
Un 29 de agosto de 1810 nacía en Tucumán Juan Bautista Alberdi, uno de los pensadores fundacionales de nuestro país. Comparte ese sitial con Domingo F. Sarmiento, Esteban Echeverría, Nicolás Avellaneda, Carlos Pellegrini, Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca, entre otros, que fueron los arquitectos y constructores de esa Argentina moderna, potente y referente a nivel mundial. Por eso hoy resulta necesario más que nunca revalorizar su figura y su ideario, ya que sus palabras cobran mayor relevancia a través del tiempo y nos deben invitar a repensar el futuro.
Durante las últimas décadas, gobierno tras gobierno, la lenta y constante decadencia de nuestro país encuentra tal vez su origen en propuestas políticas que contradicen el ideario alberdiano. Se intenta imponer un sistema de gobierno en donde uno de lo poderes tiene la “necesidad” de imponerse sobre los dos restantes, abandonando así la sabia visión del ilustre tucumano sobre el obligatorio requisito de contrapesos entre los tres poderes para garantizar así la libertad del ciudadano, por cuanto “la omnipotencia de los poderes hace desaparecer su división e independencia recíproca, y con ella la esencia del gobierno representativo”.
Juan Bautista Alberdi sostenía que era fundamental en la construcción política preservar el orden, el poder y el gobierno, ya que “el Estado no es un gobierno oligárquico, de naturaleza parasitaria”, todo lo contrario, cumple un rol fundamental.
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Así en su Fragmento (1837) decía que “se sabe que el peor orden, es preferible, a toda revolución incompleta, porque el peor orden, da siempre lugar al desarrollo espontáneo y fatal de la civilización”, y en su debate con Domingo F. Sarmiento sostenía “lo que es raro en Sudamérica, lo que es precioso y digno de admiración y respeto entre nosotros, es el arte de poner en paz, el arte de tranquilizar, el arte de disponer la sociedad al respeto y sostén que es tan esencial a la libertad como el orden, y sin el cual la sociedad es una horda”.
Alberdi era un auténtico liberal, y sus ideas en nada se parecen a las sostenidas por Murray N. Rothbard, Robert Nozick o Hans Hermann Hoppe, representantes del “anarcocapitalismo”, con teorías que no han tenido consenso ni razonabilidad para ser aplicadas en ningún país del mundo en toda su historia.
En nuestro caso, esas ideas son totalmente contrarias a nuestro legado constitucional, porque en él se representa un espíritu humanista, en donde la Ley es fundamental para la construcción de la república y que “ser libres” no se conquista con fusiles o sables, sino que es una construcción, un camino, un recorrido que hace la sociedad en donde la libertad no se consigue con frases grandilocuentes o consignas altisonante y huecas, sino que únicamente es posible bajo el imperio de la Ley, el orden, el diálogo y el respeto por el otro.
La libertad es un valor esencial al ser humano, se relaciona con el poder porque éste último se conforma después y debe obrar básicamente como garante de su vigencia. Alberdi bien definía este pensamiento cuando decía que “la paz no viene sino por el camino de la Ley. La Constitución es el medio más poderoso de pacificación y orden interior”. Nos invitaba así a ser esclavos de la Ley y del orden, sino estaremos condenados como dijo Fray Mamerto Esquiú a que “los hombres se dignifican postrándose ante la ley, porque así se libran de arrodillarse ante los tiranos”.
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