
El papa Leon XIV beatificará próximamente al empresario argentino Enrique Shaw. No se trata solo de una noticia religiosa: es una oportunidad para volver a mirar el rol del empresario. En una época en la que se cuestiona al empresario argentino, es interesante revalorizar el costado virtuoso de este rol social. En el debate público, a veces se lo reduce al estereotipo del que “gana plata” y se pierde de vista el riesgo cotidiano que afronta el que produce y da trabajo.
Shaw nació en París el 26 de febrero de 1921 y murió en Buenos Aires el 27 de agosto de 1962. Fue director general de Cristalerías Rigolleau y uno de los fundadores de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) y estuvo al frente de Pinamar S.A. Pero su legado no se resume en la cantidad de cosas que emprendió, sino en una manera de entender la economía: la empresa, para él, no era una máquina de producir ganancias, sino una comunidad de personas.

Por eso vivió la rentabilidad como un medio y no como un absoluto: necesaria para sostener el proyecto, pero insuficiente para justificarlo. Esa convicción se tradujo en decisiones concretas: salarios más justos, programas de formación, cuidado de la salud, atención a las familias. La doctrina social de la Iglesia, en Shaw, no fue un discurso; fue un criterio para gerenciar.
Traerlo al presente es inevitable. En un país donde las reglas de juego cambian con frecuencia, apostar capital, tiempo y energía en una empresa no es un gesto menor. El que invierte en maquinaria, plantas, producción y empleo asume riesgos reales: manejar personal, afrontar la competitividad, responder a la demanda y sostener una carga legal y administrativa que suele ser pesada.

No es lo mismo invertir dinero en el mercado de capitales que producir: hay máquinas que se rompen, salarios que abonar cada mes, clientes que demoran en pagar y costos que no esperan. Con la baja del consumo y alta presión impositiva, cada decisión se vuelve todavía más exigente.
Y, sin embargo, muchos siguen eligiendo ese camino. Podrían liquidar bienes y retirarse, o buscar rendimientos más cómodos. Pero permanecen, mejoran procesos, cuidan la calidad, buscan nuevos mercados y se esfuerzan por sostener puestos de trabajo. No se trata de negar tensiones ni errores, se trata de reconocer una vocación social que organiza la producción y crea oportunidades reales.
La figura de Enrique Shaw ayuda a mirar todo esto con otro lente. Revalorizar al empresario no es idealizar: es reconocer que, cuando la empresa se entiende como comunidad, se generan trabajo, futuro y dignidad. A veces eso exige sacrificar comodidad y asumir estrés para que otros tengan un salario, una capacitación y pan en la mesa. En tiempos difíciles, necesitamos dirigentes capaces de producir sin olvidar a la persona, y de ganar sin convertir la ganancia en un ídolo. Pero también es deber de una sociedad valorar a los empresarios como actores sociales en el desarrollo de un país.
Ahí, en decisiones concretas y cotidianas, se juega una economía verdaderamente humana, y se forja una vocación de servicio al prójimo que a Enrique Shaw lo llevó a la santidad como proyecto de vida.
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