
Hay que ubicarse en aquella Argentina de agosto de 1974, aún dolida por la muerte de su líder por un corazón partido, a causa de la guerra fratricida entre minorías de su pueblo que, en plena democracia, comenzaron con los asesinatos y desapariciones no solo entre ellos, sino a sindicalistas, empresarios, intelectuales, militares y sus familias; lo que llevó al general Juan Domingo Perón a decir que los responsables debían ser “exterminados uno a uno”.
Emociona pensar en ese mayor Argentino Larrabure, de 42 años, recientemente llegado de Brasil luego de su perfeccionamiento como ingeniero químico, luego de rechazar un importante ofrecimiento laboral, “porque debía devolver lo que la Nación invirtió en su formación”.
Y ubicarnos en esa madrugada del 11 de agosto de 1974, cuando fue secuestrado, en el intento de copamiento de una fábrica militar por parte del ERP, a instancia de la traición de un soldado, que no dudó en atacar a sus compañeros, también soldados conscriptos, uno de los cuales, Jorge Fernández, quedó discapacitado de por vida y teniendo que enfrentarse, décadas después, a las autoridades de Oliva (Córdoba) que pretendían rendir homenaje al traidor.
A partir de esa noche, cada día hasta su asesinato el 19 de agosto de 1975 fue de suplicio y tortura para el Siervo de Dios, subsistiendo solo por su fe, con asma, en el encierro de un pozo sin luz y apenas ventilado por tubos, donde perdió 48 kilos. Llegó a pedir a Dios “morir como un quebracho”.
Ese trato inhumano en lo físico fue acompañado por uno más cruel, el de la tentación de cambiar la libertad por las fórmulas y procedimientos para producir explosivos. Para Argentino del Valle su libertad no valía la vida de sus prójimos.
Imaginarse “esa vida sin querer vivirse” que Dios le permitió transitar, con su mente, su alma y su espíritu tensionados entre las torturas físicas y psíquicas y la consigna del gobierno constitucional de “exterminar uno a uno” a los terroristas, para comprender en su verdadera dimensión sus mensajes:
- “Al Ejército Argentino para que fiel a su tradición mantenga enhiesto y orgulloso los colores patrios”.
- “A mis hijos, para que sepan perdonar”.
- “A mi tierra Argentina, ubérrima y acogedora, escenario infausto de luchas fratricidas…, para que cobije mi cuerpo y me dé paz”.

- “Al pueblo argentino, dirigentes y dirigidos, para que la sangre inútilmente derramada los conmueva a la reflexión para dilucidar y determinar con claridad que somos hombres capaces de modelar nuestro destino, sin amparo de ideas y formas de vidas foráneas totalmente ajenas a la formación del hombre argentino”.
- “Mi intención no es el insulto ni formular personalismo. Más bien, me impulsa a escribir este cautiverio que me sume en las sombras, pero inundó de luz. Mi palabra es breve, sencilla y humilde; se trata de perdón y que mi invocación alcance con su perdón a quienes están sumidos en las sombras de ideas exóticas, foráneas, que alientan a la destrucción para construir un ‘mundo feliz’ sobre las ruinas…”
En nuestra Nación, triste, decadente, sin rumbo, aturdida, prisionera de costosos relatos y confrontaciones estériles que se sumerge día a día en un pozo tan opresivo y asfixiante como el sufrido en esos 372 días de cautiverio, surge luminoso, radiante y potente como el sol en el amanecer, este mensaje de virtudes y valores del siervo de Dios coronel Argentino del Valle Larrabure. Queremos ser Nación…. ¡Es posible!
Martín Márquez Miranda - Gabriel López - Ricardo J. Urresti - José Luis Figueroa
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