Ya está todo previsto en Santa Marta para alojar a los Cardenales durante su retiro para el Cónclave en la Sixtina.
En Santa Marta viven ordinariamente unos 70 sacerdotes que trabajan en distintos organismos de la Santa Sede. La semana pasada tuvieron que vaciar sus habitaciones, limpiar su escritorio y dejar los cuartos libres para alojar a los Cardenales. Se mudaron temporalmente a otras dependencias del Vaticano.
Posteriormente, la Gendarmería revisó las habitaciones para cerciorarse de que no haya micrófonos y luego las precintaron a la espera de sus huéspedes temporales. Hubo que habilitar además Santa Marta vecchia para alojar a los 132 cardenales que quedarán viviendo allí. El trayecto hasta la Capilla Sixtina es de aproximadamente 1 kilómetro por pasillos internos y varias escaleras.
La Capilla Sixtina es uno de los espacios más emblemáticos del Vaticano, tanto por su valor artístico como por su función religiosa. Fue construida entre 1473 y 1481 por orden del papa Sixto IV, de quien toma su nombre. Está situada en el Palacio Apostólico y desde el siglo XV es el escenario del Cónclave.Historia artística y arquitectónica.
La capilla fue decorada inicialmente por grandes artistas del Renacimiento como Botticelli, Ghirlandaio, Perugino y Pinturicchio, quienes pintaron escenas del Antiguo y Nuevo Testamento en las paredes laterales.
Entre 1508 y 1512, el papa Julio II encargó a Miguel Ángel la pintura del techo, una obra colosal que representa escenas del Génesis, incluyendo la icónica Creación de Adán. Más tarde, entre 1536 y 1541, bajo los papados de Clemente VII y Pablo III, Miguel Ángel pintó el monumental fresco del Juicio Final en la pared del altar: “El Juicio Final”.
Los cardenales irán entrando de cara a esa pintura que no es solo decorativa. Cuando los cardenales entran en la Capilla Sixtina para elegir un nuevo papa, el mundo entero los observa desde fuera. Pero ellos, en cambio, tienen la mirada fija en otra dirección: en el Cristo del Juicio Final que Miguel Ángel pintó sobre el altar.Allí no hay ornamento ni consuelo fácil. Cristo aparece en el centro, con gesto firme, rodeado de santos marcados por el sufrimiento. A un lado, los resucitados ascienden; al otro, los que se han cerrado al amor descienden. No es una amenaza: es una llamada a la verdad. Cada vez que los cardenales alzan la vista, recuerdan que no están allí para hacer política ni estrategia, sino para discernir la voluntad de Dios.
El fresco del Juicio Final les habla al corazón: les recuerda que no están eligiendo al sucesor de Francisco sino al sucesor de Pedro, alguien que será pastor del Pueblo de Dios, servidor de todos, especialmente de los últimos. No eligen al más capaz, ni al más fuerte, ni al más influyente: buscan, en oración y conciencia, a quien Dios quiere.
Y saben que algún día, como todos nosotros, comparecerán ante ese mismo Cristo. Por eso, cada papeleta depositada en la urna no es solo un voto: es una confesión de fe, un acto de responsabilidad ante la historia, y un gesto de humildad ante el Misterio.
En ese clima de silencio, bajo esa mirada que todo lo atraviesa, el arte se convierte en predicación. Miguel Ángel no los juzga; pero su pintura los coloca ante la única pregunta que importa: ¿estamos siendo fieles al Evangelio?
La Capilla Sixtina, con su belleza y su peso espiritual, no solo custodia el secreto del cónclave: lo envuelve en un llamado a la verdad, al servicio y a la eternidad.
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