
Carente de ideas, el antiperonismo se debate entre recuperar la traición del menemismo o volverse revolucionario con la reivindicación gorila de la guerrilla que hace La Cámpora. Si bien es cierto que la democracia se inició con el triunfo radical, esa fuerza política fue incapaz de sostener su estructura, de generar una dirigencia digna de mantener su prestigio en la sociedad. Con Alfonsín, el radicalismo ingresó en la Internacional Socialista, hecho demasiado ambicioso para un partido con vocación nacional. El kirchnerismo, reivindicando los derechos humanos y de diversidad por encima de los sociales, logró dejar al peronismo fuera de la conciencia de los humildes y ubicar su pasión burocrática en los sueños de una izquierda que siempre pretendió mucho y nunca logró nada.
El otro intento fue el de Mauricio Macri con el PRO, que hasta tenía un presuntuoso grupo de pensadores, pero terminó en el rincón del olvido, gracias a ese maridaje irracional entre Durán Barba y Marcos Peña. De tanto juntar a oportunistas y mercenarios, se le fueron ante la primera tentación. La derecha argentina, históricamente, nunca necesitó construir una fuerza política, derrocó a Yrigoyen y a Perón y albergó en el Partido Militar varias dictaduras que custodiaban sus sueños democráticos. Las urnas estuvieron largamente bien guardadas.
Nunca olvido la ovación que la Sociedad Rural le brindó al general Onganía al ingresar en carroza, autor del golpe contra Illia, un cocoliche más cercano al papelón que a la propuesta, y la silbatina con la que recibieron a Raúl Alfonsín, solamente porque al presidente de la institución, Guillermo Alchouron, y a los suyos, la democracia les quedaba grande. Lo dramático es que el menemismo devino en la destrucción de lo que Yrigoyen y Perón habían logrado: una concepción de patria. Y aquello que hoy Milei reivindica como libertad es simplemente el sueño de los rentistas de eliminar la responsabilidad que conlleva hacerse cargo de la totalidad de los habitantes. Estamos importando limones, exportando ganado en pie, eliminando trabajo y acumulando una deuda de la que los eternos liberales huyen a la hora de enfrentarse a la obligación de pagar.
Cómo olvidar a al Ministro de Economía de Macri, Nicolás Dujovne, diciendo que la única virtud del kirchnerismo consistía en no haber dejado deuda, para obtener del FMI -en su versión Lagarde- USD 47 mil millones que permitieron a los amigos del actual ministro Luis Toto Caputo fugar ganancias y vaciar la nación. Mientras el Imperio se protege en exceso intentando superar aun los acuerdos económicos, este personaje pequeño que nos gobierna libera importaciones. Vivimos de decepción en decepción de toda índole.
La baja del consumo de alimentos, en simetría a la de la pobreza, expresa a las claras que para Milei, sus funcionarios y seguidores, los negocios son más importantes que el ser humano, sin dejar de reiterar hasta el cansancio que el kirchnerismo es el obstáculo que impide a la oposición generar un proyecto de salida superador. Entre el gobierno de Milei y los recuerdos del de Cristina, cualquier ciudadano informado va a estar más cercano al psicoanalista que a la urna.
El Gobierno y la oposición son dos opciones distintas del fracaso: la de Milei viene con más deuda y miseria, la de Cristina, con más empleados públicos y planes sociales que generaron rispideces incluso entre los pobres que trabajaban esforzadamente y los que recibían subsidios. Otro éxito para Milei entre las clases bajas. A las medias y acomodadas ya las tenía agarradas con su paupérrimo discurso soez que agrada al antiperonismo cerril que suele caracterizarlas y a su codiciosa vocación de hacer dinero con dinero, es decir, a la timba financiera tan vigente como con cualquiera de los gobiernos de sesgo liberal que hemos tenido desde Alsogaray, como ministro de Frondizi, y Martínez de Hoz, de la dictadura, a Cavallo con Menem para desembocar, ahora, en este personaje que, como ya señalé en mi artículo anterior, cínicamente reconoce que en 1970 contábamos con un 5% de pobreza. ¿Qué pasó en el medio? Básicamente el liberalismo.
Ninguna de las dos alternativas sirve para devolvernos el profundo deseo de una patria para todos. El partido gobernante carece de cuadros intelectual y culturalmente capacitados para defender su política, pero logra adherentes provenientes de los “pelucas” del PRO y de los radicales que responden a Rodrigo de Loredo y a ciertos gobernadores, sin olvidar, naturalmente, a los medios obsecuentes. Algunos periodistas todavía sostienen un espíritu crítico, aunque acuden a él cada vez menos, dado que la dimensión de los negocios obliga a limitar el espacio de la autocrítica. Cuando no es el amedrentamiento generado por Milei y su Ministra de Seguridad Patricia Bullrich para disciplinar a toda una sociedad, incluida la prensa, como vimos tras la virulenta represión que casi le cuesta la vida al fotoperiodista Pablo Grillo.
Decadencia. Esperemos que no dure mucho, pero duele demasiado.
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