temas mucho más terrenales, y con preocupaciones más mundanas. La economía real no arranca y pese a las promesas libertarias no solo vuelve a aparecer el fantasma de la inflación sino el temor al desempleo masivo; la apertura indiscriminada avanza con la destrucción del entramado productivo del complejo industrial y PyME en favor de una reprimarización de la economía que no solo está fuertemente concentrada en manos de capital extranjero sino que no genera empleo; crece el endeudamiento y la morosidad de cada vez más familias que no llegan a fin de mes en un contexto de desplome del consumo; y el modelo basado en el ancla cambiaria como herramienta de control inflacionario no solo parece haber perdido efectividad sino que erosiona aún más la magra competitividad económica.
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En este contexto, no llama la atención que, aún ante la profunda crisis opositora y la carencia de liderazgos alternativos, las encuestas muestren la caída de la imagen del presidente y del nivel de aprobación de la gestión a sus mínimos históricos, en un escenario que da cuentas asimismo no solo del deterioro de las expectativas sino también de un viraje en el humor social hacia otras preocupaciones como el desempleo y la corrupción.
Precisamente en este último tópico el gobierno parece empantanarse, tanto por el impacto de las denuncias del alto impacto que horadan significativamente la narrativa anticasta como por la deficiente gestión de una comunicación de gobierno que rehúye a cualquier explicación —cada vez más necesaria— a la vez que insiste en el desgastado y poco eficiente argumento de intentar transformar las responsabilidades propias en culpas ajenas, construyendo enemigos inexistentes y señalando supuestas y disparatadas conspiraciones que tendrían como protagonistas a políticos, medios y empresarios aferrados a los privilegios del Estado y el proteccionismo económico.
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Si la reaparición del caso $Libra expuso en gran medida estos “problemas”, el affaire Adorni acabó así por profundizar esta nueva agenda, desnudando la pobre estrategia oficialista para hacer frente a una temática que crece exponencialmente entre las principales preocupaciones ciudadanas.
Tras la sucesión de revelaciones que siguieron a la participación de la esposa del jefe de Gabinete en la comitiva presidencial que viajó a Nueva York para el denominado “Argentina Week”, las tan deficientes como desafortunadas y poco convincentes explicaciones del funcionario, y los variados eventos con los que el oficialismo quiso mostrarse abroquelado en la defensa de Adorni, la pésima semana para el gobierno se cerró con una noticia que fue festejada con la ya tradicional desmesura presidencial y que no solo fue interpretada como una bocanada de aire fresco sino como una oportunidad para recuperar cierto control de la agenda.
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Sin embargo, la narrativa oficialista en torno al importante fallo en Nueva York en favor de YPF, que podía potencialmente servir como un triunfo político-jurídico del país y una oportunidad para proyectar una imagen favorable para las inversiones que no llegan, acabó convirtiéndose en un anuncio auto celebratorio del presidente y, sobre todo, en una excusa para intentar recrear la disputa con un kirchnerismo que difícilmente pueda considerarse con seriedad una amenaza real. Un torpe intento de correr el eje del debate del caso Adorni, apresurándose a querer escribir el tan mentado “Fin” para una crisis cuya —pobre— gestión está lejos de su punto final.
Así las cosas, la estrategia del oficialismo no es en absoluto novedosa, y parece reducirse a enfrentar los problemas apelando a la construcción de enemigos poco creíbles, al endurecimiento discursivo para interpelar a sus votantes duros y a una peligrosa procrastinación a la espera de ganar tiempo de cara a la providencial llegada de inversiones salvadoras y de los dólares de una cosecha récord, sin replantearse un ápice de un programa económico que muestra signos evidentes de agotamiento.
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*El autor es sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (La Crujía, 2021)
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