
Te propongo un ejercicio: si ves a una persona que duerme en la calle, ¿qué pensás que le falta? Sin dudas, la dimensión material es insoslayable. Esa persona tiene un problema tangible para resolver: dónde dormir, dónde conseguir un trabajo y generar ingresos. Pero, sin embargo, cuando una persona duerme en la calle hay algo sustancial que lo atraviesa: vínculos rotos. Una familia que cerró una puerta, un amigo que dejó de tender la mano, un espacio de referencia del que fue excluido o del que se autoexcluyó. Y aún si salimos del ejemplo de las personas en situación de calle, nos encontramos con lo mismo. Los problemas sociales empiezan o se profundizan con lazos comunitarios o familiares rotos. Sin dudas, Argentina arrastra años de sucesivas crisis económicas que no terminamos de encauzar. Pero en los últimos años -sobre todo post pandemia-, vemos un fenómeno nuevo, asistimos a una nueva crisis: la crisis de los vínculos. Un mundo de personas hiperconectadas y completamente aisladas.
Atravesamos tiempos de crisis socioeconómica, aislamiento y falta de comunidad, distintas dimensiones que se entrecruzan y se retroalimentan. Entonces, en tiempos como éste, hay un espacio que cobra más relevancia que nunca: LA IGLESIA. La iglesia a la que van quienes necesitan empezar de nuevo y que ahí encuentran un propósito, un lugar de pertenencia. La iglesia que recrea comunidad: ¿Cómo hacés para sobreponerte sin familia, sin fe, sin los demás?
Hoy estamos celebrando, por segunda vez en la historia, el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes. Una fecha especial, que va mucho más allá de la efeméride o de que sea “nuestro” día. Nos sirve para entender cuán importante es para que las personas se encuentren con los demás, creen familia y así se encuentren consigo mismos.
Esto lo veo cada fin de semana en mi iglesia y lo puede ver cualquiera que vaya los domingos a alguna reunión y le preste atención. Lo veo también en mi trabajo, como ministro de Desarrollo Humano de la Ciudad de Buenos Aires. Estoy a diario con personas que atraviesan problemas sociales multidimensionales, que necesitan mejorar sus ingresos, pero necesitan mucho más que eso.
Pongo un ejemplo. La semana pasada conocí a Juan, un chico de 25 años que va todos los días a uno de nuestros centros de rehabilitación de la Ciudad a tratar su problema con las drogas. Empezó tratamientos cuatro veces, pero siempre recaía a los poquitos meses. Hoy lleva ocho meses limpio. “Me salvó tener fe y compartirla con más gente: siento que me encontré”, me dijo mientras charlábamos, entre contento y emocionado.
La fe lo hizo sentirse parte de algo más grande: una comunidad.
Una premisa que ordena mi trabajo y el de mi equipo en la Ciudad es que nadie es descartable. Creo que esto también describe el rol de la iglesia: cuando una persona encuentra su propósito, deja de sentir que da lo mismo esforzarse o no. Deja de sentirse descartable. Creo profundamente en poner en valor el esfuerzo de las personas para salir adelante. Los dones y las capacidades son irrevocables, y por eso tenemos que acompañar a las personas en su crecimiento.
Sé que la iglesia construye comunidad porque lo veo, pero también porque es lo que sucedió conmigo. Para mí la iglesia es mi familia, mi recuerdo feliz de la infancia, mi conexión con Dios y con los demás. Es mi lugar de servicio, de sentido y de propósito. Veo con mucha nitidez el impacto que tiene la iglesia cuando miro hacia dentro y lo veo todos los días en mi trabajo como ministro. Su magnitud, cómo crece, convoca y representa.
Estoy convencido de que este es el camino. Hacernos más grandes y más fuertes para representar a cada persona y transmitir la palabra de Dios. Sin caer en la trampa de quienes estigmatizan, enfocados en lo verdaderamente importante: que todos confiemos en los dones que Dios nos dio, que valoremos el esfuerzo y la decisión de progresar, encontremos nuestro propósito y construyamos comunidad.
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