
El 25 de septiembre del 2015 fue aprobada, por unanimidad de los miembros de la Asamblea General de las Naciones unidas, la “Agenda 2023″. Habían pasado varios años de consultas para encontrar los denominadores comunes aceptables para dotar al siglo entrante de un listado de Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS) que fueran una “guía” común no conflictiva y superadora de muchas iniquidades que el mundo presentaba para ese entonces.
Los 17 ODS identificados fueron:
- Fin de la pobreza.
- Hambre cero.
- Salud y bienestar.
- Educación de calidad.
- Igualdad de género.
- Agua limpia y saneamiento.
- Energía asequible y no contaminante.
- Trabajo decente y crecimiento económico.
- Industria, innovación e infraestructura.
- Reducción de las desigualdades.
- Ciudades y comunidades sostenibles.
- Producción y consumo responsables.
- Acción por el clima.
- Vida submarina.
- Vida de ecosistemas terrestres.
- Paz, justicia e instituciones sólidas.
- Alianzas para lograr los objetivos.
Se especificaba que “esta Agenda implica un compromiso común y universal, no obstante, puesto que cada país enfrenta retos específicos en su búsqueda del desarrollo sostenible, los estados tienen soberanía plena sobre su riqueza, recursos y actividad económica, y cada uno fijará sus propias metas nacionales, apegándose a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)…”.
Finalmente, sintetiza: “Estamos resueltos a poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí a 2030, a combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, a proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres, y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales”.
¿Quién puede estar en contra de estos objetivos de profunda sensibilidad humana, que no implican ningún renunciamiento a las capacidades y prioridades que cada país decidiera implementar?
Tampoco prejuzga sobre ninguna ideología o preferencia política, y deja que fluyan espontáneamente los equilibrios geopolíticos que la Comunidad Internacional ya venía construyendo, enfrentando grandes complejidades.
Rechazar esta Agenda es sumergirnos en la prehistoria de la “Ley de la Selva” o las continuas guerras para establecer hegemonías de unos sobre los otros.
Es casi un sueño, de muy difícil implementación, pero que pretende sumariar los mejores deseos de paz, prosperidad y justicia para todo el género humano.
Insisto, no puedo creer que alguien pueda negar o repudiar estas expresiones de superación de los peores errores y vicios que tanto daño han producido durante siglos de evolución humana y los residuos del mal que siguen aquejándonos.
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