
El poder no se sostiene solo con decisiones: necesita un relato que lo sostenga. Una arquitectura simbólica que le dé sentido, una estética que lo vuelva visible y una narrativa que lo justifique.
Milei fue un dedicado constructor de su fortaleza. A fuerza de confrontación y beligerancia modeló un andamiaje para apuntalar su idea del cambio.
Al instalar el concepto de que la política de Estado es, ante todo, un imperativo moral, eleva a la condición de mandato sus consignas de cabecera.
Esta idea de que “nosotros somos distintos”, “vinimos a terminar con la casta”, “no hay plata ni prebendas ni privilegios”, no se condice con los hechos que se le investigan a Adorni ni con los argumentos esgrimidos por el inefable jefe de Gabinete.
Frente a estos hechos la narrativa libertaria hace aguas. El estropicio protagonizado por Manuel Adorni metió al Gobierno en un pantano.
Los denodados esfuerzos del Presidente y su hermana Karina por rescatar a Adorni del marasmo en el que se está hundiendo solo suman daño a un Gobierno que no está pasando por su mejor momento.
La sobreactuación del apoyo de los ministros hacia el ministro coordinador —un patético ejercicio de obediencia debida— habla de la falta de una estrategia eficaz para contener las consecuencias del derrape.
Una seguidilla de selfies producidas para contener emocionalmente al funcionario en problemas deja pegado al plantel ministerial a una interpretación del ejercicio del poder que buena parte de la sociedad rechaza abiertamente.
Adorni es “apenas” un funcionario público, como tal, le corresponden las generales de la ley.
Las razones alegadas en la fallida conferencia de prensa con las que Adorni pretendió hacer pie en medio del tembladeral lo exhibieron atrapado en un desvarío conceptual.
Este argumento de que “no tengo porqué dar cuenta de mi vida privada” atrasa.
La vida privada de los funcionarios públicos reconoce límites. Es más estrecha, más acotada. Hay un punto clásico en la teoría política: quien ejerce poder público reduce voluntariamente su esfera de privacidad.
La intimidad pierde protección parcial cuando lo privado entra en el espacio público. Quien introduce su privacidad en la esfera de lo público cede parte de ese resguardo.
Muchos funcionarios exponen su vida privada como parte del mensaje político. Otros tantos benefician a los suyos con privilegios y prebendas que derrama el poder.
“Era mi deseo que me acompañara”, dijo Adorni en relación al viaje que su esposa hizo en el avión presidencial.
“Mi dinero lo gasto en lo que a mí me parece mejor...”, argumentó.
Quien administra el poder, quien maneja recursos públicos, quien toma decisiones que afectan a otros, está obligado a dar cuenta de sus actos.
El asesoramiento recibido por Adorni para enfrentar el desaguisado no parece haberlo ayudado. Arrancó firme, siguiendo un guión debidamente elaborado, pero arrastrado por la presión del momento volvió a mostrarse en estado químicamente puro.
El ADN arrogante del jefe de Gabinete lo hizo perder el registro y lo expuso en su peor versión. Del “me estaba deslomando” hasta el “sos apenas un periodista”.
Es cierto: los periodistas no somos jueces, apenas periodistas, pero como tales expresamos buena parte de la demanda de información y transparencia que la comunidad democrática exige.
El escrutinio público no depende solo de la Justicia. Los jueces controlan la legalidad y la prensa aporta a la visibilidad. Y con estos elementos la sociedad otorga o quita legitimidad.
Buscar amparo en la justicia cajoneadora de causas y expedientes no es un recurso: es una declaración de opacidad.
Los funcionarios no solo deben presentar sus explicaciones ante los jueces. La sociedad también merece explicaciones: la verdad completa, documentada.
Adorni dispuso de esa posibilidad y la desperdició. Se abroqueló en el convencimiento de que no tiene por qué dar detalles de su “vida privada”, ni de la disposición de sus bienes ni de nada.
La vida privada se vuelve relevante cuando impacta en decisiones públicas. Sea porque se usan recursos públicos para beneficiar a parientes y amigos o cuando se produce conflicto de intereses, facilitando designaciones o negocios familiares con el Estado.
Es probable que en su cosmovisión libertaria, animada por un individualismo a ultranza, no comprenda que no todo lo legalmente admisible es éticamente neutro.
Cuando se predican políticas de austeridad estrictas y la vida privada contradice abiertamente ese discurso, la contradicción se vuelve un hecho político. No se trata de una cuestión moral sino de coherencia pública.
La credibilidad y confianza se basan en la coherencia. Ser creíble demanda actuar conforme se predica.
Con la altanería que lo caracteriza, Adorni pretendió surfear sus inconsistencias. No le funcionó. Al menos no frente a la opinión pública y a todas las almas sensibles que apostaron, con su resiliencia, a un proceso de cambio que prometió reformatear la economía y transformar el modo de hacer política.
Como tantos otros, Adorni se dejó atrapar por el vértigo de la alfombra roja. “Finalmente todos somos humanos”, ensayó alguno de los tantos funcionarios que transitan por los pasillos de la Rosada.
Por aquello de que no hay mal que por bien no venga, el ruido que produce el caso Adorni funciona como una cúpula de hierro sobre las revelaciones del caso #Libra.
Un escudo protector mediático, un dispositivo aberrante que, al menos por ahora, distrae de los chats y conversaciones que dan cuenta de los movimientos del Milei influencer.
Los aviones privados y las propiedades para el weekend son siempre más gráficas e impactantes que las transacciones encriptadas en la blockchain.
La maravillosa noticia de que la Corte de Apelaciones del Segundo Circuito de Nueva York falló a favor de la Argentina y anuló la condena por la expropiación de YPF, liberando a nuestro país de pagar unos USD 16.100 millones cayó rápidamente en el vértigo de la confrontación.
El presidente se enteró del fallo mientras encabezaba un acto en el Centro de Formación de Capital Humano, junto a la ministra Sandra Pettovello.
“Como soy Milei lo voy a decir al estilo Milei: tuvimos que venir a arreglar lo que hizo el inútil imbécil de Axel Kicillof y la presidiaria de Cristina Kirchner.” fueron sus primeras palabras
Axel Kicillof no tardó en responder. “Me parece triste, lamentable, penoso lo de Milei…él defendía a los buitres…el fallo reafirma que la expropiación fue legal”
“Pésimo día para los anti-argentinos que se pasaron una década hablando mal de la recuperación de YPF.” Sumo desde las redes Cristina Kirchner.
El kirchnerismo apalancó su celebración en el hecho de que el fallo argumenta que la expropiación fue considerada un acto soberano del Estado y no un incumplimiento contractual.
La semana termina de manera vibrante. En cadena nacional el Presidente de la Nación reivindica el fallo, sin dudas histórico, como un mérito de su Gobierno.
“Lo que parecía imposible, lo hicimos posible…Ellos apostaron con nuestro futuro; nosotros no apostamos, nosotros simplemente ganamos.”
El tironeo retórico en torno al fallo de la Justicia norteamericana, tanto desde el oficialismo como de la oposición, opaca un festejo que debería ser de todos y habilita hacia adelante un nuevo debate para alimentar la grieta y la polarización.
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