
Desde hace algunos meses vemos en pequeñas píldoras la vida novelada de algunos famosos, la cual distrae a un público con sus idas y vueltas, con sus noviazgos intempestivos y con sus gestos de grandeza. Horas enteras de programas de TV espiando la cantidad de zapatos que hay en un vestidor, husmeando los vuelos privados, opinando sin conocer demasiado y curioseando un estilo de vida que le es ajeno a quien mira, pero le resulta divertido.
El caso Wanda- Icardi parecía entretener a la teleaudiencia, a decir por las horas o las páginas que su historia ocupaba. En ese marco, cada uno de los protagonistas iban subiendo la apuesta y, de esa manera, la maraña se iba conformando con sus idas y vueltas, entre premios y cuantiosas carteras y con la ostentación de quién es el que viaja de manera más opulenta.
Sin embargo, en estos días, hubo un antes y un después. En las últimas horas, el escándalo llegó al límite policial y judicial. Las menores -en medio del escándalo- lloraban y pedían ayuda. Por esto se imputó al futbolista por el delito de hostigamiento agravado y se evalúa la posibilidad de que le prohíban el contacto con sus hijas.
Generalmente asociamos la violencia doméstica a sectores bajos de la sociedad, pero la intimidación, la manipulación afectiva, el chantaje emocional, como humillaciones, insultos dentro del contexto familiar, se dan en todos los grupos sociales por la dificultad para dialogar y para expresar las emociones de manera saludable.
Y por más que las peleas sean de una pareja, los niños pueden tener consecuencias como trastornos de ansiedad, depresión, dificultades para mantener relaciones saludables con compañeros o figuras de autoridad, bajo rendimiento académico o, incluso, al no tomar conciencia, replicar o perpetuar esas conductas violentas en un futuro.
En el caso relatado, sin lugar a dudas, la realidad supera la ficción y nos invita a explorar los confines de lo real y lo emocional, desafiando algunas ideas sobre lo que significa el bienestar familiar. Porque debajo de la rimbombante vida superficial que ostentan, hay una profundidad oscura que en algún momento necesitará salir a la luz.
Quienes vivimos alguna vez una escena de violencia doméstica sabemos que estas no son gratuitas y que los recuerdos quedan en el cuerpo, que probablemente las niñas nunca olviden lo que vieron o experimentaron y es por eso que lo vivido este fin de semana no será en vano para ellas. Y, si bien, cada uno lo siente de diferente manera, necesitarán un buen de apoyo con adultos de confianza que las acompañen a mejorar la autoestima y a lidiar con sus emociones y recuerdos cuando maduren. Cuanto antes un niño reciba ayuda, mayores serán las probabilidades de volverse un adulto mental y físicamente sano.
Los padres deberán empezar a entender que los hijos no son moneda de cambio y, tal como planteaba Simone de Beauvoir, los hijos no son un sustituto del amor; no reemplazan un objetivo de vida rota; no son un material destinado a llenar el vacío de nuestra existencia; son una responsabilidad y un deber; son los florones más generosos del amor libre. No son el juguete de los padres, ni la realización de su necesidad de vivir, ni sucedáneos de sus ambiciones insatisfechas. Los hijos son la obligación de formar seres dichosos y conscientes.
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