
Las imágenes de Bahía Blanca bajo el agua conmueven y preocupan. Las calles convertidas en ríos, los hogares anegados y las familias que perdieron todo nos recuerdan la vulnerabilidad de nuestras ciudades frente a fenómenos climáticos extremos. La prioridad es la solidaridad con cada persona afectada, pero también preguntarnos: ¿hasta cuándo es posible ignorar las señales de alerta?
Las precipitaciones récord que desbordaron la ciudad no son un hecho aislado. Son parte de una tendencia global que los científicos vienen advirtiendo hace décadas: el cambio climático está intensificando los eventos meteorológicos extremos. A medida que las temperaturas aumentan, la atmósfera retiene más humedad, lo que se traduce en lluvias más intensas y, por ende, en inundaciones más devastadoras. A medida que los suelos se erosionan, producto de la deforestación y monocultivos, se transforman en superficies impermeables incapaces de absorber la humedad y las lluvias.
Aun para quienes insisten en negar la existencia del cambio climático, a expensas de la naturaleza, es evidente que los eventos extremos como las inundaciones, los incendios, las sequías, las olas de calor, las tormentas severas, por citar los ejemplos más recientes en la región y en Argentina en particular, solamente, son parte de nuestra vida cotidiana, cada vez más. ¿Es posible continuar como si la evidencia no existiera?
Bahía Blanca no es la única en sufrir estos impactos. Otras ciudades de Argentina y el mundo han enfrentado tragedias similares, y sin un cambio en nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza, esto seguirá ocurriendo con mayor frecuencia y gravedad.
Ante esta crisis, la respuesta no puede limitarse a la emergencia. No podemos seguir tratando estos eventos como excepciones. Las inundaciones en Bahía Blanca son una alerta más de que estamos en un punto de quiebre. La solidaridad y la reconstrucción son esenciales, pero lo es aún más prevenir nuevas tragedias. De lo contrario, estaremos condenados a vivir entre el agua y la impotencia.
Es imprescindible que los gobiernos trabajen en políticas de adaptación y mitigación al cambio climático, desde la restauración de ecosistemas hasta la planificación urbana basada en criterios ecológicos. La infraestructura de las ciudades debe prepararse para estos escenarios, y la sociedad en su conjunto debe exigir un modelo de desarrollo que no agrave la crisis climática.
Esto implica modificar el modo en que producimos y consumimos, cambiar la matriz energética, conservar los bosques y los océanos, adaptarnos para tratar de minimizar las consecuencias, significa que las ciudades estén más preparadas, y que también los campos en los alrededores estén más cuidados.
El dolor de las familias desarmadas por las pérdidas, la complejidad de reconstruir una ciudad y una comunidad golpeada, el deterioro de los lazos sociales afectados por el miedo y la economía azotada por la tormenta, son los principales focos que atender, en forma prioritaria. Luego, nos toca incorporar al ambiente como condición necesaria, no suficiente, pero necesaria, para seguir adelante. Si no logramos incluir en la ecuación de supervivencia, lo imprescindible de proteger los ecosistemas, los eventos climáticos inesperados que siempre restan, nos encontrarán desarmados y desorientados. La sociedad que se revela solidaria en estas batallas ha de ser también una ciudadanía preparada, consciente y alerta, para recibir el futuro de la mejor manera.
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