
“En verdad les digo, que me encontrarán en el centro del ring, con el honor intacto”, Pierce Egan, Boxiana
Los grandes de verdad transforman su nombre en una marca registrada. Hay muchos Diegos (me consta) pero uno solo es “El Diego”. Y del mismo modo, y con todo el respeto a los Cherquis del mundo, cuando se menciona ese nombre hay un solo referente posible, que no es otro que Ernesto Cherquis Bialo, periodista deportivo argentino casi por antonomasia, protagonista y testigo de la mayor parte del siglo XX y un buen tramo del siguiente, fallecido en estos días tras una ardua lucha contra la leucemia. El Diego tuvo también un apodo digno de su estatura. A él le tocó el de “D10S”. Cherquis, por su parte, tuvo que elegir un seudónimo para su trabajo en una de las revistas más importantes de la historia del deporte en castellano, y eligió nada menos que llamarse “Robinson”.
El nombre es un homenaje al legendario “Sugar” Ray Robinson, un boxeador de peso welter y mediano de mitad del siglo XX que aún hoy es considerado el mejor homo sapiens en calzarse guantes acolchados en toda la historia. Pero también es una declaración de principios. En ese acto, Cherquis eligió los zapatos con los que habría de recorrer medio planeta cubriendo boxeo y dando cátedra de periodismo durante el resto de sus días, y esos mismos zapatos son los que muchos de quienes lo sucedieron (me incluyo) tratamos de llenar infructuosamente en nuestro afán de ser los próximos Robinsons del mundo. Hoy, después de un ramillete de décadas fatigando los ringsides y las salas de redacción del planeta, ese Cherquis que se nos hacía eterno transitó hacia el próximo plano, y en la intimidad de la última despedida en la Legislatura porteña donde se hizo su velatorio tratamos a duras penas de trazar una semblanza de su carácter con un puñado de discursos de despedida.
Hubo quien rescató un llamado reciente de Cherquis para señalarle la diferencia entre un equipo armado por un millonario y otro subvencionado por el esfuerzo de miles de socios de clase popular a la hora de elaborar una reseña. Se lo recordó como colega, como persona y como amigo. Y alguien más compartió un mensaje que, con ligeras variaciones, fuimos recibiendo en estas últimas semanas todos aquellos que lo conocimos, una metáfora gestada en los años en los que el uno-dos de Acavallo se cruzaba con el dos-por-cuatro de Troilo todas las noches en la avenida Corrientes, y brillantemente transformado en mantra por Cherquis en este tramo final de su vida: “El tango de hoy debería ser ‘Adiós, muchachos’…” nos repitió en uno y mil mensajes de Whatsapp, “pero yo no me bajo del ring hasta el campanazo final”. El campanazo en cuestión le llegó el viernes 20 de marzo a las 22 horas, horario central digno de un evento estelar en el Luna Park, y el anuncio del resultado oficial se hizo esperar hasta el día siguiente a las 14 horas, cuando con una mano sobre su ataúd, la voz argentina del boxeo Osvaldo Príncipi decretó en una brevísima despedida que Cherquis se convertía en leyenda, ante el aplauso de sus seres más cercanos.
En su final, cumplió la profecía de Pierce Egan, el tatarabuelo de todos los periodistas de boxeo del mundo que, al igual que Cherquis y tantos otros, no concebía al boxeo como hecho aislado, sino como un trozo de la historia de su tiempo. A Egan le tocó el Londres de principio del siglo XIX, a Cherquis le tocó Buenos Aires un siglo y medio después. La aldea que le tocó pintar a Cherquis fue el Luna Park de aquellos años, y en ese retrato pintó también al mundo. Procuró terminar ese combate con el honor intacto. El veredicto unánime de quienes lo conocimos es que lo logró con creces. Recientemente, le escribí para contarle que el libro que escribimos nosotros dos junto al amigo Carlos Irusta (titulado “100 años de boxeo argentino en 12 combates legendarios”) estaba a punto de recibir una declaración de interés cultural en la Legislatura de su querida Ciudad de Buenos Aires. “Me hubiese gustado tanto poder estar... “ fue su respuesta literal, casi conjugada en un pasado inminente, y no con el entusiasta “me gustaría poder ir” que esperábamos leer. Nuestra última charla telefónica tuvo también ese aliento de despedida, con una descarnada pero esperanzada descripción de su estado de salud, y mi necesariamente exagerado aliento para superar esa instancia que ambos sabíamos que venía complicada. Como veteranos observadores de mil gestas épicas en el ringside, y sabedores de que el boxeo es el único deporte en el cual la ventana de la victoria está abierta de par en par hasta el último campanazo, supimos que el anhelo de nuestras palabras era todavía posible, aún conscientes que nunca es bueno confundir una ilusión con un pagaré.
