
Argentina tiene una muy triste historia en materia monetaria. La inflación y la destrucción constante del poder adquisitivo y del ahorro tuvieron consecuencias devastadoras en la historia económica del país. Cuando se repasan las últimas décadas se entiende el desorden y la catástrofe monetaria que nos atraviesa: desde la creación del Banco Central de la República Argentina allá por el año 1935 la destrucción del valor de la moneda ha sido una constante durante prácticamente durante los 88 años de existencia de la institución monetaria.
El BCRA tuvo una primera víctima, el “Peso Moneda Nacional”: esta moneda ha tenido un período de cierta estabilidad que duró varias décadas –aún conserva el récord de ser aquella unidad monetaria que más ha sobrevivido al delirio argentino.
La misma dejó de existir en diciembre de 1969 cediendo su lugar al “Peso Ley” que hacía su debut habiéndole quitado los primeros dos ceros a su antecesora. El “Peso Ley” no correría la misma suerte que el “Peso Moneda Nacional”: tuvo una vigencia de 13 años –entre enero de 1970 y mayo de 1983– culminando en su reemplazo por el “Peso Argentino”. Esta flamante moneda le volvió a quitar ceros a la moneda, esta vez fueron cuatro. Además el “Peso Argentino” tiene en su haber dos tristes récords: fue la unidad monetaria con el billete de máxima denominación de toda la historia –el de 1.000.000 de “Pesos Argentinos”– y además fue el que menos vida tuvo: solo duró entre nosotros unos dos años sirviendo apenas de telonero del “Austral”, un nuevo signo monetario que también comenzaba su camino con quita de ceros: esta vez el recorte fue de tres. Tal vez pareció una eternidad, pero los “Australes” han sobrevivido por poco tiempo con muy triste desempeño atravesando dos hiperinflaciones. Hacia finales del año 1991 le cedió su lugar al “Peso Convertible”, no sin antes pasar nuevamente por la poda de ceros: esta vez fueron cuatro: 1 “Peso convertible” pasaba a ser el equivalente de 10.000 “Australes”.
Dos décadas logró subsistir el “Peso Convertible”, que tuvo su abrupto final un 6 de Enero del año 2002 cuando el mismo se transforma casi de manera imperceptible en una nueva moneda: el “Peso”, tal como lo conocemos hoy. Luego de algo más de 21 años la moneda ha perdido prácticamente todo su valor, acumulando una inflación cercana al 34.600% (algo así como un 31% promedio anual).
Esta breve historia de la moneda en Argentina marca dos puntos importantes (más allá de las estrictas cuestiones técnicas) de la dolarización: la gente rechaza la moneda local y la experiencia la ha hecho dolarizarse de hecho. Muchos de los bienes hoy se comercian en dólares: propiedades inmuebles y automotores son los casos más emblemáticos. Incluso uno de los puntos más importantes de la economía ya se encuentra dolarizado: los ahorros.
La dolarización tiene una ventaja muy relevante con respecto a un esquema de moneda propia (como hemos conocido hasta aquí) o a aquel sistema de convertibilidad de los años 90: dar marcha atrás sería una tarea compleja para la política. Incluso en países dolarizados tomados por gobiernos populistas les ha sido imposible salir del esquema de dolarización por una sencilla razón: la sociedad rechaza volver a una moneda inflacionaria, destructora del ahorro, enemiga de la inflación y por sobre todo, socia de la política.
El deseo de dolarizarse es la respuesta a una historia monetaria que se ha encargado de estafar a una sociedad que ya no quiere seguir perdiendo. La dolarización será, en tal caso, el último paso de un sinfín de reformas estructurales que necesita la Argentina para salir de su crónica decadencia. Todo lo que implique un paso hacia el ahorro, la inversión y la estabilidad será también un paso hacia el futuro. Ya estamos dolarizados, solo falta terminar de sincerarlo. La sociedad ya ha elegido: el “Peso” tal como lo conocemos tiene firmada su sentencia de muerte.
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