Cuando edifiques una casa nueva habrás de hacer un parapeto a tu azotea y no pondrás causal de sangre en tu casa, ya que podría caer el que cayere de ella. Este versículo aparece en el libro del Deuteronomio, bastante cerquita del final de la Torá, del Pentateuco. El que lo quiera ubicar tiene que irse hasta el octavo verso del capítulo 22 de dicho texto.
A nuestros sabios les llamó la atención que la Torá denomine a la casa nueva que alguien construye, justamente, como “bait”, “casa”, pero que en el mismo versículo -cuando se nos impele a agregarle aquella defensa o baranda que evite la potencial caída de una persona protegiéndola así de una virtual tragedia- el texto nos hable de “beiteja”, es decir “tu casa”. Adivino en ese pequeño y generalmente inadvertido cambio gramatical un notable susurro de sentido, algo que podría llevarnos a considerar aquello que tiene que ver con el modo de adueñarse de lo material.
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Sospecho que aquí se expone, en formato casi esotérico, un concepto de “posesión” que invita a otros escenarios, que apela a diferentes conceptualizaciones. Pareciera ser que la posesión definitiva de una casa nueva dependiera de la observancia de ese precepto cuasi arquitectónico, como si esa barandilla de protección vendría a fuera como un puente entre “la casa” y “tu casa”. Para entenderlo podríamos recurrir a una contradicción que el Talmud (en Brajot 35a) plantea acerca de dos versículos del libro de los Salmos.
Por un lado leemos allí (Salmos 24:1) que “La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella”, y sin embargo encontramos en otro salmo (115:16) que “Dios le entregó la tierra a los seres humanos”. El Talmud nos enseña que ambos versículos son correctos y lo resuelven afirmando que antes de que recitemos una bendición, o de que cumplamos con un precepto, todo evidentemente pertenece al Creador. Pero al reconocer a través de esa bendición o de esa observancia que el mismo Dios es la fuente de todo lo existente, recién allí podemos “poseer” y utilizar lo creado.
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Antes del precepto, como en nuestro versículo de origen, una casa es una casa, “bait”. Y pasa a ser “beiteja”, “tu casa”, cuando le insuflamos a lo material (¿y qué hay más “material” que una casa?) la dimensión espiritual. Vale decir que la posibilidad de la apropiación debiera estar vinculada a la maravilla de la aceptación de que en última instancia nada poseemos, y que todo viene de Dios, y tan sólo lo tenemos en préstamo o en guarda por algunos años.
Lo fantástico de la tradición judía es que este “salto” de sentido (ya que hablamos de parapetos), pasa necesariamente a través de la dimensión del otro, del prójimo. Como si la mejor manera de acceder a lo divino pasara por el cuidado de nuestros vecinos.
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Estamos en época del mes de Elul, del último mes del calendario hebreo, época de “teshuvá”, de reflexión y balance espiritual, porque ya se asoma la festividad de “Rosh Hashaná”, el año nuevo judío, que en cierta forma celebra el cumpleaños de la creación toda.
Nuestra gran casa que se renueva. Y desde el Congreso Judío Latinoamericano volvimos -un año más- a apostar por seguir construyendo juntos distintos espacios de convivencia y apertura con nuestros hermanos cristianos y musulmanes, más allá de la violencia que aún sigue lastimando a nuestro planeta. Cada nueva jornada, como cada nuevo año, puede tornarse en una certera invitación para mejorar nuestra albañilería, cuidando a nuestros prójimos.
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No dejemos que nadie se caiga. !Shana tova umetuka! Por un año bueno y dulce.
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