El hemisferio para Estados Unidos: de polo a polo

Washington redefine su área de influencia priorizando el control de Groenlandia y la Antártida, y las rutas estratégicas

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Donald Trump
Donald Trump

El concepto de “hemisferio” ha estado presente tanto en declaraciones de Donald Trump como en el documento sobre la visión de EEUU sobre seguridad nacional difundido por el gobierno estadounidense a comienzos de diciembre.

Históricamente se ha interpretado en sentido horizontal. Es decir, un hemisferio norte arriba de la línea del Ecuador y otro sur por debajo. Recientemente se ha incorporado el concepto de “sur global”. Se trata de una idea que en los hechos no tiene la misma realidad geográfica que las anteriores. La línea del Ecuador como frontera entre el hemisferio norte y el sur se diluye, porque se incorporan a este último países como China y otros, que pueden ser incluidos por razones políticas y estratégicas, pero no por un concepto estrictamente geográfico.

Desde que Trump ha iniciado su segundo mandato, el concepto de dar prioridad al hemisferio ha ganado terreno. En la posguerra, la Casa Blanca tenía un esquema de prioridades. Primero estaba Europa; luego el Extremo Oriente y Medio Oriente; seguían México, Israel y el sur de Asia. América Latina -excepto México- y África quedaban como las últimas prioridades, quizás porque durante la Guerra Fría no habían tenido un lugar relevante en la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Esa fue la situación en la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX.

Ya en el gobierno de Obama, en el siglo XXI, comenzó a plantearse un cambio, por el cual se reducía el ámbito geográfico de las prioridades y se concentraba el esfuerzo militar en los intereses vitales de Estados Unidos. Fue en su gobierno que comenzó a usarse el término de “No más botas en el terreno” y a planificarse un repliegue militar de Medio Oriente y su entorno geográfico sobre los Estados Unidos. En este punto, los planteos de demócratas y republicanos no eran tan opuestos.

La intención de Estados Unidos de adquirir el control de Groenlandia muestra claramente que las prioridades han cambiado. Adquirir el “control” puede tener distintas formas: soberanía, bases militares, acuerdos para explotar recursos naturales, acceso conjunto a vías de comunicación. No es algo nuevo para Trump. Ya lo planteó en su primera presidencia, incluyendo la posibilidad de arriendo de esta gran isla, cuya superficie es similar a la de Argentina.

Entonces la idea no prosperó. Ahora Trump la retoma con más intensidad, porque el tema ha adquirido mayor prioridad. En su actual concepción, el hemisferio norte empieza por el Ártico. De ahí se despliega por Alaska, Canadá, llega a los Estados Unidos y de allí a México y América Central. Trump y las figuras más importantes de su administración han expresado que controlar Groenlandia es una prioridad para la seguridad de los Estados Unidos y que ello tiene que ver con la presencia creciente de China y Rusia en dicha región (Rusia tiene más bases en el Ártico que los Estados Unidos).

El cambio climático ha acentuado la importancia estratégica del Polo Norte y sus adyacencias, porque están abriendo una vía de comunicación marítima entre los océanos Atlántico y Pacífico. Hay un tratado internacional (Consejo Ártico) firmado por Estados Unidos, Canadá, Rusia, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia e Islandia respecto a las reglas de convivencia entre ellos en el Ártico en materia de soberanía, pero no hay una interpretación unánime sobre él. El tema concreto es que el Polo Norte y sus adyacencias ya se han transformado en un área de conflicto y pugna geopolítica.

No es un tema absolutamente nuevo para los Estados Unidos, porque ya estaba mencionado en el documento Global Trends publicado en 2017, en el que presentaba el escenario probable para el mundo en 2036. Ahí se incluían, aparte de las ocho regiones geográficas en las cuales se dividían los intereses estratégicos de Estados Unidos, dos nuevos: el espacio y los polos. Es decir, incluía el Polo Sur como un área en la cual los países más grandes iban a luchar por intereses concretos y no sólo en el norte. El documento ya pronosticaba la posibilidad de que el tratado antártico cayera por la denuncia realizada por aliados de Estados Unidos que reclaman soberanía en el continente blanco.

Con Trump el concepto de hemisferio ha atravesado el Río Grande para incluir a México, Centroamérica, el Caribe y el Canal de Panamá. Esto conforma un hemisferio que geográficamente se dirige hacia el sur. La operación estadounidense que acaba de llevarse a cabo en Venezuela, acentúa esta tendencia a ampliar hacia el sur el concepto estratégico del hemisferio americano, con la prioridad puesta formalmente en la lucha contra la droga.

Aunque se trata hasta ahora de una región desmilitarizada, Estados Unidos, al igual que las restantes grandes potencias, tiene bases en la Antártida. Washington ha firmado el tratado que regula las actividades en el Polo Sur, pero se ha reservado el derecho a reclamar soberanía en el futuro. Medio centenar de países han firmado el Tratado Antártico que regula la actividad en el continente blanco, pero hay siete que reclaman soberanía territorial y cuyo ejercicio mantienen en suspenso: Argentina, Chile, el Reino Unido, Noruega, Nueva Zelanda, Francia y Australia.

El objetivo de tener el control de las tres vías de comunicación atlántico-pacífico que pasan por el continente americano ya está presente. Trump en su segundo mandato ha logrado tomar el control de la empresa que administra el Canal de Panamá. Respecto al extremo sur, el Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses desde hace un lustro realiza contactos y gestiones para impedir la presencia china en la zona del Estrecho de Magallanes y sus adyacencias.

El rol de Argentina y Chile, los dos países con soberanía en el extremo del que sería el hemisferio sur, presenta conflictos que son menores. Ambos países tienen presencia soberana en el Pacífico y el Atlántico en el extremo sur. Planteado en estos términos, el concepto de Trump de hemisferio se asemeja al que planteaba Bush padre hacia 1990, que se sintetizaba en la propuesta de una “zona de libre comercio” de Alaska a Tierra del Fuego. La acción conjunta que los dos países más australes del hemisferio deben mantener como principio en este contexto es el del Tratado de 1881: “Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico”.

La estrategia estadounidense de mediano y largo plazo apunta explícitamente a tener el control del hemisferio, pero incluyendo el continente americano de polo a polo. Ello reforzado con la idea permanente pero expuesta públicamente por el vicepresidente Joe Biden en 2010, cuando concurrió a una reunión bilateral con China, de que “Estados Unidos es y será la potencia del Pacífico”.

Un eje de polo a polo norte-sur y sobre los dos océanos horizontalmente, parece ser la estrategia real de Estados Unidos a largo plazo. Pero ello implicará una disminución del interés por Europa y cierta menor relevancia por Medio Oriente.