
Conocí personalmente al General Juan Domingo Perón cuando regresó a nuestra patria luego de un destierro de 18 años, el 17 de noviembre 1972. Preparando su vuelta definitiva para morir en su tierra y trabajar por la unión nacional. Yo era un cronista joven que cubrí muchos acontecimientos que lo tuvieron como protagonista.
El primer retorno con una épica inolvidable, pese al cerco represivo que impidió el acercamiento al aeropuerto de Ezeiza, eternizadas en imágenes de jóvenes y mayores cruzando el río Matanza a pie; muchos, con sus hijos a hombros de sus padres. El regreso definitivo, el 20 de junio de 1973, impidió ese encuentro entre el líder y la imponente manifestación de bienvenida por enfrentamientos sangrientos de minorías de izquierda y derecha peronista.
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Las vivencias, pensamiento y emociones fueron formando mi apego por él por varios motivos. Cómo perduraba “vivo” en la memoria de gran parte del pueblo, en tiempos que las sociedades no estaban tan mediatizas por las nuevas tecnologías. Presencias desde los más humildes hasta sectores medios y, también, los que solo lo conocían por tradición oral o familiar. Clases medias, típicas de la movilidad social que distinguía nuestro país, y se habían distanciado por algunos rasgos autoritarios durante sus primeros gobiernos de los 40 y 50.
Pero a pesar del tiempo transcurrido durante 18 años de exilio, forzado a diez mil kilómetros de distancia, muchos seguían esperando su regreso junto con otros militantes que fueron constituyendo la resistencia ni bien lo habían derrocado en 1955.
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Hoy ansiaría encontrarme con Perón conversando en el jardín de su casa en la calle Gaspar Campos 2065 de Vicente López, como hace 51 años, poco antes de asumir por tercera vez la presidencia. Aquella vez le pregunté por el derrocamiento de Salvador Allende ocurrido días antes. Describió y redondeó coloquialmente: “M’hijo, en política nunca dé un paso un paso más largo que el largo de sus piernas”. Su personalidad de político pedagogo.
En estos cincuentas años siempre recordé aquél intercambio. Y si pudiese, claro, hoy le preguntaría “General, cómo percibe hoy a nuestro país”. No puedo saber qué contestaría. Cuando un conductor muere, el espacio se llena de interpretaciones verosímiles y falsas. Justamente en una época donde la búsqueda de la verdad se justifica la “posverdad”. En otras palabras, vale decir cualquier cosa con rebusques propios de sofistas.
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El peronismo tuvo su nacimiento, apogeo y final abierto: su continuidad o desaparición. Creo que, no obstante, algunas de sus ideas todavía siguen vigentes. Mejor diría principios para una sociedad justa y moderna. Aunque hoy, y esto podría haber sido una respuesta del viejo general. Mutar el sectarismo por el lema de que “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”. La necesidad de diseñar y profundizar un proyecto nacional integrador. En el marco del republicanismo y democracia que se impuso desde 1983. Con crisis recurrentes que fueron superadas parcialmente mediante las instituciones durante los últimos 41 años.
Están líneas aspiran a ser más que una recordación litúrgica. Solo un disparador, en estos tiempos de confusión y desconcierto para gran parte de nuestra sociedad, para volver a la reflexión y alejarnos del pensamiento y acción política tan banales que muchas veces nos asombra. Perón solía decir “que gobernar un país no es difícil, sí gobernar el caos”.
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Su emergencia se contextualiza en el gran cambio de la transformación desde el cenit de la industrialización y los trabajadores a la sociedad de masas, la industria del entretenimiento y la última etapa del economicismo desbordando lo político. Y más cercana, el capitalismo financiero y los deslumbrantes avances de la tecnología. Mas complejidades en las sociedades, cambio de cultura, hábitos y comportamientos, arañando la anomia (desconocimiento de Ley).

Ahora, en nuestro país, con el aumento de la desigualdad social y la pobreza e indigencia para casi la mitad de nuestros compatriotas. Punto de la explotación que exige seguir prestándole atención a las democracias sociales.
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En su tiempo, el peronismo absorbió esos cambios y tomó muchas medidas institucionales para reequilibrar la sociedad. Una meta que, en nuestro caso, empezó a naufragar con el golpe que derrocó a Perón en el 55. Y lo hace definitivamente con el ascenso del economicismo, con la servidumbre que va imponiendo el llamado “neoliberalismo” y sus experimentos en la década de los 70 y el 80 que comienza con el experimento, justamente, en Chile con la escuela económica de los Chicago Boys. Sin embargo, hoy, para algunos hablar de justicia social es un anatema.
Más allá de aquéllos que afirman que la historia no ilumina nuestro presente, la mirada sobre el pasado, la apertura a resignificaciones puede ayudarnos a comprender, en parte, por qué no estamos donde esperábamos. En un tiempo de mucho narcisismo extendido en diversos ámbitos predomina la falta de cooperación, fraternidad, el abuso y el desconocimiento del otro diferente. Entonces, sin respeto mutuo, la moneda impactante del escándalo buscando una visibilidad engañosa nos lleva más al insulto, la falta de confianza, la falta de interés o conversación sobre los asuntos y conciencia de los problemas.
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Perón fue construyendo un sentir y pensamiento nacional con cierta autonomía. Su meta constante fue el poder y desde un principio, aunque muchas veces con errores, buscar la unión nacional. Esas conversaciones con políticos, entre ellos las conversaciones y la despedida ejemplar de amigo que le ofrendó su antiguo opositor Ricardo Balbín.
Perón aconsejaba un “trasvasamiento generacional” que más allá de edades construyeran y vitalizaran sus experiencias comunes, de buena fe. La interrupciones institucionales y más reciente cierto uso de las nuevas tecnologías son un filtro para que fluya esa herencia de la comunidad organizada.
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Pienso que las ideologías políticas pretenden apropiarse de la Verdad y son, por lo tanto, fuente de negación de los que no comparten la misma creencia. En democracias las distintas visiones políticas y espirituales deberían operar como distintas visiones que permitan darse cuenta de distintas clases de errores en la realización de un proyecto común; pero cuando las distintas visiones políticas y espirituales se hegemonizan en ideologías, pasan a ser un riesgo para la convivencia social. Más bien dicho, siempre son espacios patológicos (lo afirma la neurobiología).
Vivimos tiempos difíciles y decisivos para el futuro de la Nación. Afrontarlos con respeto mutuo, confianza, conversación para mejorar la democracia y representaciones legítimas. No conglomerados de oportunistas, corruptos, propensos a saltar con la garrocha para donde sea con tal de que puedan perpetuarse más en la ganancia personal que en la lucha por una sociedad que ame la verdad. Que confiemos más en nosotros y no creer en cierta magia de la inteligencia artificial.
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Los fanatismos y sectarismo impiden la conversación y entonces estamos en una lucha eterna que nunca generan conversaciones, ni oportunidades de pensar algo nuevo. Una montura, parafraseando al General, que nos ayuden a cabalgar nuestra realidad.
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