
El gobierno de Javier Milei, fruto de sus propios errores e internas, parece haber abierto nuevamente una imprevisible y peligrosa “caja de pandora”, ese misterioso artefacto que, según la mitología griega, Zeus envío junto a Pandora desde el Monte Olimpo a la tierra como castigo y en cuyo interior estaban contenidos todos los males, las desgracias y dolores que la Humanidad podía padecer y sufrir, como la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, la tristeza, la soberbia, el crimen y la enfermedad.
Un panorama a todas luces muy delicado, en el que se combinan una sucesión de variables de signo negativo que ensombrecen el panorama económico, con variados escándalos de presunta corrupción, opacidad en el manejo de los fondos públicos y escaso apego a la narrativa contra los privilegios de la casta que supo embanderar discursivamente al experimento de Milei.
Una nueva tormenta que, aún en un escenario de orfandad absoluta de liderazgos en la oposición, alimenta también una alta conflictividad política, disparando las siempre latentes y descarnadas internas oficialistas, propiciando un nuevo endurecimiento del discurso presidencial, cargado nuevamente de descalificaciones y ataques a periodistas, empresarios y responsables de supuestas conspiraciones, perdiendo la iniciativa y el control de la agenda por primera vez desde el triunfo electoral de octubre, e impactando con cada vez más fuerza en el humor social y el clima de opinión.
En el plano económico, esta vez no es el otrora recurrente frente cambiario el que genera las mayores turbulencias. Es que las tensiones se concentran hoy en la economía real, y el desempeño de diversas variables que dan cuenta de que el marcado deterioro de las condiciones de vida para la inmensa mayoría de los argentinos no solo no se detiene sino que muestra signos evidentes de profundización.
Hace nueve meses que la inflación, que supo ser el gran activo político del gobierno, comienza a arrojar cifras inquietantes, más aún si se contrastan con las promesas oficialistas: el 1,5% en mayo pasado marcó una fase ascendente que culminó el 2025 con el 2,8% de diciembre, y que inauguró un 2026 con una inflación que se mantiene por encima, con un 2,9% en enero y febrero que, muy probablemente, en marzo refleje una inflación por encima del 3% mensual.
No se trata solo de un indicador que parece dar cuentas del agotamiento de la estrategia oficialista de utilizar el ancla cambiaria como herramienta de control inflacionario, sino de una variable que no puede ser analizada como un mero fenómeno monetario aislado de la situación económico y social actual. Una situación que se evidencia en diversos indicadores como el de la caída en la industria y el comercio, el desplome del consumo, la continua merma en la recaudación, y la sostenida caída en las transferencias a las provincias, entre otros indicadores.
A este complejo cuadro de situación de sumó esta semana un dato tan preocupante como previsible: el aumento del desempleo, que en el cuarto trimestre del año pasado llegó el 7,5%, un 0,9% respecto al cuatrimestre anterior, lo que afecta a más de 1,6 millones de personas en el país. Un panorama del empleo que seguramente habrá de profundizarse cuando se conozcan datos del primer trimestre del año, y a los que habrá que sumar el fuerte crecimiento de la informalidad, así como el deterioro de las condiciones de quienes aún permanecen en la condición laboral y engrosan las filas de la paradójica categoría de “trabajadores pobres”.
Frente a estos inocultables frentes de una tormenta de grandes proporciones, el oficialismo no solo habla de “un proceso natural de la economía” y aporta otros datos que supuestamente darían cuenta del “éxito” del modelo, sino que vuelve a la carga contra periodistas, empresarios y opositores a quienes sindica como artífices de absurdas conspiraciones para debilitar a un gobierno que está en una encerrona propiciada por sus propios errores, excesos de confianza y daños autoinfligidos.
No es casual, en este marco donde la economía real está cada vez más resentida, que los escándalos políticos recientes y sus estribaciones judiciales alimenten el foco de la tormenta. Más aún, ante un gobierno que supo consagrar discursivamente la presunta lucha contra los privilegios de la casta, elevándola a pretendida “moral de Estado”, y que ve como esa “superioridad moral” que parecía erigirlos en auto percibidos árbitros de discusiones en los que se reservaban siempre la palabra final y la asistencia de “la razón”, hoy se resquebraja al conocerse los detalles tanto del affaire Adorni como del criptogate.
En este contexto, ya comienzan a registrarse cambios en el humor social que afectan a los “votantes blandos” que supieron acompañar electoralmente a Milei y que, aun cuando se trate de un descontento que no encuentra canales de representación en la fragmentada y débil oposición, complejiza el panorama para el oficialismo. Aquí vemos -entre otros datos- la nueva caída en febrero del índice de Confianza del Consumidor que mide la Universidad Di Tella, el fuerte aumento de la desaprobación del gobierno que da cuentas la última encuesta de Trespuntozero (casi rozando el 60%), la percepción de 6 de cada 10 argentinos en relación al empeoramiento de la situación económica respecto al año pasado que muestra el monitor de D’Alessio IROL-Berensztein, o la constatación de que 3 de cada 4 argentinos afirman no llegar a fin de mes que se desprende del último relevamiento de Aresco.
En definitiva, un escenario que da cuentas de una sociedad que no solo está cada vez más cansada, frustrada y descreída, sino ahora más endeudada y apretada económicamente, y en el que difícilmente puedan seguir siendo efectivos ni el discurso victimizador del gobierno ni la apelación al relato de un esfuerzo que será recompensado por años de felicidad venideros.
Así las cosas, la “caja de pandora” está abierta, y los males que se multiplican no solo castigarán la impertinencia de ese Prometeo que se creyó un dios, sino también al resto de los mortales que ya luchan día a día por llegar a fin de mes.
*El autor es sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (La Crujía, 2021)
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