
La expresión “Carpe Diem” (en latín, “gozar el momento”) fue inventada por el poeta romano Horacio en el año 65 a.C. Es utilizada en referencia a la finitud del tiempo y la posibilidad de gozar de una situación en el momento que ella se presenta, más allá de su permanencia en el tiempo. Quizá eso sea lo que nos esté pasando, después de 20 años de la larga pesadilla kirchnerista.
Claro que también nos pasó en octubre de 2015, cuando Mauricio Macri fue electo presidente. Allí creímos que una “nueva era” de cambios ocurriría y que una renovada generación de políticos produciría las postergadas transformaciones que Argentina requería. Pero ese interludio no pudo cumplir sus objetivos.
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No podemos olvidar que, en octubre de 1989, accedió a la Presidencia Carlos Menem, quien abjuró de los viejos principios nacionalistas y proteccionistas del peronismo para zambullirse en las aguas del liberalismo, la apertura y las privatizaciones. La crisis de 2001 se llevó puesta gran parte de los avances producidos. No es casual que Javier Milei, electo este 19 de noviembre, reivindique como “mejor” presidente de la Historia Argentina a Carlos Menem, como “mejor” economista a Domingo Cavallo -ejecutor de las reformas impulsadas por Menem entre 1991 y 1996- y al propio Macri, como líder del PRO.

Argentina ha recorrido un largo y pendular camino entre periodos nacionalistas y otros liberales, con picos de crecimiento y profundos valles de depresión. En los últimos 50 años, como producto de estos altos y bajos, hemos obtenido, como triste resultado, un estancamiento de nuestro PIB y un retroceso de nuestro nivel de vida y peso relativo en la región sudamericana.
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En 1970, Argentina representaba el 36 por ciento del PIB total sudamericano y Brasil, el 24 %. En la actualidad, Argentina es el 15 % y Brasil, el 52 %. La pobreza aumentó del 3 % en 1970 al 50 % en 2023. Pese a todo, Argentina pudo, en estos 50 años, cumplir un rol central en la preservación de la Antártida, superar las hipótesis de guerra con Chile y Brasil, desarrollar un complejo agroindustrial de extraordinaria eficiencia y avanzar en la explotación de sus ricos recursos energéticos y minerales, así como los ícticos. Han sido las marchas y las contramarchas —la falta de continuidad— el elemento que no nos ha permitido consolidar ni optimizar los importantes logros alcanzados.
La etapa que ahora iniciamos tiene a la libertad como su bandera rectora. Bienvenida sea. Pero el mundo está atravesando profundas convulsiones que requieren un liderazgo que solo la conducción del Estado puede garantizar.
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Las tensiones entre China y Estados Unidos, las guerras en Ucrania y Medio Oriente, los populismos que vuelven a aparecer en todos los continentes, el calentamiento global y la lucha universal contra la pobreza y el narcotráfico, son ejes que requieren una coordinación geopolítica creciente.
Para generar las condiciones de crecimiento —con sus pilares de ahorro-inversión, créditos y turismo—, la iniciativa privada tiene un rol central, pero el liderazgo estatal es imprescindible en el desarrollo de los vínculos con la región y el mundo.
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Que el árbol no nos tape el bosque, que el Carpe Diem de un momento no nos impida ver y protagonizar toda la película que tenemos por delante.
* Diego Guelar es ex embajador argentino en EE. UU., la Unión Europea, China y Brasil.
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