Hace diez años, el 10 de mayo de 2014, murió en Buenos Aires Carmen Argibay, mujer de profundas e inclaudicables convicciones democráticas que honró a la judicatura argentina y a la patria toda.
Mujer que supo imponer su estilo y pensamiento crítico. De pocas palabras e ideas claras, las trasmitió con valentía y sin ambigüedades, aún a riesgo de perder su libertad. Sus palabras no tenían grises ni matices. Era directa y sencilla en su andar y su decir.
Más que una jurista, fue una humanista. Dedicó su vida a mejorar la vida de los demás a través de múltiples y variadas acciones que llevó a cabo en silencio, con humildad, reserva, empatía y generosidad. Su figura es un ejemplo a seguir.
Enarboló la bandera de los derechos humanos de las mujeres que llevó con orgullo y convicción hasta los últimos días. Esclava de la ley, no hacía interpretaciones académicas ni dogmáticas de la misma, sólo usaba el sentido común y la experiencia. Sus votos en diferentes causas son un faro que nos ilumina cuando pensamos en lo que es y significa para la ciudadanía la independencia judicial.
Reconocida y respetada internacionalmente, integró como jueza ad litem el Tribunal de Tokio, que se formó en el año 2000 y tenía como objetivo escuchar los relatos de las mujeres ancianas que habían sido violadas y sometidas a esclavitud sexual por las fuerzas armadas de Japón durante la Segunda Guerra Mundial, y necesitaban una reparación que llegó con la sentencia dictada en diciembre de 2001 en La Haya.
El Tribunal de Tokio fue uno de los primeros Tribunales Internacionales integrado totalmente por mujeres que supieron escuchar a otras mujeres y comprender las situaciones traumáticas vividas por ellas. Carmen estuvo allí, y esta experiencia dejó profundas y dolorosas huellas en su alma.
En junio de 2001 fue nombrada por la Asamblea General de las Naciones Unidas como jueza ad litem en el Tribunal Internacional para juzgar crímenes de guerra en la ex Yugoslavia. Una vez finalizado este juicio, el 3 de febrero de 2005, asumió como ministra de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y allí estuvo presente la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina de la que había sido fundadora y primera presidenta.
Recibió varios premios por su actividad en favor de los derechos humanos, y uno de esos premios fue el otorgado por la Fundación Gruber en 2008, que destacó su valentía en el ejercicio de la función. La importante suma de dinero que recibió fue destinada a tres asociaciones. Una de ellas fue la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina, para la que compró y donó el inmueble donde hoy tiene su sede en un lugar histórico de Buenos Aires, frente a la llamada Manzana de las Luces.
Ella es una más de esas luces que alumbra el camino para una judicatura independiente, incorruptible, eficaz, eficiente, cercana a la gente. Una judicatura inclusiva, igualitaria, transversal, transparente, abierta y federal.
Convencida feminista, en el año 2009 creó la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, única en su tipo en el mundo entero, para capacitar en género a magistrados, funcionarios y empleados. Recuerdo que siempre decía “no vamos a ver los resultados, pero tenemos que empezar”. Ese modelo ha sido replicado en diferentes provincias argentinas, que de manera progresiva han ido cambiado la doctrina y jurisprudencia de sus tribunales.
Su muerte, me sorprendió en el aeropuerto de Nairobi, Kenia. Había participado de la Conferencia Bienal de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas realizada en Arusha, Tanzania, lugar al que ella no pudo viajar por su estado de salud.
No llegué a contarle que había sido elegida presidenta de esa asociación, de la cual ella había sido socia cofundadora en 1989 junto a otras 50 juezas del mundo, y que la había presidido entre 1998 y 2000.
Tampoco pude estar presente en la capilla ardiente que se levantó en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. El viaje fue muy largo, pero ni bien llegué a Ezeiza fui directo al cementerio de Pilar, antes de que sus restos fueran cremados. Era mediodía y, sola frente al ataúd, que estaba debajo de un gran y brillante crucifijo de bronce, recordé lo que me había dicho una vez: “Susana, yo no creo. Pero vos que creés, rezá por mí”.
*La autora de esta columna es presidenta de la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina
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