
Argentina enfrenta un doble desafío: cada vez hay menos nacimientos y, en consecuencia, las aulas se vacían. Un informe del observatorio Argentinos por la Educación advierte que la matrícula del nivel primario caerá un 27% para 2030 (unos 1,2 millones de alumnos menos que en 2023). Esta baja responde a la “transición demográfica” en curso: la población escolar tenderá a reducirse, lo que obligará a repensar recursos, infraestructura y cargos docentes. El estudio señala que hoy hay unos 16 alumnos por docente en primaria, ratio que podría bajar a 12 para 2030 si las tendencias actuales se mantienen.
La provincia de Buenos Aires aportará el mayor número absoluto de alumnos perdidos (-30,5%), —sin duda, un éxito atribuible a la facilitación de interrupción de los embarazos y las campañas anticonceptivas— y todas las jurisdicciones verán aulas más chicas. Cada vez más son los jóvenes que se plantean no tener hijos y tener un perro o un gato, a los que les dan un trato humanizante. Este fenómeno complementa una realidad urbana analizada en la Carta Pastoral 2025 del arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva.
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El documento destaca que en la ciudad de Buenos Aires cayó 48,03% la cantidad de nacimientos en 2024 respecto de 2016, y proyecta que para 2028 habrá un 33% menos de chicos en primer grado. De hecho, ya desde 2019 mueren más porteños de los que nacen, por lo que la ciudad es “la jurisdicción más envejecida del país”. En otras palabras, los porteños viven más y tienen muchos menos hijos que el resto del país. Estas decisiones individuales, amparadas por políticas públicas, y la instalación de un modelo de disfrutar la existencia y no gastar tiempo en gestar, cuidar y ver crecer a un niño, tienen también consecuencias sociales para el futuro de quienes las adoptan. En Europa, más particularmente en España, un periodista de izquierda profetizó: “Frente al envejecimiento de la población y que además se vive más años, seremos una sociedad en silla de ruedas, sin tener quien las empuje”. Yo agregaría que quizás la silla puede ser eléctrica, pero alguien tiene que ayudarte a sentarte allí. Difícilmente lo haga nuestro perro o nuestro gato, aunque tengan un perfil en Instagram y la IA les ponga voz humana.

Este invierno demográfico tiene impacto directo en las aulas. La caída de la natalidad y de la matrícula plantea un desafío organizativo. Menos alumnos exige redefinir estructuras educativas: consolidar cursos, reasignar docentes y ajustar la infraestructura escolar. La proporción de clases numerosas (30 o más alumnos) puede desaparecer, en contraste con un fuerte aumento de aulas muy pequeñas. En este nuevo escenario, será clave redistribuir mejor los recursos disponibles.
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La Carta Pastoral 2025 invita a enfrentar estos desafíos con esperanza más que con miedo. García Cuerva se pregunta: “¿Cómo transformar en signos de esperanza esta realidad de la baja de natalidad y de matrícula tan pronunciadas?”. Advierte que no hay que convertirse en “profetas de calamidades”, perder la alegría propia de las escuelas. Por el contrario, plantea aprovechar la ventana abierta: menos chicos implican más inversión per cápita posible, si se focaliza bien en cada estudiante. En esa línea, el arzobispo destaca la importancia de reinventar los modelos educativos para adaptarse a la nueva demografía y cuidar también a los mayores, pero sin resignar la vitalidad en las aulas.
Frente a un futuro que parece incierto demográficamente, la clave será alentar a que los jóvenes vuelvan a soñar con enamorarse y tener en el horizonte una familia como proyecto.
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Estas vacaciones, aprovechando días de formación de verano con el grupo San Juan Bautista de la Pastoral Universitaria de Buenos Aires (jóvenes universitarios de entre 18 y 25 años), aproveché para preguntarles si querían tener hijos. La respuesta de la mayoría fue afirmativa; cuando lo llevamos al plano concreto, al ¿cuándo?, las agendas reales se hacen más difíciles. Primero hay que recibirse, ponerse de novio, afianzar la pareja, viajar, hacer un máster… y cuando querés empezar, por ahí no es tan fácil quedarse embarazada (el 50% de las parejas tienen dificultades para poder concebir un hijo) y, aunque hayan congelado óvulos las mujeres, ser madres después de los 40 se hace más difícil, porque te cuesta todo más y estás cansada. Las comunidades educativas y las familias tienen la tarea de transformar estos “signos de los tiempos” en motivos de esperanza, tal como pide el arzobispo. Mantener el espíritu de alegría en las escuelas y acompañar a los jóvenes en cada etapa resulta esencial, que ningún alumno quede en el camino y se forme con conciencia de responsabilidad social y no solo para el disfrute personal.
En definitiva, el derrumbe demográfico es un motivo de alarma: un impulso para mejorar la escuela; aulas más chicas pueden significar más oportunidades de aprendizaje, siempre que no se desaproveche la ocasión. En medio de este contexto de baja natalidad, “hay que confiar en el mañana y no llenarse de miedos”. Lo que ocurra en las aulas dependerá en buena medida de cómo la sociedad y las autoridades conviertan la caída de la matrícula en una ventana de oportunidad educativa y en un proyecto social donde los jóvenes confíen en el futuro y puedan construir familias que son el mejor refugio afectivo de la sociedad humana.
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