
La universidad pública argentina enfrenta hoy una encrucijada silenciosa pero profunda. No se trata solamente de números, presupuestos o paritarias. Se trata de algo mucho más elemental: del valor que como sociedad le damos a quienes enseñan, a quienes forman, a quienes todos los días sostienen con vocación y esfuerzo una de las instituciones más nobles y estratégicas que tenemos.
En la UTN Buenos Aires, como en muchas otras universidades del país, estamos viendo con enorme preocupación el impacto que la pérdida de poder adquisitivo está teniendo sobre el cuerpo docente. Y no se trata de una incomodidad coyuntural, es una amenaza concreta al corazón mismo de la educación superior.
Desde hace años, el sistema universitario se apoya en el compromiso admirable de miles de docentes que eligen enseñar aun cuando las condiciones no acompañan. Pero ese compromiso no es inagotable. La situación actual ha llevado esa precariedad al límite. Según datos de Conadu Histórica, en los últimos 16 meses el salario docente perdió un 34% de su valor real. Es el equivalente a cinco sueldos y medio. Una licuación que no se detiene y que golpea especialmente a quienes recién empiezan, a quienes viven sólo de la docencia, a quienes no tienen otros ingresos que lo compensen.
La consecuencia está a la vista, aunque cueste asumirla, cada vez más profesionales altamente calificados, especialmente en áreas de alta demanda como la ingeniería, están dejando de enseñar. No porque no quieran. Porque no pueden. Porque enseñar dejó de ser una opción viable, sustentable, digna.
Esto debería preocuparnos a todos. Porque el capital humano que forma a nuestros futuros profesionales está en riesgo. Y cuando una sociedad deja de cuidar a quienes enseñan, empieza a vaciarse de futuro.
Enseñar en la universidad pública no puede ser una heroicidad. Tiene que ser una posibilidad concreta de desarrollo, de crecimiento, de reconocimiento. Si no logramos hacer del rol docente un camino deseable, vamos a formar menos ingenieros, menos científicos, menos técnicos. Y lo que es peor, los vamos a formar en peores condiciones, con menos recursos, menos motivación y menos calidad.
Defender la universidad pública implica, también, defender a sus docentes. No hay forma de sostener un sistema educativo robusto, inclusivo y transformador sin una docencia fuerte, valorada y bien remunerada.
No podemos permitirnos naturalizar esta pérdida. No podemos resignarnos a que enseñar sea sinónimo de precariedad. Porque sin docentes, no hay universidad. Y sin universidad, no hay país que pueda construir un proyecto común, justo y sustentable.
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