
Finalmente, tras meses de profunda incertidumbre y grandes interrogantes, marcados por internas, fricciones, “fuego amigo”, nuevos y viejos rencores, desconfianza mutua, egos, vanidades y mezquindades, quedó configurado el tablero y las fichas con que se disputará la inédita elección bonaerense del próximo 7 de septiembre, donde por primera vez en 42 años los electores del distrito más populoso y políticamente más gravitante del país elegirán legisladores provinciales y municipales en una elección separada de las nacionales.
Una elección tan inédita como trascendente, en el que hay mucho en juego para los contendientes, incluidas varias cuestiones que van bastante más allá de lo que pueda arrojar el resultado de las urnas. No solo la gobernabilidad de Kicillof en una Legislatura ya de por sí complicada y un adelanto de lo que pueda suceder en las elecciones legislativas generales de octubre que marcarán el pulso del segundo tramo de la gestión de Milei, sino también las perspectivas y escenarios de reconfiguración de un sistema político que desde hace años agoniza.
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Una elección a todas luces muy compleja, en donde una gran contienda enmascara en realidad ocho grandes elecciones que se dirimen en las tan mentadas secciones electorales (senadores y diputados provinciales) en las que se divide la provincia de mayor extensión territorial y densidad poblacional del país (40% del total del padrón nacional), cada una con realidades y dinámicas propias, que demandan estrategias segmentadas y adaptadas más allá de las grandes definiciones de las campañas provinciales.
Pero, además, dentro de esas ocho secciones que en muchos casos ofician casi como “mini-provincias”, también tallan con fuerzas las elecciones locales en 135 municipios (concejales y consejeros escolares), 40 de ellos grandes distritos de la denominada “Área Metropolitana de Buenos Aires” (primera y tercera sección electoral), que es donde se concentran la mayoría de los votantes (71% del padrón provincial) y donde pisan fuerte las estructuras y liderazgos territoriales.
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En esta dimensión desconocida producto de la inédita elección desdoblada, la disputa principal es la que enfrenta al Frente La Libertad Avanza (el mileísmo más la expresión mayoritaria del Pro) y el Frente Patria, la herramienta electoral que agrupa a casi todas las facciones del peronismo, referenciadas en los sectores liderados por Cristina Fernández de Kirchner, el gobernador Axel Kicillof, y el fundador del Frente Renovador Sergio Massa.
Contra todos los pronósticos, tras casi un año y medio de una feroz interna a cielo abierto entre el kirchnerismo y un gobernador decidido a independizarse de su mentora y construir un espacio y camino propio (Movimiento Derecho al Futuro), el peronismo llegó al esperado plazo para el cierre de lista alejado del clima hostil y la amenaza cierta de ruptura que acechó al espacio.
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Una relativa calma que, en realidad, es más bien fruto de un acuerdo circunstancial, favorecido tanto por el efecto galvanizador de la condena a la ex presidenta como por el pragmatismo ante una potencial dispersión de la oferta electoral peronista que hubiese condenado al PJ a una estrepitosa e histórica derrota. Una suerte de tregua que, entonces, muy probablemente se rompa casi inmediatamente tras la elección, cuando comiencen no solo las disputas por el sentido y la interpretación de los resultados, sino también por la asignación de las responsabilidades de lo ocurrido.
En el otro extremo, lo que tras las elecciones porteñas parecía una confluencia inevitable entre libertarios y el PRO culminó con un cierre cargado de tensiones, nerviosismo, desconfianzas, reproches, y hasta rupturas en algunos territorios. Si bien el frente que nuclea al polo antikirchnerista ya había sido inscripto formalmente y no había dudas de la hegemonía libertaria, tanto por el nombre del espacio como por el dominio absoluto de la lapicera, la intransigencia rayana a la voracidad de los armadores libertarios terminó dejando un tendal de heridos y algunas rupturas cuyo impacto habrá de dilucidarse durante la campaña.
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Es que pese a que ya estaba muy claro que más que de un acuerdo se trataba de una suerte de rendición casi incondicional del PRO, y no obstante los esfuerzos del negociador Cristian Ritondo por intentar preservar algunos activos territoriales, el proceso de integración de los referentes amarillos a las filas libertarias fue traumático y friccionado. A horas del cierre de ayer, en las terminales del partido amarillo no solo se desconocían los magros lugares en las nóminas de diputados y senadores provinciales (con las incógnitas respecto a varias figuras del macrismo que aspiraban a reelegir), sino que se tensionaban los acuerdos en los municipios a tal punto que, en al menos seis, al momento de escribir estas líneas había riesgos de ruptura por falta de acuerdos, por decisión de los jefes territoriales del PRO o -incluso- por el veto del propio presidente.

Lo cierto es que las cartas ya están echadas, y conforme avance la campaña electoral se irán perfilando estrategias y avizorando posibles escenarios en una elección que, a priori, el oficialismo nacional encara con optimismo en la búsqueda de un posible triunfo.
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Sin embargo, hay aún muchas incógnitas por develar, incluso antes de que se conozcan los resultados el 7 de septiembre. No tanto en el peronismo, donde en estos 50 días de campaña primará la precaria tregua, sino en las filas de un oficialismo nacional aún en construcción.
Así las cosas, aún con el objetivo de Milei de doblegar e integrar al PRO ampliamente concretado, el gran interrogante de estos meses pasará por dilucidar si la confluencia electoral habrá de impactar en acuerdos parlamentarios que le permitan al oficialismo nacional garantizar estándares mínimos de gobernabilidad hasta la renovación legislativa de diciembre (y después), o si las heridas abiertas por el cierre bonaerense pasan factura a nivel legislativo en la Cámara de Diputados de la Nación.
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