Israel, el estimulante para una izquierda alicaída

El ataque de Hamás en octubre de 2023 desató una ola de horror ante la que amplios sectores progresistas y organizaciones sociales evitaron pronunciamientos contundentes

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El primer ministro de Israel
El primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu y el presidente norteamericano Donald Trump

¿Qué pasó en gran parte del mundo occidental a partir del 8 de octubre de 2023?

Cuando se empezaba a conocer lo sucedido con el ataque genocida de Hamás, cuando los restos humeaban y era todavía imposible entrar en lo que había quedado de las casas, cuando se fueron descubriendo los cadáveres calcinados de niños y adultos, algunos abrazados, otros con las manos atadas con alambres, cuando los sobrevivientes del festival de Nova contaron de su impotencia al ver cómo sus amigos eran torturados, arrastrados, acribillados ante sus ojos, cuando padres debieron renacer luego de ver el asesinato de sus hijos, cuando los horrores de violaciones, decapitaciones y torturas empezaba a ser una constante en las noticias. ¿Cómo es posible que los movimientos de derechos humanos, la izquierda social, el progresismo militante, el feminismo y tantos otros probos, inteligentes, informados, buena gente en general, no expresaran su repudio, no se indignaran ante la enormidad de lo sucedido, no exigieran justicia planetaria?

¿Por qué su mirada optó por restringir el rango perceptivo y ver solo lo que algunos jerarcas decidieron que debía ser el foco, esto es, el sufrimiento del “pueblo palestino”? ¿Cómo de una militante defensa de todo lo que es bueno para la humanidad se volcaron al apoyo del terrorismo más salvaje y más cruel? ¿Cómo procesaron las imágenes que los propios terroristas registraron y difundieron en las redes sociales glorificando su conducta asesina, mostrando la humillación a la que sometían a sus víctimas? Aquel audio en el que un terrorista se ufanaba de haber asesinado a 10 israelíes y su padre lo felicitaba. ¿Cómo armonizaron con sus ideologías humanistas los que exigían “del río hasta el mar”, los que pedían la desaparición de Israel y el exterminio de los israelíes muchas veces sin saber de qué río o de qué mar se trataba?

El 8 de octubre de 2023, mientras se revelaban los detalles macabros del ataque genocida de Hamás, no hubo condena ni empatía con las víctimas israelíes y gran parte de la izquierda occidental, del progresismo y de movimientos de derechos humanos guardó silencio y expresó su apoyo a la “causa palestina”.

¿Antisemitismo?

¿Era el viejo, conocido, emponzoñado antisemitismo que renacía y se enseñoreaba nuevamente sobre una tierra que creímos bien arada y fertilizada con las lecciones aprendidas del Holocausto? ¿Cómo los antisionistas no advirtieron que esgrimían argumentos antisemitas? Deicidas, asesinos de niños cristianos, banqueros, avaros, manipuladores, comunistas y ahora colonialistas y genocidas. Diferentes acusaciones según el momento histórico. Otra vez los judíos culpables. “Soy antisionista, no soy antisemita” dicen y de verdad muchos lo creen así aunque confrontados con la evidencia de que solo ven, juzgan y critican lo que se relaciona con Israel, ciegos, mudos e indiferentes a las matanzas en Yemen, Congo, Nigeria y tantos lugares más, no saben cómo responder, cambian de tema. No saben que cayeron en una trampa orquestada por poderes invisibles apoyados en que Jews are news. En aquellas otras regiones el tema no concierne a judíos y cuando se trata de judíos la prensa está asegurada.

Banderas de lucha.

