
El episodio sangriento es conocido. Su impacto duradero en la sociedad, no tanto. El 7 de octubre de 2023, alrededor de 6.000 terroristas de Hamas irrumpieron en el sur de Israel, en una invasión sin precedentes que incluyó el lanzamiento de 4.300 misiles, la masacre de más de 1200 personas y la captura violenta de 251, entre hombres, mujeres, niños y ancianos. Estas últimas víctimas fueron llevadas a la Franja de Gaza, donde muchas de ellas permanecieron en condiciones extremas durante meses, algunas incluso hasta hoy. A julio de 2025, 50 rehenes aún están en las garras de Hamas: 28 de ellos han sido declarados muertos y solo 22 siguen con vida.
Este secuestro masivo no solo marcó un punto de inflexión militar y político en el conflicto palestino-israelí. También introdujo una nueva dimensión de sufrimiento humano cuyas consecuencias físicas, psicológicas y sociales continúan desplegándose de forma profunda. Para la sociedad israelí esta es una herida abierta que no cicatrizará, especialmente en tanto persista la incertidumbre que rodea la suerte de los secuestrados.
Recientemente asistí al webinar organizado por la académica española y doctora en psiquiatría Blanca Navarro Pacheco junto con la ONG israelí Come Together. El testimonio del médico-militar Amir Blumenfeld, presentado en su charla “El estado médico de los rehenes: los efectos fisiológicos y psicológicos del confinamiento prolongado en túneles”, ofreció una visión detallada del deterioro experimentado por los rehenes en Gaza. Como sabemos, la mayoría fueron mantenidos en calabozos subterráneos durante meses, en condiciones de cautiverio medieval: sin luz solar, sin atención médica, con una alimentación deficiente, bajo constante amenaza y en un aislamiento casi total. Según se ha informado, uno de ellos ha estado encadenado permanentemente.
El informe de Blumenfeld describe consecuencias que abarcan desde la disfunción del sueño hasta el colapso del sistema inmunitario. Muchos rehenes sufrieron atrofia muscular, pérdida de densidad ósea, problemas respiratorios, alteraciones sensoriales en la visión y audición, y trastornos digestivos. Pero más devastadoras aún son las secuelas neurológicas y psicológicas: depresión, ansiedad severa, desorientación, alucinaciones, trastorno de estrés postraumático, y en algunos casos, estados prolongados de disociación y alteración cognitiva.
A esto se suman las agresiones sexuales y la tortura física y psicológica, además de la negligencia médica o el simple sadismo (rehenes heridos fueron operados sin anestesia). Estos israelíes fueron deshumanizados sistemáticamente. Y si bien muchos fueron liberados gracias a negociaciones, rescates o presiones militares, no volvieron indemnes. El reality show de Holocausto que montó Hamas en las liberaciones de algunos secuestrados explicitó eso.
Pero la tragedia no se limita al encarcelamiento de las víctimas en los túneles. La sociedad israelí en su conjunto también es un rehén de esta crisis. Un estudio reciente de Yoav Groweiss, Carmel Blank, Yuval Neria y Yossi Levi-Belz, titulado “Una nación de luto”, citado por Blumenfeld, muestra que el 76% de la población israelí se siente preocupada o muy preocupada por los rehenes, y que el 48% experimenta un duelo prolongado. Se trata de un dolor colectivo que no puede cerrarse al no haber un final claro: muchos rehenes siguen desaparecidos; sus destinos, envueltos en misterio.
El duelo se ha vuelto ambiguo, un término que los psicólogos usan para describir pérdidas sin resolución: no hay un cuerpo, no hay un funeral, no hay cierre emocional. Esta ambigüedad impacta especialmente en los familiares, pero también se extiende por la sociedad como un trauma general. Los medios de prensa, las redes sociales, las manifestaciones, los debates políticos; todo muestra que el país está conmocionado.
Las consecuencias, advierten los expertos, podrían ser duraderas. Según el mismo estudio, los efectos a largo plazo incluyen trastornos crónicos del sueño, enfermedades cardiovasculares agravadas por el estrés y una epidemia de trastornos mentales como depresión y ansiedad. Este fenómeno no solo amenaza el presente, sino también el futuro: investigaciones sobre las secuelas del Holocausto han demostrado que el trauma severo puede transmitirse epigenéticamente a las generaciones siguientes, alterando la expresión génica relacionada con el estrés. La experiencia del trauma no termina con quienes lo vivieron: se extiende sobre sus descendientes en forma de inseguridad existencial y estrés postraumático heredado.
Esto abre una dimensión intergeneracional del sufrimiento que Israel ya conoce, pero que en esta ocasión se acentúa en una coyuntura de elevadísima exigencia. Los hijos de los rehenes, de los asesinados y de los muertos en combate o por suicidio posterior, e incluso quienes nacieron después del 7 de octubre, crecerán en un país marcado por este trauma colectivo. Esta es una crisis humana profunda, cuyos efectos no terminarán con la firma de un cese de fuego. Desde el 7 de octubre de 2023 se cierne un nubarrón oscuro sobre Israel. Y hasta que la última persona regrese (viva o no), seguirá proyectando su sombra sobre la nación entera.
Pero seamos claros en algo. La liberación de los secuestrados no debió ser solamente un imperativo de Israel. La familia de las naciones incurrió en una falla ética al invisibilizar su padecimiento. Ellos no son una abstracción, sino personas concretas que llevan casi dos años bajo tierra. Su retención en túneles durante meses en condiciones infrahumanas constituye un crimen de guerra, lo diga o no la ONU o Emmanuel Macron. La indiferencia global frente al sufrimiento de los rehenes, combinada con la híper tardía presión a Hamas (y casi nula a sus patrocinadores) en pos de su liberación, es una vergüenza para la diplomacia global.
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