
En el principio de la humanidad, los seres humanos cazábamos, recolectábamos y para sobrevivir, estábamos en constante movimiento. Era una época de actividad física constante, que no solo nos mantenía en forma física (siempre que encontráramos qué comer), sino que también aseguraba la supervivencia de nuestra especie. Sin embargo, con llegada de la agricultura y definitivamente con la Revolución Industrial en el siglo XVIII, comenzamos un viaje que gradualmente nos alejaría de ese estado físico óptimo y nos fue acercando a máquinas que nos liberaron (o condenaron) a una vida de menos movimiento, más silla de oficina y sofá con tele al frente.
Cuando pudimos cosechar en vez de tener que buscar alimento, transformamos cómo vivimos de una manera radical. Sumémosle que la migración masiva a las ciudades para trabajar en fábricas significó también una disminución en la actividad física diaria. En las ciudades ya no sembramos, ya no cosechamos: vamos al supermercado.
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Esto marcó el comienzo de lo que podríamos llamar la “era del sedentarismo”, donde nuestras mayores hazañas físicas son levantar un pack de agua o de cerveza. Y así fue que las consecuencias de esta transición no se hicieron esperar y aumentaron las enfermedades relacionadas con el estilo de vida, como la obesidad y la diabetes tipo 2.
Pero donde hay una necesidad, hay un negocio. Y el siglo XX vio el nacimiento y la proliferación de la industria del fitness: gimnasios, programas de ejercicios y dietas prometían contrarrestar los efectos de un estilo de vida sedentario transformándonos, paradójicamente, en el ser humano en forma física que supimos ser unos milenos atrás.
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Curiosamente, lo que una vez fue una necesidad para la supervivencia, ahora se había convertido en una mercancía que se vendía bajo la premisa de alcanzar el ideal de un cuerpo saludable y estéticamente adecuado a diferentes gustos sociales en cada momento.
Este fenómeno reflejaba una ironía de la modernidad: la tecnología nos había liberado del trabajo físico, pero ahora buscábamos artificialmente esa actividad física en entornos controlados y pagos.
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Como ya no sembramos ni cosechamos, para movernos pagamos la cuota del gimnasio anual aunque vayamos solo 2 meses. En resumen, nos movíamos para comer y ahora pagamos para movernos inclusive a causa de lo que comemos.
Ahora, en el siglo XXI, nos enfrentamos a un nuevo paradigma con el surgimiento de la inteligencia artificial y la automatización. Estas tecnologías amenazan con hacer obsoletas, ya no nuestras habilidades físicas, sino también muchas de las mentales. La pregunta que surge es: ¿Cómo mantenemos nuestra mente activa y saludable en una era en donde las máquinas pueden, en un porcentaje, pensar y aprender por nosotros?
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¿Será que necesitaremos de “gimnasios cerebrales” para mantener en forma nuestras mentes? ¿Deberíamos crear espacios donde las personas puedan ejercitar sus capacidades cognitivas y creativas en un mundo cada vez más automatizado? Éstos podrían incluir talleres de resolución de problemas, cursos de creatividad, y programas de entrenamiento en habilidades críticas que la IA aún no puede replicar.
Al igual que con el fitness físico, el objetivo sería mantener la mente flexible, aguda y preparada para enfrentar desafíos complejos. En última instancia, el desafío de nuestro tiempo será encontrar el equilibrio entre mantenernos física y mentalmente activos en un mundo donde la tecnología promete (o amenaza) cuidar de ambas necesidades.
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La clave podría estar en adoptar un enfoque holístico para el bienestar, uno que reconozca la importancia de estimular tanto el cuerpo como la mente. A medida que avanzamos hacia el futuro, quizás descubramos que la verdadera salud no se trata solo de correr más rápido o levantar más peso, sino también de pensar mejor.
Lo terrible sería que en el futuro pagásemos la cuota anual de un “gimnasio cerebral”, fuéramos solo dos meses y con el tiempo, nos convirtiéramos en idiotas. El único consuelo sería que, tal vez, como buenos idiotas, no nos daríamos cuenta.
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