Habrá quienes ya hayan identificado a Alejandro Dolina como autor de esa última frase, y no estarán equivocados. Tuve la suerte de ser testigo de la amistad entre ambos y de la admiración mutua que se profesaban, plasmada en una anécdota que ahora me toca intentar relatar con las modestas habilidades cherquianas que creo haber aprendido durante nuestras interacciones. Cuando se publicó nuestra modesta obra, la editorial armó una lista de periodistas y personalidades para enviarles copias del libro. Nombre, teléfono y “función”, en tres columnas. La mayoría estaba en la primera de esas dos categorías, pero algunos caían bajo otras como la de “actor/influencer”. La mala puntería hizo que Dolina caiga en esa categoría, y la voz estentórea de Cherquis (acostumbrada a casi deletrear cada palabra con lentitud y volumen inigualables, hijas de aquellas charlas a larga distancia en esos teléfonos de baquelita en los que no se escuchaba una mierda) no se hizo esperar, en un mensaje de audio antológico.
“¿Cómo estás, Dieguito?”, arrancó, con esa proclividad que tenía por el apelativo en diminutivo como gesto de cariño, incluso antes de lanzar una flor de cagada a pedos como lo hizo con su siguiente comentario. “Tengo que pedirte un favor. Ahí donde dice ‘influencer’ poné ‘genio’. ‘Dolina igual genio’. Empezá por ahí”. La defensa de sus colegas y amigos no era un gesto vacío de caciquismo ni de corporativismo. Era su marca personal. Permeaba en cada uno de sus escritos, en los que el periodista era parte integral de la historia, al mejor estilo de Hunter Thompson.
Su relato del famoso fallido de Manuel “Corner” Sojit, hermano del legendario Luis Elías Sojit, tenía esa impronta. Según cuenta la hoy mítica historia, Corner, famoso por su leve gangosidad y sus ampulosos relatos telefónicos desde la cancha, corrió a un teléfono cercano a apurarse a relatar un tiro de penal de Bernabé Ferreira, a pesar de que todavía no había sido pateado. Lo relató con lujo de detalles, como si lo estuviese viendo, y su hermano lo puso al aire en la radio para deleite de los hinchas de River. La imitación de Cherquis traía a la vida ese mismo relato telefónico como si lo estuviésemos escuchando: “¡Penal para Rrrghhiver, Luis Elías! ¡Lo patea Berrghhnabé Ferrghhéira! ¡Toma carrghéra Ferrghéiraaaaa… goooool!”.
La pelota, lamentablemente, no había entrado al arco. Los Sojit cayeron en un momentáneo estado de bochorno del que les costó un buen rato salir, y la anécdota se viralizó muchas décadas antes de que naciera ese concepto. Pero Cherquis, en sus muchas iteraciones de este hilarante relato, jamás lo contó en tono de burla ni mofa. Para él, siempre fue el ejemplo del periodismo de trinchera que tiene como misión la de electrizar a los oyentes y lectores, y que cada tanto, como toda buena piña de Monzón o tiro libre de Ferreira o de quien sea, puede fallar. Y así lo patentizaba en el remate incomparable de ese cuento: “Y bueno, Luis Elías… ¡¿quién se iba a imaginar que Berrghnabé Ferrghéira iba a errghar un penal?¡”.
