
Se aproxima el receso escolar, las vacaciones de invierno para los chicos. Y quizás también sea un buen momento para nosotros, los adultos, de hacer una pausa y mirar hacia atrás. ¿Cómo llegamos hasta acá?
En lo personal, tengo la sensación de que el tiempo se pasó volando. Al finalizar el año pasado, como suelo hacer, me propuse algunos objetivos para el nuevo año: ¿Qué cosas me gustaría encarar? ¿Qué retomar? ¿Qué profundizar? Pero luego, como pasa siempre, la rutina nos envuelve. Aparecen las urgencias del día a día, las cosas que no estaban en los planes, las que irrumpen sin pedir permiso. Y entonces, casi sin darnos cuenta, nos encontramos corriendo de una hora a la otra, resolviendo problemas, tratando de hacer equilibrio entre la obligaciones y el descanso, el trabajo y los amigos, la fiaca y el deporte.
La vida es un proceso. Avanzamos y retrocedemos. Pero me gusta repetirme una frase de Santa Teresa que me acompaña desde hace años: “El que no deja de andar, aunque tarde, llega”. Se trata justamente de eso: de no dejar de andar. Y cuando llegamos al cierre de una etapa —como este primer semestre— quizás sea oportuno calmar la ansiedad, hacer un alto, mirar hacia atrás y preguntarnos: ¿hasta dónde llegué? ¿Elegí bien el camino?
Alguna vez leí que la felicidad no consiste en vivir sin problemas, sino en tener la capacidad de resolverlos en tiempo y forma. Y me quedó grabado. Porque todos, de una u otra manera, transitamos desafíos. En estos meses pudo haber habido pérdidas, encuentros, desencuentros, pero también aprendizajes.
Tal vez ahora sea el momento para hacernos una pregunta sencilla pero profunda: ¿cómo hemos respondido a lo que la vida nos planteó en este tiempo? Si logramos responderla con honestidad, ya habremos dado un paso importante. Porque lo esencial no es tanto cuánto corrimos, sino a dónde llegamos. Todavía estamos a tiempo de retomar alguna de aquellas cosas que nos propusimos.
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