
Hace veinte años decían que estábamos frente a un “nuevo mundo”, el tecnológico. En otras palabras, arribábamos a la sociedad del conocimiento, sin mayor conocimiento de la sociedad. También pronosticaban que desaparecerían la radio, los diarios de papel, el cine y hasta los libros. Afortunadamente, eso no ocurrió, pero el sentido común quedó en estado de coma inducido.
Mas nada ocurre por casualidad sino por causalidad. El diagnóstico es bastante desolador, en términos de una guerra mundial, activada en varios frentes paralelos. Pero todos los caminos conducen a reemplazar el estado de derecho y los consensos institucionales, por personalismos, polarizaciones y autocracias.
Hay muchos porque, pero interesa resaltar uno medular: el poder económico/tecnológico, corporativo y supranacional, que asumió en la transición del siglo. Los estados nación, a partir de allí, quedaron condicionados. En los países democráticos, más aún, por sus libertades inherentes.
La agenda urgente pasa por la paz y el cambio climático y la importante, por democracia y sostenibilidad, sin dicotomías
Primero fueron por el estado del bienestar, luego por el bienestar del estado y finalmente por el desasosiego general, en su propio beneficio. Sus herramientas y estrategias incluyen fragmentación, negación, desinformación y una extensa gama de despotismos.
La agenda urgente pasa por la paz y el cambio climático y la importante, por democracia y sostenibilidad, sin dicotomías. Para una mejor transición, nacionalismos, autodeterminaciones y geopolíticas, deben ceder a una percepción de vida en común, sistémica y cooperativa.
Descentralizar y localizar
Una utopía, que alimente la esperanza, podría ser vinculante a una gobernabilidad glocal. Ciertamente, somos parte de un gran sistema –complejo, pero sistema al fin– y ningún lugar ni país se salva fuera de él. La recuperación del sentido común, en ese contexto, aporta para viabilizar una unidad en diversidad conducente.
Lo real es intrincado, pero posicionarse en él no es complicado si compartimos algunas premisas básicas. No se trata de opciones estado-mercado, norte-sur, occidente-oriente, ni de pensamientos binarios o personalismos. Se trata de recuperar el valor de la palabra y de la convivencia, con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza.
Vale reemplazar la política jerárquica y electoral, por la de los hechos y la constitución, comenzando por las comunidades locales. Autoconvocarse horizontalmente y de abajo hacia arriba, quitando nichos a grandes corporaciones, sería un buen comienzo. En este derrotero, paradigmático, son cruciales una mayor conciencia espacio-temporal y de especie.
La agenda urgente pasa por la paz y el cambio climático y la importante, por democracia y sostenibilidad, sin dicotomías
La democracia y la alimentación deben ser bienes comunes y zafar del mercantilismo como valor supremo que nos quieren imponer. Eso es parte de la sostenibilidad, que ya no es una opción. Ciertamente, no da votos, pero da futuro y por eso es la mejor inversión.
Todos los problemas se originan dentro de los sistemas y no tienen solución en otra parte. Tampoco en las ideologías, cualesquiera fueran. El poder fragmenta los sistemas y las ideologías polarizan imaginarios de realidad, sin aproximarse a lo real. Esto último, es el norte de la ciencia y el conocimiento, donde la razón puede convivir con la emoción.
Sin estos sentidos comunes, entre otros, que se propone debatir y enriquecer, poco pueden hacer las nuevas tecnologías. Ellas, están concentradas en estamentos del poder y se rigen por criterios de dominación y grandes negocios. Solo descentralizándola, como muchas otras acumulaciones, serán un medio relevante de viabilidad glocal.
Un tejido social, coherente y en armonía con el entorno, solo puede instalarse desde lo local. Ese es el nuevo asiento de la política, de hecho, donde es posible pensar y actuar simultáneamente. En esta visión, todos los caminos conducen –con esperanza, paciencia y tesón– hacia la democracia, la justicia, la libertad y una prosperidad compartida.
El autor es Ingeniero Agrónomo y autor del libro “Ordenamiento glocal, un paisaje necesario” (Dunken, 2023)
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