
Desde que tengo memoria escucho la misma pregunta en todo ámbito cercano a la universidad, a la cátedra o la judicatura: ¿Los jueces tienen ideología?
También, y con la misma recurrencia, escuché respuestas a ese interrogante, pudiendo distinguir entre aquellas “políticamente correctas” y otras calificadas como “honestas”. Las primeras son, sistemáticamente, “...no, señor. El juez aplica la ley...” y, la segunda, tal vez con menos ahínco, “…sí, claro. Como todo ser humano...”.
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Durante mucho tiempo se imaginó y diseñó al juez como una suerte de “monje tibetano”, impermeable a la política, a la economía, a la historia y, por cierto, hasta ajeno a los pequeños placeres mundanos. Una suerte de ser superior que decide solo guiado por la ley, la jurisprudencia y, en el mejor de los casos, por la rimbombante “sana crítica racional”, al punto que esos seres solo podían pronunciarse a través de sus sentencias, sin contacto de ninguna índole con aquellos a quienes están dirigidas sus decisiones.

Ahora bien, como en casi todos los aspectos de la vida, el tiempo hizo su trabajo, y aquel concepto de “ascetismo judicial” fue lentamente dejándose de lado para comprender hoy que el juez es un ser humano más que, como sabiamente lo refirió Ernesto Sábato en “La Resistencia”, piensa, siente, ríe y quiere.
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Esa humanidad a la que aludía Sábato, trae consigo, sin ninguna duda, la para muchos “temida ideología”, la que tengo para mí que se nutre de experiencias, alegrías, decepciones, entusiasmos y realidades vividas, circunstancias que pretender dejar de lado al ejercer cualquier tipo de actividad -incluyendo obviamente la jurisdiccional- es cuanto menos irreal.
Lejos de aquel ser superior de antaño, los jueces no son máquinas de aplicar leyes, decretos o resoluciones sin pasado ni historia, son personas que deciden con instrumentos jurídicos y con todas esas circunstancias que han ido formando su personalidad y su visión del mundo, a la que llamamos ideología.
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Muy humildemente, pienso que todo ser humano tiene un conjunto de creencias que lo llevan a mirar al universo de una determinada manera, la que en el caso del juez no lo debilita ni menoscaba a la hora de juzgar, sino, por el contrario, lo convierte en más honesto y responsable, pues no abrigo dudas de que la imparcialidad no reposa en no tener ideología, sino en que ella no se convierta en quien gobierna la decisión.
A esa resolución honesta y responsable a la que me acabo de referir, y también recurriendo al tiempo como instrumento sanador de formalidades vetustas, debo decir que la realidad siempre tiene que estar presente en una sentencia dictada por un juez a quien la Constitución Nacional le brinda ni más ni menos que el poder de decidir sobre vidas y patrimonios de las personas.
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Es a esa realidad a la que me voy a dedicar a continuación y a la que titulé en este trabajo con la palabra “calle”.
En muchos ámbitos se destaca, de manera loable, a aquellos que conocen al mundo fuera de los textos o de las doctrinas, o que entienden la verdadera naturaleza de las personas, o que saben distinguir lo formal de lo esencial, como personas que “tienen calle”. En síntesis, saben cómo funciona la vida real.
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Es a partir del orden de pensamiento que vengo expresando que la enorme responsabilidad que tiene un magistrado al momento de decidir tiene que tener como fundamento esencial, además del necesario conocimiento enciclopédico, la comprensión de la realidad.

La tarea de resolver conflictos que llegan a un tribunal no es una operación de laboratorio ni una ecuación matemática que no nace ni en tertulias vespertinas ni en elucubraciones fácticas imaginarias, sino que se origina en tragedias concretas, en complejidades cotidianas y en relaciones desiguales.
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Sin que suene ni demagógico ni populista -lejos de ello- tengo para mí que el juez debe tener una clara comprensión de la realidad sobre la que tiene que pronunciarse, tiene que tener “calle”, sin que ello signifique ninguna prebenda sentimental ni idealismo ingenuo.
Esa realidad se integra en saber cómo se vive, cómo se trabaja, cómo se habla y cómo se siente fuera de lo escrito en los viejos expedientes en papel o se refleja en la fría pantalla de la computadora.
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La calle, la comprensión de la realidad o como se lo quiera llamar, brinda al magistrado una enseñanza que no se aprende ni en la facultad ni en los posgrados, la cual es que la justicia se aplica sobre personas reales, sobre aquellos que, volviendo al maestro Sábato, piensan, sienten, ríen y quieren.
Lo que he expresado no implica “decidir con el corazón” o improvisar soluciones simpáticas o sentimentales que se alejen de la ley. De lo que se trata es de resolver un conflicto aplicando e interpretando la ley con los pies sobre la tierra.
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Para concluir, me permitiré señalar que desconocer que los jueces tengan ideología a la hora de sentenciar es como pretender tapar el cielo con las manos. El problema es fingir que no la tienen, y que el derecho no pierde autoridad cuando mira la realidad. La pierde cuando simula que no la ve.
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