Quizás munido de esa misma experiencia, sabía que algunos periodistas quedan estigmatizados por sus momentos menos felices, y tenía claro que él no sería uno de esos. Cuando el programa “Duro de Domar” usó un muestreo sonoro de su risueña pronunciación de la palabra Johannesburg, Cherquis vislumbró la posibilidad de quedar prendido a esa muletilla, y desde entonces se rehusó a repetir la palabra en público. “Shojánesburr” se eufemizó como “la capital de Sudáfrica” de ahí en más, y no hubo nadie que lo obligara a repetirla ni por todo el oro del mundo. En su paso por el periodismo, le tocó ser columnista estelar de El Gráfico, un medio con una influencia que hoy ni siquiera podríamos imaginar. El Gráfico tenía el poder de canonizar y demoler por partes iguales, y Cherquis se hizo leyenda con su imponente don de la palabra, relatando una pelea épica en cuatro renglones, o estirando el registro de una trivial charla de café con algún deportista a lo largo de cuatro páginas. Su vocabulario abarcaba cien años de argentinidades de toda laya. Desde “cafishio” hasta “bardero”, ningún neologismo, eufemismo o argentinismo le resultaba ni tan vulgar ni tan sofisticado como para escaparle a las teclas de su Remington. Y desde ahí creó un estilo que aún hoy muchos tratamos de imitar.
Su único par, quizás, estuvo en Estados Unidos, sin que muchos de nosotros lo conociéramos. Ser bilingüe me ha dado la suerte de conocerlo. Su nombre era Mark Kram, periodista estrella de la revista Sports Illustrated. Con ese mismo desparpajo, y sin sacrificar erudición, Kram mezclaba lo sagrado y lo profano, lo burdo y lo sublime, la charla de calle y la tertulia literaria con la misma facilidad que Cherquis. Y con ese mismo poder de síntesis plasmó una metáfora que hoy Cherquis desmiente con su última acción en este mundo. “Los grandes”, argumentaba Kram, “mueren dos veces. Primero mueren como grandes, y luego como hombres”. La frase pertenece claramente a los siglos más recientes, donde los grandes no mueren ya en el campo de batalla o en la plenitud de su actividad, sino en una vejez penosa y lejana a sus mejores años. La grandeza cesa, según Kram, y sobreviene el deterioro, inevitable hoy gracias a algunos no muy felices milagros de la ciencia. Cherquis esquivó esta paradoja con los reflejos del Sugar Ray que le inspiró el apodo. Se las arregló para seguir vigente y tirando piñas hasta el último round, escribiendo, opinando, y como no podía ser de otro modo a un alma generosa, alentando a otros a que lo hagan.
Ser uno de esos afortunados receptores de esa generosidad es, entonces, lo que me obliga la pluma en esta hora para refutar categóricamente a Kram: nuestro querido Cherquis morirá una sola vez, porque murió como grande. Con su enfermedad ya avanzada siguió laburando, planeando su regreso, escribiendo un libro que esperamos pronto vea la luz, conversando con amigos y colegas que hoy se disputan en su velorio haber recibido el último mensaje suyo, a apenas horas de su partida. Los que lo seguimos en vida, nos quedamos con la misión de finalmente concretar sus sueños y tratar de vivir algún día en el mundo ideal según Cherquis.
Los logros de los fanfarrones de bolsillos largos se retratan con la máxima frialdad posible en las letras de la historia, y son los goles de los equipos de barrio los que quedan en la memoria. El Registro Nacional de las Personas modifica cincuenta millones de DNIs para que todos podamos ser Dieguitos, Carlitos, Danielitos, Huguitos, Osvalditos y Juancitos. Todos los penales pateados por Bernabé Ferreira terminan en gol, aunque más no sea para que un periodista amigo no pase vergüenza. Los influencers desaparecen, y de un día para otro somos todos genios. Llegan las vacaciones, y nos vamos todos de safari a la repentinamente anónima capital de Sudáfrica. Cuando nos morimos, viene Príncipi al velorio, nos declara campeones de la vida, y nos vamos contentos. Y para los que amamos el boxeo, todas las reseñas que faltan escribir las firma un tal Robinson, personificado en todos aquellos que ilusamente luchamos día a día por estar a la altura de semejante mote.
Quizás sea mucho pedir, y la vida nos imponga un tango cruel como contragolpe aún ante nuestros mejores lances. Pero igual nos quedamos todos en el centro del ring hasta el campanazo final, con los puños en alto. Cherquis se hubiese conformado con eso.
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