
El incidente tuvo lugar el miércoles pasado, en ocasión del viaje número 31 de familiares de combatientes de Malvinas al cementerio argentino en Darwin para visitar la tumba de sus seres queridos caídos en la Guerra del Atlántico Sur.
Viajaron 150 personas, entre padres, hijos y hermanos. Como todos, éste también fue un viaje muy emotivo. En particular para un grupo de unos 26 padres y madres de más de 85 años: para la mayoría de ellos era la primera -y probablemente la única- peregrinación al sitio donde descansan los restos de sus hijos. A la tierra que los vio morir por la Patria.
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En las valijas, además de banderas y recuerdos, llevaban la imagen de la Virgen de Luján. No era cualquier imagen, sino la misma que estuvo en las islas durante casi toda la guerra y luego permaneció 37 años en poder de los británicos, hasta que fue restituida en octubre de 2019. Se trata de una imagen pequeña, de apenas 38 cm de altura.

Sorprendentemente, se le negó la entrada a las islas. Ni siquiera pudieron bajarla del avión. La imagen debió permanecer a bordo del vuelo chárter de la empresa Andes, costeado por Aeropuertos Argentina, merced a la generosidad del empresario Eduardo Eurnekian.
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Lo más llamativo fue el argumento: la Virgen de Luján no desembarca porque estuvo en la guerra.
En concreto, la imagen de la Santa Patrona de la Argentina tenía vetada la entrada a Malvinas porque es un símbolo que remite a la guerra. Si hubiesen traído otra, no habría habido problema, dijeron.
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La imagen de la Virgen de Luján llegó a Malvinas el Viernes Santo del 9 de abril de 1982. La llevó uno de los capellanes militares que estuvieron en la isla: monseñor Roque Manuel Puyelli. El 8 de mayo de 1982, en su día, la imagen de la Virgen de Luján, fue llevada en procesión a través de la isla y venerada por los soldados.

Hacia el fin de la guerra, fue depositada en la parroquia Saint Mary de las Islas Malvinas, y cuando concluyó el conflicto, los británicos la enviaron a Inglaterra. Fue instalada en la Catedral de San Miguel y San Jorge de Aldershot, en el condado de Hampshire, sede del obispado castrense británico. Allí fue entronizada en memoria de los caídos durante el conflicto bélico.
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Una placa indicaba: “Los argentinos invadieron las Islas Malvinas en 1982 y llevaron con ellos esta estatua de Nuestra Señora de Luján. Después de su rendición dejaron la imagen con el prefecto apostólico de las islas, monseñor Dan Spraggon. Él se la presentó al padre Alfred Hayes, quien estaba con las fuerzas británicas a lo largo de la campaña”.
Finalmente, por iniciativa de un dirigente laico de la diócesis de Quilmes, Daniel Doronzoro, y mediante la gestión del Vicario Castrense, monseñor Santiago Olivera, la imagen fue restituida a la Argentina en el año 2019.
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Fue en una ceremonia en El Vaticano, presidida por el papa Francisco. El primer domingo de noviembre de ese año, la Virgen volvió al país y fue recibida con honores en el aeropuerto de Ezeiza, y llevada luego en caravana hasta la Basílica de Luján.

Dado este impresionante derrotero, es comprensible que la delegación de familiares que viajó a Malvinas haya querido llevar esta imagen en su visita al cementerio de Darwin.
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Y es entendible que haya tenido un efecto tan impactante en las autoridades de las islas como para no querer ni siquiera verla.
Pero, visto el argumento esgrimido -”porque estuvo en la guerra”- la pregunta que cabe es, parafraseando a Stalin, ¿cuántas divisiones tiene la Virgen? ¿Cuánto poder de fuego como para justificar este temor reverencial?
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Salvo que sea el reconocimiento del poder a la autoridad.
Los ocupantes de Malvinas pueden impedir el desembarco de la Virgen de Luján en la isla. Pueden prohibir que queden banderas en Darwin. Pueden poner un mástil con la insignia británica en medio de la ruta que lleva del aeropuerto al cementerio, para que las delegaciones de familiares la vean.
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Pero parece que, frente a la autoridad espiritual de la Virgen su poder se siente amenazado.
Irónicamente, es como la kryptonita que neutraliza la fuerza de Superman.
Por mucho poder que tenga el gobierno local, este gesto de prohibir el ingreso de la imagen de una Virgen revela debilidad.
¿El poder se inclina ante la autoridad? La autoridad es una categoría de orden moral, distinta del poder que es de orden físico. No es la primera vez, ni será la última, que un poder se sienta amenazado por la fuerza de lo espiritual.
Es obvio que ellos tienen actualmente el poder de vetarle la entrada a quien quieran.
Pueden prohibir que se enarbolen banderas en Darwin; sólo se las puede mostrar a nivel de la cintura. Si flamean, es señal de guerra.
Pero esta conducta también revela la importancia que los británicos les dan a los símbolos. Porque saben que éstos representan la dimensión de lo espiritual, de las creencias, de la fe, de lo trascendente.
Es algo de lo que deberían tomar nota nuestros dirigentes, tan proclives a desdeñar las tradiciones y los protocolos. Casi parece que los británicos le atribuyen más significado a nuestros propios símbolos que muchos de nuestros políticos.

En el año 2022, el historiador Sebastián Sánchez publicó “El altar y la guerra”, un libro que reconstruye un aspecto invisibilizado de la guerra: “La desmalvinización también incidió en el olvido de la dimensión espiritual” del conflicto, dijo Sánchez en entrevista con Infobae. “La presencia de los capellanes [N. de la R: 22 en total], la presencia de la Iglesia en Malvinas, señala una de esas cuestiones mutiladas, no abordadas, que es la de la espiritualidad en la Guerra -decía- Si uno le pregunta a cualquiera de nuestros veteranos, la vida espiritual estuvo omnipresente durante la gesta”.
“En Malvinas no hubo ateos”, dice el coronel Esteban Vilgré Lamadrid en la película documental “1982. La gesta”.
Finalmente, se podría concluir que en el temor también anida el reconocimiento.
Reconocimiento a la autoridad espiritual, incluso por parte de quienes detentan hoy el poder, pero saben que no son parte de la verdad.

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