Con la caída de la Unión Soviética cayó también la bandera de lucha que sostenía a la izquierda y al progresismo en general. ¿Por qué causas luchar si el proletariado dejó de ser un tema de reivindicación inactivado bajo los escombros del muro de Berlín? El ser humano necesita horizontes de sentido, motivos de lucha. Ni la ecología, Greenpeace, la capa de ozono, la igualdad de géneros, concitaban el fervor necesario, no eran las banderas poderosas que recuperaran el sentido, esa gesta, que trajera nuevos aires y renovara el entusiasmo con la denuncia de la injusticia y la defensa de las visualizadas como víctimas, la esencia del progresismo, lo que parecía perdido. El feminismo -“me too”-, la lucha de los negros en EEUU -“black lives matter”-, los movimientos LGBT, la lucha de reivindicación identitaria y el anticolonialismo culposo europeo vinieron en auxilio de una izquierda alicaída desesperada en la búsqueda de algo por lo que luchar. Israel quedó enredada en esa trampa como el blanco perfecto. Era el estado patriarcal, blanco, colonialista y genocida. Así, el conflicto se convirtió en la nueva causa épica para una izquierda desorientada, que encontró en la acusación a Israel una forma de recuperar identidad y propósito. A Israel se le exige pureza y bondad, pasividad y aguante, no se le perdona, como al nazareno en el circo romano, la pretensión de defenderse. Claro que en su proceder bélico hubo errores, daños colaterales, como en toda guerra, pero sólo a Israel se le impone una conducta impoluta que no se cuestiona en otros países.

La lucha continúa: ahora Israel

El único enclave democrático de medio oriente y el único estado judío del mundo, con una industria y una tecnología florecientes, la “start up nation” tiene un ingreso per cápita que contrasta dramáticamente con el de sus países vecinos.

Toda guerra es una calamidad, siempre y en todas partes. Las víctimas civiles muestran una faz desgarradora del conflicto que debemos repudiar y denunciar pero así son las guerras, todas las guerras. Y ésta no es una guerra que empezó Israel, que no empezó ninguna de las que sufrió desde que es un estado. Hamás, como buen discípulo de Goebbels, comenzó a difundir informaciones y fotografías sesgadas de niños y civiles muertos, casas derrumbadas, condiciones de vida menos que precarias. ¿Cómo no sentir indignación ante semejantes imágenes difundidas por redes sociales y una prensa sedienta de titulares? Primero fue el “sí, pero…”, “sí, terrible lo que hicieron pero Israel….”, “mmmm…algo habrán hecho”. Israel aliado con los Estados Unidos, Israel lleno de judíos envanecidos, Israel blanco y patriarcal, el blanco perfecto. Y fue un momento eureka,” ¡ésa es nuestra bandera, entronicemos a las víctimas palestinas, exageremos, ‘yo te creo hermana’, creamos todo lo que nos muestran, no corroboremos las informaciones, tomemos todo lo que señale a Israel como el culpable y recuperemos nuestro lugar histórico de defensa de la víctima y el desvalido!”. Los desvalidos eran las tres generaciones de palestinos que vivían como refugiados porque el mundo islámico no los admitía en ninguno de sus países y los mantenía en condiciones precarias para acusar a Israel de tenerlos sometidos (otra enseñanza del nazismo esgrimida en los setentas por Arafat en la OLP).

Así, Israel fue la vitamina que dio nueva vida a una izquierda desmembrada, a un progresismo sin rumbo, todos encolumnados en la nueva esperanzadora humanística: la destrucción de Israel, único culpable de lo que estaba sucediendo.

Como en la edad media.

Como en la inquisición.

Como en el nazismo.

Este río imparable se difundió como reguero de pólvora e inundó redacciones de diarios, campus universitarios, políticos y académicos regodeados al haber encontrado, por fin, algo por lo que valía la pena luchar.

Y eso no significa que todo lo que haya hecho Israel está bien. ¿Pero por qué se le exige a un país, y solamente a uno, que haga siempre todo bien? Claro que hay errores, hay excesos, hay mucho miedo al terrorismo islámico, hay conflictos internos. Como habría en cualquier otro país atacado de la misma manera. Pero Israel, como históricamente los judíos en la voz de la derecha conservadora y por un birlibirloque inimaginable hoy también en la izquierda, encarna el Mal, lo que hay que erradicar, lo que hay que señalar, lo que hay que exterminar. La demonización de Israel revitalizó un progresismo sin rumbo. Lo resume muy bien el periodista Enrique Cymerman: Israel es el “viagra” de una izquierda alicaída.