
Hay un mundo que debate ¿por qué mucha gente tiene hambre? y en ese mundo, hay un gobierno que atesora en depósitos cinco mil toneladas de alimentos y no los distribuye en virtud de su concepción ideológica sobre que la gente “sabe qué hacer para no morirse de hambre”.
Permítanme contar que hay otro mundo distinto. Discutiendo un escenario distópico, pero cercano y certero. En el cual los problemas merecen más atención que algún “principio de revelación”.
Uno donde según explica, desde hace casi diez años, el pensador Yuval Harari, estamos en condiciones de hackear cerebros humanos. “Quien posea conocimientos de biología, dominio computacional y poder sobre datos, puede fácilmente hackear cerebros humanos” dice el historiador israelí. Y sepamos, que esas tres condiciones, hace rato existen en el mundo.
En ese mundo, se mueven también los estudios sobre la “guerra cognitiva”, mayormente a cargo de la OTAN, aunque también en manos de países y empresas privadas.
Esa guerra es una batalla en el cerebro por el dominio humano. Todo individuo se convierte en arma. Es una forma bélica híbrida que combina batallas económicas, cibernéticas, informativas y psicológicas. “Piratear al individuo, explotando las vulnerabilidades de su cerebro para implementar desde allí una nueva ingeniería social” dicen expertos en el tema.
Y esto lo ligamos con lo dicho por el ensayista norteamericano Howard Rheingold quien ya en los años 90 creó el término “comunidad virtual” y auguraba que las tecnologías tendrían roles externos a su propia función. Unamos tecnología, cerebro y guerra cognitiva y tenemos un tema.
En ese mundo, más real y peligroso vemos que aparecen valoraciones sobre la guerra, llamada cognitiva, que supera lo tradicional en el plano militar de prácticas bélicas en el terreno de lo aéreo, terrestre, marítimo, espacial y cibernético y suman el sexto nivel que es la guerra por el dominio humano.
Es muy probable que este siglo que transitamos muestre que las mentes humanas son el campo de batalla elegido como forma potencial de dominio.
Un estudio de la OTAN, dirigido por François du Cluzel, un ex oficial militar francés dice sin titubeos que el “objetivo de la guerra cognitiva es dañar a las sociedades y no solo a las FFAA”.
Este nuevo tipo de guerra es un concepto original que tiene comienzo desde las nuevas tecnologías, se sostiene en las esferas de la información, continua en la hiperconectividad, impera en la certeza de que cada persona tiene un teléfono móvil dotado computacionalmente y obviamente que este escenario supera cuestiones de Estado y pasa, en virtud de la realidad comercial de las telecomunicaciones, por las grandes corporaciones de tecnología y cierto contexto de vigilancia masiva en función de los Big Data.
Trato de explicitar este tema, sin caer en visiones conspirativas, las cuales rechazo, y sin introducir sustos y miedos, pero describiendo en la forma más calma y objetiva posible, este escenario que ya existe en el mundo (mientras nosotros estamos analógicamente en la falta de gas, el hambre, la crueldad de gobernantes y al desamparo de millones de compatriotas).
La mente es un espacio en disputa. Un campo de batalla donde pueden alojarse disonancias, radicalizaciones políticas, narrativas conflictivas, polarizaciones y puede motivar a las personas a funcionar en contra de sus propios entornos sociales y fragmentar las sociedades en que viven.
Insisto, esto no es ciencia ficción. Hay un departamento especial de la OTAN trabajando para ello.
A lo que conocemos de las guerras, en sus fases física y de información o inteligencia hoy se agrega una nueva dimensión que es la cognitiva.
El teniente coronel Du Cluzel dice que “desarrollar ventajas para dañar las capacidades cognitivas de los oponentes, será una necesidad en estas nuevas guerras”.
Estos conflictos, no tienen territorio físico, fronteras geográficas ni límites en el tiempo. Son globales, están en Internet y duran las 24 horas de los siete de la semana. No hay tratados de paz ni rendición. El campo de disputa está en instrumentos como las computadoras, Smartphone, el conocimiento cuántico, la interfaz hombre/máquina y posibles nuevas armas neuronales.
La desterritorialización hace visible nuestra necesidad de contar con las órbitas satelitales 72 y 81 y la presencia del Estado en el manejo de la política satelital.
Al estilo gramsciano, el general de EEUU Robert H. Scales manifiesta que “la victoria no se define en capturar terreno geográfico sino psicocultural”. Está hablando de poseer y dominar a las identidades tanto individuales como las colectivas en forma de cultura de una Nación.
El adelanto que existe hoy en nanotecnología, ciencias cognitivas y biotecnología aplicados a la Inteligencia Artificial, los Big Data y la “adicción” digital, compone el panorama social y cultural de gran parte de la población mundial.
En función de esas herramientas pesa más la influencia (¿influencer, les suena?) que las armas.
Como bien dice Marie-Pierre Raymond una militar canadiense experta en guerra cognitiva “ya pasaron los tiempos de librar guerras para ocupar más tierras, ahora se trata de cambiar la ideología del enemigo, y eso convierte al cerebro en el centro de gravedad de las batallas y al ser humano en el dominio en disputa”
Defendernos de este tipo de ataques cognitivos, también es luchar por la justicia social. Y el peronismo que fue moderno en otros tiempos, tiene que plantear nuevos temas. Somos Neo en Matrix. Decidamos si tomamos la pastilla azul o la roja.
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