El inicio de 2026 no trajo simplemente dos crisis simultáneas. Trajo una señal. La captura de Nicolás Maduro y el comienzo de una transición incierta en Venezuela, junto con las protestas masivas en Irán que ya dejaron cerca de 12.000 muertos, no son episodios desconectados ni meros accidentes de calendario. Son expresiones de una misma dinámica: un orden internacional en plena reconfiguración, atravesado por una competencia sistémica cada vez más explícita entre Estados Unidos y China.
Durante años, Washington administró el declive relativo de su hegemonía con herramientas conocidas: sanciones, diplomacia, presión multilateral. En enero de 2026 eligió otra cosa. La captura de Maduro marcó un quiebre conceptual y operativo. No solo cayó un líder autoritario; cayó un tabú. Estados Unidos volvió a demostrar que, cuando evalúa que sus intereses estratégicos están en juego, está dispuesto a asumir costos políticos, jurídicos y diplomáticos que hasta hace poco parecía evitar.
La cuestión central no es Venezuela como país, sino Venezuela como plataforma. Durante más de una década, Caracas funcionó como nodo periférico pero relevante de una arquitectura anti estadounidense: cooperación militar con Rusia, vínculos operativos con Irán, financiamiento, infraestructura y presencia económica china. No se trataba solo de ideología ni de afinidades políticas, sino de algo más estructural: acceso a recursos, proyección logística y precedentes de influencia en el hemisferio occidental. La captura de Maduro fue, en ese sentido, un mensaje que excede ampliamente a América Latina.
Sin embargo, pensar que la caída del líder garantiza una transición ordenada es una ilusión. El chavismo sin Maduro conserva poder real: control territorial, fuerzas armadas, redes económicas y capacidad de coerción. Por eso, la transición venezolana no dependerá exclusivamente de actores internos ni de la oposición, sino de decisiones externas muy concretas. Washington parece inclinarse por una salida controlada, negociada con sectores del régimen, antes que por una ruptura total que derive en caos, migraciones masivas o un vacío de poder aprovechable por actores extrahemisféricos.
Ese cálculo estratégico explica tanto la acción como sus límites. Estados Unidos actuó, pero no para dinamitar el sistema, sino para reordenarlo. Y es precisamente ahí donde la Guerra Fría 2.0 deja de ser una metáfora y se convierte en una herramienta analítica.
A diferencia del siglo XX, la competencia entre grandes potencias ya no se organiza en bloques ideológicos rígidos ni en alineamientos automáticos. Hoy se disputa influencia, control de flujos, acceso a recursos críticos y legitimidad narrativa. China no necesita intervenir militarmente para competir con Estados Unidos; le alcanza con observar, capitalizar errores ajenos y ofrecer alternativas económicas a países que buscan margen de maniobra. Cada intervención costosa, ambigua o prolongada de Washington es, para Beijing, una ganancia indirecta.
Desde esta lógica, Venezuela no es solo un problema regional, sino un ensayo. Un test sobre hasta dónde puede llegar Estados Unidos sin provocar una reacción sistémica adversa. Y, al mismo tiempo, una advertencia para otros actores que operan en la periferia del sistema internacional.
Es aquí donde el caso iraní adquiere una centralidad que va mucho más allá de la dimensión humanitaria. Las protestas en Irán no son solo una rebelión social contra un régimen represivo; son una amenaza directa a uno de los pilares del orden revisionista en Medio Oriente. Irán no es un Estado periférico: es un actor regional con capacidad de proyección a través de milicias, alianzas asimétricas y una infraestructura de poder que se extiende desde el Líbano hasta Yemen. Además, es un actor nuclear latente y un socio estratégico clave para China en materia energética.
Esta combinación explica por qué la respuesta estadounidense frente a Irán es radicalmente distinta a la aplicada en Venezuela. No se trata de falta de voluntad, sino de cálculo estratégico. Intervenir directamente en Irán implicaría riesgos de escalada regional, disrupción energética global y un enfrentamiento indirecto con China y Rusia en un teatro mucho más sensible. Por eso, Washington opta por sanciones, retórica y presión diplomática, aun cuando el costo humano de la represión es extraordinariamente alto.
La diferencia entre Caracas y Teherán no es moral; es geopolítica. Venezuela es un teatro periférico pero significativo. Irán es un teatro central. Y esta distinción es clave para entender la aparente incoherencia de la política exterior estadounidense, que en realidad responde a una lógica jerárquica de amenazas y oportunidades.
En esta Guerra Fría 2.0, los actores locales tampoco son simples peones. Tanto el chavismo como el régimen iraní han aprendido a explotar las grietas del sistema internacional, a jugar con las rivalidades entre potencias y a construir márgenes de autonomía relativa. Esa capacidad de maniobra explica su supervivencia durante años, pero también sus límites cuando la presión externa se combina con un colapso de legitimidad interna.
El año 2026 comenzó mostrando que esos límites están siendo puestos a prueba. Estados Unidos decidió actuar en un escenario para enviar una señal global. China observa sin intervenir, confiada en que el desgaste estratégico de su rival juegue a su favor. Rusia protesta, pero con un margen de acción cada vez más acotado. Y el Sur Global mira con atención, preguntándose qué precedentes se están construyendo y quién pagará los costos.
La pregunta de fondo no es si el mundo entró en una fase más inestable; eso ya ocurrió. La verdadera incógnita es si esta nueva etapa será gestionable o si derivará en una acumulación de errores estratégicos que aceleren la fragmentación del orden internacional. La Guerra Fría original era rígida, pero predecible. La actual es más flexible, pero también más volátil.
Venezuela e Irán son hoy laboratorios de esa volatilidad. En uno, se ensaya una transición inducida desde afuera. En el otro, una implosión interna reprimida con violencia extrema. Ambos casos revelan una verdad incómoda: en el mundo que emerge, el cambio de régimen ya no es una anomalía, pero tampoco una solución garantizada.
El mundo empezó agitado en 2026 porque las potencias dejaron de administrar la inercia y comenzaron a disputar activamente el rumbo del sistema internacional. La captura de Maduro y la represión en Irán no son anomalías, sino síntomas de una etapa en la que el poder vuelve a ejercerse sin disfraces y donde las transiciones ya no garantizan estabilidad, sino nuevos equilibrios precarios. En esta Guerra Fría 2.0, sin reglas claras ni líneas rojas consensuadas, cada decisión acumula consecuencias y cada error se paga con fragmentación. Lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela o de Irán, sino la forma en que el mundo aprenderá —o no— a convivir con un orden global más duro, más imprevisible y, sobre todo, más peligroso.
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