
Marc Blaug resalta la relevancia que tuvo la obra de Isaac Newton, “Philosophiae Naturalis Principia Mathematica” (publicada en 1687, más conocida como la descripción de la ‘mecánica celeste’ y precedida de los aportes de Johannes Kepler), en la analogía metafórica y el hallazgo comunicacional de Adam Smith con la expresión de la ‘mano invisible’.
De hecho, Smith, en su ensayo denominado “Historia de la Astronomía”, que figura en su colección “Escritos Filosóficos”, expresa una gran admiración por el enfoque científico newtoniano.
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Esta mano invisible teóricamente opera como un campo de fuerza entre los individuos, no movidos por la benevolencia o la bondad sino por sus intereses individuales. Todo ello en un marco jurídico liberal y de lo considerado como útil, práctico y posible para prosperar y enriquecerse.
Este enfoque formal de la corriente principal de la economía ha prevalecido sobre el sustantivo propuesto por Karl Polanyi, basado en que la economía está para satisfacer necesidades y no para enriquecerse individualmente.
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A partir de allí, y hasta nuestros días, es visto como “poco serio” o producto de una perspectiva de economía normativa, la inclusión de valores en lo que se denomina “economía”. Los que lo hicieron fueron corrientes posteriores que tuvieron que agregar términos como social (en particular cooperativa), ecológica, del procomún, del bien común, de comunión y similares, diferenciándola así de la ciencia económica y sus derivaciones macro y macroeconómicas.
Si bien los seres humanos muchas veces tenemos respuestas “mecánicas”, repetitivas y rutinarias, no somos robots y tenemos también la capacidad y la posibilidad de sublimar, de ser empáticos, de valorar y admirar la belleza así como la dimensión espiritual.
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Algo más que intereses materiales
Entonces, la economía puede no ser solamente la satisfacción de nuestros intereses materiales o de nuestras pulsiones primarias (los “animals spirits”), sino que ella está imbricada en culturas más complejas donde coexisten identidades con distintas actitudes, comportamientos y valores.
Aquí viene algo bastante inusual como es la posibilidad de incluir “el amor” en lo económico. Sabemos que la acepción común de este término se refiere a un tipo de vínculo de pareja o con hijos, pero no mucho más. Sin embargo autores como Eric Fromm, en su obra El Arte de Amar, incluye el amor entre próximos o con el prójimo, que también está presente en tradiciones religiosas como el cristianismo (por ejemplo en la parábola del buen samaritano). Entonces ¿será posible incluirlo en el campo de la economía?
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Se pueden destacar tres instancias:
- En las empresas familiares que han logrado articular con éxito los afectos (como el amor) con las distintas capacidades, roles, vocaciones de sus miembros y la sostenibilidad económica. Si esto no se logra, se producen fracturas, divisiones y rencores que incluso dañan los lazos familiares originarios. También se podrí incluir en esta instancia a las sociedades que se auto perciben como “familias”. Estas son, en general, pequeñas o medianas firmas, donde hay prácticas orientadas a generar este tipo de vínculos.
- El trabajo del economista inglés Kenneth Boulding, (1910-1993), con una sólida formación ortodoxa, pero profundamente influenciado, tanto él como su esposa Elise, por su pertenencia a la Sociedad Religiosa de los Amigos, más conocidos como cuáqueros. Boulding, quien se graduó en la Universidad de Oxford y se naturalizó estadounidense en 1948, llegó a presidir tanto la American Economic Association como la American Association for the Advancement of Sciences. En 1973 publicó su obra “The Economy of Love and Fear: A Preface to Grants Economics”, donde aborda la cuestión del amor desde una perspectiva económica, lo que le valió el rechazo y la marginación por parte de sus colegas más ortodoxos.
- El proyecto Sekem, en Egipto. El nombre proviene del jeroglífico que significa “vitalidad” y representa la visión de sus fundadores, Ibrahim Abouleish y su esposa Gudrun, de crear una comunidad sostenible en el desierto. En 70 hectáreas, a 60 kilómetros al noreste del Cairo, implementaron principios biodinámicos para integrar de manera armónica la cultura, la economía, la sociedad y la ecología.

Sekem Holding, el corazón de este proyecto, es una empresa social sostenible que cultiva, procesa y comercializa productos agrícolas conforme a principios biodinámicos (organic+) y de comercio justo. Actualmente, abarca diversas empresas que producen alimentos orgánicos, textiles y ropa de algodón orgánico, así como medicamentos a base de plantas.
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Se trata de un modelo de desarrollo sostenible que demuestra cómo es posible combinar rentabilidad económica con respeto al medio ambiente y bienestar social, y define su “Economía del Amor” como un estándar de certificación que garantiza la sostenibilidad, ética y transparencia en toda la cadena de suministro de sus productos.
Mediante un sistema económico transparente, Sekem busca empoderar a consumidores y productores, protegiendo la naturaleza y asegurando condiciones laborales justas para todos los involucrados. Esta iniciativa va más allá de una certificación; es una comunidad de empresas, agricultores y consumidores comprometidos con construir una economía basada en el respeto y la compasión hacia las personas y el planeta.
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El diario El País de España destacó en la última semana la relevancia de la “Economía del Amor” en el contexto del cambio climático. Allí menciona que Naglaa Ahmed, directora ejecutiva de proyectos en Sekem, ha dedicado 13 años a capacitar a pequeños agricultores egipcios, mostrándoles cómo transformar sus prácticas agrícolas para adaptarse al cambio climático, mejorar sus ingresos y preservar el ecosistema. Este enfoque, que va más allá de la simple producción, demuestra cómo la agricultura sostenible puede ser una herramienta poderosa para enfrentar los desafíos del cambio climático y mejorar la calidad de vida de las comunidades rurales.
Se podría afirmar que -de algún modo- es una forma evolucionada de responsabilidad social empresaria, articulada con la economía ecológica, del procomún, lo cooperativo y con experiencias similares provenientes de corrientes del cristianismo (como es el caso de la economía de comunión), con las que tiene “parecidos de familia”.
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Sin caer en el “angelismo moral”, en idealismos utópicos o en la desvalorización de la eficiencia y sustentabilidad económica, se podrá afirmar, con razón y escepticismo, que esto es “marginal”, que “no mueve el amperímetro” dentro del sistema económico mundial… y otras expresiones similares.
De todos modos, no se puede negar que es una evidencia que se puede concretar cuando hay una cultura y una decisión por tratar de construir un mundo mejor y sustentable en lo ambiental.
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Economista. Miembro del Club Político Argentino
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