
Se acerca el inicio del período escolar con temas que son recurrentes: el costo de los materiales requeridos a los alumnos y estudiantes, las presiones de los sindicatos y la entrada en vigor de nuevos planes educativos. Todos ellos generan sus correspondientes polémicas y debates.
Tanto la provincia como la ciudad de Buenos Aires se aprestan a iniciar sus respectivos planes, ambos reconociendo que los anteriores no han dado buenos resultados y destacando los puntos débiles de la educación de sus distritos. Dice el documento Actualización del Régimen Académico de la provincia: “Hay un consenso general de que la escuela secundaria debe cambiar y mejorar la enseñanza para que las y los estudiantes aprendan más. Hoy de cada 10 estudiantes, 6 terminan en tiempo y forma, 2 más tarde y 2 no terminan.”
El otro motivo es la incorporación de temas o metodologías que el gobierno de turno quiere imponer en los contenidos: “Hubo avances culturales y normativos (ESI, Cultura digital) que deben ser incorporados y le demandan a la escuela un cambio de perspectiva en relación con su organización y a la convivencia.”
En cuanto a la ciudad se refiere, el Plan Estratégico Buenos Aires Aprende señala que 4 de cada 10 estudiantes de 7º grado obtuvieron un desempeño básico o por debajo del básico en Lengua, también 4 de cada 10 en 3º año, y en Matemática 7 de cada 10 en 7º grado y 6 de cada 10 en 3º año.
Para la realización de estos planes se han realizado innumerables reuniones entre funcionarios, maestros, profesores, especialistas porque la existencia de “un” plan requiere del consenso si no completo al menos importante entre los que luego habrán de llevarlo adelante. Y una vez aprobado, otra tanta cantidad de reuniones para capacitarlos.
Dentro de tres, cuatro u ocho años veremos el proceso repetirse con nuevos congresos, nuevas jornadas y nuevos planes que plantearán nuevas metodologías o nuevos contenidos teniendo en cuenta las preferencias ideológicas de futuros gobiernos o los inevitables cambios en las tecnologías.
En ningún momento alguien se pregunta sobre la planificación misma. Planificación siempre hay: planifica quien organiza sus vacaciones o las actividades que quiere desarrollar en los próximos meses, planifica el comerciante cuando estima cuánto comprar al mayorista, planifica la empresa su producción durante el año. Todo eso es muy útil y rinde sus frutos, pero más allá de cierto tamaño o volumen de información que es necesario tomar en cuenta, la planificación fracasa: el típico caso son las que fueran economías planificadas y los planes y presupuestos que se dictan los gobiernos.
El motivo de ese fracaso es que la planificación del sistema requiere información que en general no está disponible o no se puede transmitir a la cúpula planificadora para que tome decisiones y éstas vuelvan a quienes las tienen que aplicar. Algo similar ocurre en la educación: planifica la maestra o el profesor su clase; planifica el director de la escuela, pero más allá de eso fracasa porque demanda mucha información y porque las soluciones planificadas homogeneizan todo el proceso, ofrecen una solución general y única que no puede tomar en cuenta las características específicas de tiempo y de lugar.
Dentro de todo, al ser nuestro país federal hay 24 “sistemas” pero también hay leyes, normas y procesos para eliminar las diferencias. El último informe de Argentinos por la Educación sobre la Campaña Nacional de Alfabetización señala que “5 jurisdicciones adoptaron el método fonológico en sus escuelas, otras 3 están implementando enfoques basados en el constructivismo, 5 enfoques equilibrados, 1 integral y 5 mixtos. La Nación y otras 3 provincias no definen un enfoque específico.” Algo es algo, tal vez pueda obtenerse alguna información sobre sus distintos resultados, pero de todas formas no es suficiente para adaptarse a la gran diversidad de necesidades y preferencias.
Pretender que una persona o un grupo de expertos sepa cuál es la mejor forma de educar a nuestros niños y jóvenes es arrogante y, en definitiva, al buscar imponerla a los demás, autoritario. Como hay distintas preferencias, capacidades, habilidades, tanto en los maestros como en los niños y jóvenes, hay una innumerable cantidad de alternativas para cada caso. Es imposible saberlo desde arriba.
Los tan mencionados sistemas de Finlandia o Estonia otorgan bastante autonomía a las escuelas para desarrollar sus propios modelos. Los directores pueden diseñar planes de estudio, establecer horarios, elegir métodos de enseñanza y materiales educativos.
Un orden abierto en la educación generaría innumerables opciones: algunas se adaptarían mejor a ciertas preferencias (Montessori o Waldorf por ejemplo) otras ensayarían nuevas metodologías y contenidos y podríamos de esa forma saber cuáles dan mejores resultados. No sería un “sistema” impuesto a nadie en particular o sería un sistema “flexible” que ensayaría y adoptaría todo tipo de novedades. Habría que considerar la posibilidad de que no hubiera un plan…, sino miles de planes.
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