
Hay patria cuando los intereses colectivos se imponen sobre las parcialidades. Alfonsín representó el último intento de ese ejercicio político: recuperar el poder para la propuesta y sacarlo de las manos de los intereses. Menem, por su parte, va a ceder el poder y la responsabilidad a los sectores privados entregándoles las empresas del Estado como premio-prebenda para constituir la nueva oligarquía improductiva parasitaria que construye un Estado desde los restos de lo que se había forjado entre todos. Y el Kirchnerismo concibió un proyecto para los sobrevivientes de la dictadura, para la reivindicación de una vanguardia iluminada “guiando” al pueblo, destinado, además, a la burocracia construida en torno de esta supuesta ideología que relegaba las necesidades colectivas.
Entre otros componentes de peso, esta situación nos arrastró a un presente en el que las ideas han sido absolutamente derrotadas por los intereses al servicio de los cuales los partidos se disuelven. La responsabilidad del poder queda, de este modo, en manos de los gobernadores, más allá de si estos tienen plena conciencia de la totalidad de la sociedad o sólo lo hacen desde los límites de sus regiones.
Con Milei, se instala la sociedad del egoísmo y la crueldad, aquella donde los triunfadores económicos, en su gran mayoría improductivos, imponen sus normas para no hacerse cargo de los daños sociales que generan sus estructuras. No niego que las burocracias estatales fueron tan egoístas e improductivas como para gestar el espacio de justificación de la vigencia de esos intereses al margen de las restricciones del Estado, espacio que defendía al conjunto.
En una sociedad donde la renta del capital es más importante que la de la producción, lo único que se puede generar es miseria e irresponsabilidad social. Todo el debate se da en torno a cuánto tiempo necesitan los humildes, los trabajadores, los dependientes, los que ya no pueden pagar un alquiler y viven y duermen en la calle, para asumir que esta estructura política de Milei, aunque les duela, es todavía más dañina que la del kirchnerismo. Claro que la vigencia de ese resto del pasado sigue siendo un motivador esencial para la estabilidad de la atrocidad presente. Mauricio Macri, los radicales “peluca” y Patricia Bullrich y sus ambiciones, son una expresión clara de que la sobrevivencia de las castas está por encima del pensamiento del cual se hayan disfrazado en algunos de los momentos de su errático devenir político.
Reitero que Raúl Alfonsín fue el último en intentar la recuperación del interés colectivo y el poder de la política y sobreponerlos a la atrocidad de los poderes económicos gestados por la degradación de Martínez de Hoz. En cuanto a nuestro presente y a la evolución del peronismo, no sabemos todavía si la incidencia kirchnerista le impedirá a Kicillof sobrevivir como una opción distinta en la provincia o si serán los gobernadores de signos diversos los responsables de una nueva opción política futura. Por su parte, el PRO hubiera podido asumir una derrota digna en Capital y esa decisión hubiese sido, como manifestación simbólica, un acto mucho más responsable que la sumisión al capricho de una modernidad enfermiza que sólo impone el acatamiento irrestricto como forma de alianza en la que Macri ocupa, desde todo punto de vista –nombre, colores, lugares en las listas- el penoso lugar del perdedor que no quiere desaparecer del todo de la escena. En rigor, en la política argentina la rebeldía se va achicando y cuesta que aparezca una nueva estructura de pensamiento.
Eso que llamamos el campo popular, el espacio de la verdadera política, representado por grandes pensadores desde Rodolfo Kusch a Raúl Scalabrini Ortiz pasando por Ernesto Jauretche y tantos otros, carece hoy de intelectuales que lo representen y de ejemplos de vida suficientes como para recuperar su vitalidad.
Señalemos, sin embargo, el resonante triunfo de la oposición y diversos aliados ocasionales en la Cámara de Diputados enfrentando la vigencia de las ominosas pretensiones de Milei y sus legisladores -de pocas luces y mucha petulancia- respecto del Garrahan y de la emergencia sanitaria a niños y a discapacitados, del financiamiento de las universidades, del incremento de jubilaciones y pensiones y varios decretos. Pero, será el proceso electoral el que marque el punto de inflexión de esta decadencia en la que los intereses privados se imponen por sobre los colectivos o el resurgimiento de una voluntad patriótica que hace demasiado tiempo está ausente de nuestra realidad como nación soberana. El resultado electoral dejará al desnudo si la soberbia enfermiza de la mediocridad gobernante vino para instalarse durante un tiempo o es un virus que pronto terminará por desaparecer.
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