
La inteligencia artificial (IA) es una tecnología que permite que las computadoras y las máquinas simulen el aprendizaje, la comprensión, la resolución de problemas, la toma de decisiones, la creatividad y la autonomía humanas. Sus herramientas procesan muchísima información y, mediante el uso de algoritmos, permiten usar esa información para reconocer modelos de comportamiento, verificar identidades y predecir reacciones humanas.
En los servicios legales su impacto es decisivo y, desde la optimización de operaciones hasta la generación de información predictiva, la IA está revolucionando la práctica legal, pues mejora el rendimiento del abogado, evitándose tareas mecánicas y repetitivas. En la redacción de contratos o investigación de ley, doctrina o jurisprudencia aplicables a los casos, se constituye en asistente eficaz.
Estas herramientas optimizan cuestiones administrativas tediosas, como el procedimiento de cálculo de honorarios, la carga de horas de trabajo y su gestión y cobro. Sin embargo, crearon la “paradoja de la eficiencia de la IA”, porque a medida que la IA mejora en la automatización de tareas legales, se hace menos justificable facturar a los clientes en función del tiempo empleado. Se deberá explicar entonces en detalle, cuál es la tarea intelectual, personal, que es la que debe ser retribuida.
El uso se populariza: según el informe de la American Bar Association, durante el 2024 el 30% de los encuestados usan IA comparado al 11% en 2023; no hay data comparable en Argentina.
Sin embargo, esta transformación tiene sus riesgos. En su estado actual, las herramientas de IA malinterpretan textos legales o resoluciones jurisprudenciales si no están entrenadas correctamente: si se entrenan con datos sesgados, esos prejuicios llevan a decisiones erróneas.
La cuestión de la seguridad de las herramientas es delicada, porque los abogados tratan datos sensibles de terceros. De allí que deban cumplir con las buenas prácticas, la transparencia y la sujeción a la normativa de nuestro país en este punto.
Seguridad informática y privacidad de la información, por otra parte, son las dos caras de una misma moneda. Además, no es cuestión de sentarnos frente a la herramienta de IA y limitarnos a preguntar y recoger información para luego trasladarla automáticamente a los escritos y presentaciones. Los errores que se ven son de cómicos a trágicos, eventualmente con graves consecuencias.
De modo que el proceso debe ser consciente, gradual, capacitado. Incluso es aconsejable limitar el uso de IA solo frente a requerimientos fundados. Además, siempre es de buena práctica supervisar humanamente el resultado e informar cuándo se utiliza inteligencia artificial al cliente. Será útil tener constancia de su conformidad.
Por último, no importa en qué medida o cuál es la herramienta usada: el resultado final de su obra siempre es responsabilidad del abogado. La inteligencia artificial no le provee indemnidad.
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