
Una parte significativa de la dirigencia europea comprende que se encuentra ante el riesgo de dos guerras que no puede ganar: una frente al terrorismo islámico y otra frente a Rusia. No le dicen la verdad a sus pueblos y convalidan teorías que ubican como enemigos a quienes pueden salvarlos. Sin la participación norteamericana, perderán ante Rusia; y la derrota de Israel pondría al fundamentalismo en el camino de lograr el califato que postulan.
Olvidan lecciones clave de la historia del siglo pasado:
A) La destrucción de Europa se inició con la complicidad entre Hitler y Stalin.
B) Sin la traición de Hitler a la URSS y la participación de Estados Unidos, habrían perdido la Segunda Guerra Mundial.
C) Sin el Plan Marshall, no habría habido Unión Europea.
Resultan patéticas las declaraciones de jefes de Estado y de Gobierno que proponen una carrera nuclear que no pueden sostener. Durante la segunda mitad del siglo pasado, la formación de la Unión Europea, de la OTAN y la financiación del Estado de bienestar estuvieron fuertemente subsidiadas por los contribuyentes norteamericanos. Mientras esto ocurría, desde Moscú se construía la URSS; las tropas rusas y su policía secreta controlaban y esclavizaban a la mitad de Europa, organizando una competencia económica, política y militar frente a Estados Unidos.
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En este siglo, Rusia, ya derrotada en lo político y económico y disuelta la URSS, encontró un nuevo líder: Vladímir Putin (ex KGB). Con vocación zarista, Putin recogió la posta de la competencia militar, profundizando el carácter nuclear táctico de su arsenal. En 2014, en una guerra relámpago, se quedó con Crimea y Sebastopol con la complicidad de Europa y de Barack Obama (tal como hizo Hitler en Múnich). En la actual invasión a Ucrania, que ya lleva cuatro años, cuando Trump propone un plan de paz, líderes como Macron, Starmer, Merz y Von der Leyen lo boicotean.
Rusia posee un arsenal nuclear táctico y estratégico de gran volumen y la capacidad misilística para utilizarlo a larga distancia. El último y más peligroso vector es el misil hipersónico “Daga”, muy difícil de interceptar por las defensas europeas. Estos misiles son lanzados desde aviones y su alcance varía entre 2.000 y 3.000 km.
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El hipersónico es eyectado desde un cazabombardero MiG o Túpolev, sale de la atmósfera y, cuando reingresa a la misma en la zona del objetivo, el impacto se produce entre cuatro y siete minutos después.
Un MiG-31 volando dentro de territorio ruso podría lanzar este artefacto con una carga nuclear sobre un objetivo en Francia o España y, por supuesto, sobre los más cercanos: Alemania y Polonia. Una nueva guerra europea contra el “Hitler del siglo XXI” (Putin) ampliará el drama del siglo pasado.
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Mientras todo esto sucedía, una invasión silenciosa ocupaba vastos sectores de Europa. Millones de desplazados por la guerra civil siria se exiliaron allí. Las mezquitas crecieron más que las iglesias, y los jóvenes musulmanes se niegan a adoptar el modo de vida de sus anfitriones, pretendiendo imponer el propio. La cobardía de los líderes europeos hizo el resto.
La civilización misma está en juego, y lo lógico sería que los líderes europeos dejen de alardear de lo que no tienen, dejen de imitar a sus líderes de 1930 y busquen una nueva Alianza Atlántica. El liderazgo norteamericano de la misma es imprescindible. El nuevo presupuesto militar anunciado por el presidente Trump y la decisión de la Casa Blanca de una “paz mediante la fuerza” representan una oportunidad para que los europeos abandonen el actual derrotero suicida y vuelvan a ponerse bajo el paraguas de la principal potencia militar del mundo.
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Desde Siria hasta Irán, y desde Venezuela hasta Ucrania, los norteamericanos actúan contra el narcoterrorismo, buscan la paz en Ucrania y un acuerdo de convivencia con China. En ese lugar debe estar Europa. Antes de que sea tarde.
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