El 7 de marzo de 2025, en tan solo 12 horas, Bahía Blanca se vio arrasada por una tormenta en la que cayeron cerca de 290 milímetros de lluvia. Para ponerlo en perspectiva: es prácticamente lo que llueve en seis meses. El resultado fue devastador. Al menos 16 personas murieron, más de 1.450 debieron ser evacuadas y la ciudad quedó completamente desbordada. El agua no discriminó: barrios enteros quedaron sumergidos, el Hospital Penna tuvo que ser evacuado y la desesperación se instaló en cada rincón de la ciudad.
Las historias de esta tragedia son tan dolorosas como evitables. Los días posteriores al evento se escucharon múltiples testimonios como el de Lucas, un joven que vio con impotencia cómo la corriente se llevaba a su abuela sin poder hacer nada. En el Hospital Penna, las enfermeras de neonatología lucharon contra el agua que no dejaba de avanzar, protegiendo a los recién nacidos en medio del caos. Mientras tanto, grupos de voluntarios se lanzaban al rescate de animales, un recordatorio de que la solidaridad sigue intacta incluso en los peores momentos.
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Frente a semejante catástrofe, el gobierno nacional anunció una ayuda económica para los damnificados. Pero la pregunta clave es ¿qué hacemos de ahora en más? porque la realidad es que la infraestructura de Bahía Blanca quedó en evidencia: no estaba preparada para un evento de esta magnitud y, si no se toman medidas, la próxima vez podría ser aún peor.
Quizás es tentador señalar al cambio climático como el responsable directo de lo que pasó pero, la respuesta no es tan sencilla. Según expertos del Servicio Meteorológico Nacional, es difícil atribuir un evento puntual como este exclusivamente al cambio climático. Se necesita un análisis más profundo, de mayor escala. Sin embargo, lo que sí sabemos es que la ciencia ya advirtió que este tipo de fenómenos extremos se están volviendo más frecuentes e intensos. La combinación de lluvias torrenciales con una urbanización desordenada y sin planificación adecuada es una receta para el desastre.
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Bahía Blanca tiene un terreno con marcados desniveles, arroyos entubados y zonas críticas que históricamente han sido vulnerables a inundaciones, tal como señaló la geógrafa e investigadora Paula Zapperi, que recientemente estuvo en boca de todos al haber advertido años atrás sobre las potenciales inundaciones en esta ciudad.
Cuando hablamos de inundaciones, solemos centrarnos en las pérdidas materiales pero la realidad es que también representan un tema de salud pública. Las aguas estancadas pueden convertirse en lugares propicios para el brote de enfermedades zoonóticas como leptospirosis o el dengue. La contaminación del agua potable puede generar enfermedades gastrointestinales, y la falta de acceso a servicios básicos agrava aún más la situación. Luego está el impacto en la salud mental. Las personas no solo pierden sus casas y pertenencias sino también, sus recuerdos y su sentido de seguridad.
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Por todo esto, la respuesta no puede ser únicamente material. Se necesita recurso humano para llevar adelante estrategias de acompañamiento para formar y reconstruir redes de contención comunitaria que ayuden a los damnificados.
Este evento dejó en claro que la prevención y la planificación no son opcionales. Es esencial sensibilizar y capacitar a la comunidad en medidas de autoprotección y respuesta ante emergencias. Asimismo, un sistema de alerta temprana bien coordinado puede marcar la diferencia porque la confianza en las autoridades y la preparación comunitaria son claves: si las personas saben qué hacer, evacuar a tiempo es más sencillo. Pero para eso, las alertas deben ser claras, difundidas a tiempo y respaldadas por planes de emergencia eficientes.
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Las obras públicas son fundamentales. Para lograr ciudades más resilientes se requiere de sistemas de drenaje adecuados, infraestructura pensada para soportar eventos extremos y hospitales preparados para operar bajo condiciones adversas. Un hospital resiliente al clima no solo tiene reservas de energía y agua potable, sino también protocolos de emergencia bien diseñados para garantizar la atención en medio de una crisis.
No podemos controlar cuánto llueve, pero sí podemos decidir qué hacer frente a un evento como este, y esa es una decisión política. Lo que hagamos (o no hagamos) definirá cuán preparados estaremos cuando la próxima tormenta llegue.
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