
La prioridad de Brasil se llama BRICS. Fue uno de los socios fundadores, las declaraciones de las Cumbres contemplan su histórico reclamo de incorporarse al Consejo de Seguridad, Dilma Rousseff preside el Nuevo Banco de Desarrollo con sede en Shanghai y los miembros comparten la misma posición en los foros internacionales sobre cambio climático y reclamos de financiación para el desarrollo sostenible.
El Presidente Lula que, según sus palabras, domina como manejarse en las reuniones con otros mandatarios, ya anunció su aprobación a la incorporación de nuevos miembros en la Cumbre que tendrá lugar en Johannesburgo los días 24 y 25 de este mes para consolidar su liderazgo internacional. Entre otro de los motivos por la preferencia del BRICS se cita el crecimiento de Asia como destino de sus exportaciones y la afluencia de empresas de China con nuevas inversiones.
En el nuevo esquema del reordenamiento del escenario mundial el MERCOSUR pareciera tener un significado menor a pesar de las reiteradas declaraciones, todas muy emotivas, sobre la necesidad de profundizar la integración económica y comercial.
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El mayor éxito de la última Cumbre fue celebrar la reunión del MERCOSUR SOCIAL que canalizó las energías militantes de las organizaciones sociales cuyos objetivos tienen poco de relación con el Tratado de Asunción. El Tratado contemplaba en su artículo 1 la creación de un mercado común para la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos y la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales. Los firmantes del Tratado estaban convencidos de que el mercado único favorecería la inserción internacional en un período de rápida expansión del comercio internacional.
Treinta años después el MERCOSUR está paralizado y ninguno de sus miembros pareciera interesado en hablar de eliminar las aduanas, las restricciones al comercio regional, homologar las certificaciones de los Estados parte y prohibir los subsidios federales y estaduales a las inversiones para desalentar la competencia desleal.
La inestabilidad macroeconómica o razones políticas sirvieron siempre como excusas para postergar las decisiones para implementar los compromisos asumidos en el Tratado constitutivo. Los gobiernos de todos los miembros mostraron siempre una gran permeabilidad a las demandas sectoriales por diversos motivos y, ante el cambio de coyuntura, ponen en duda los beneficios de avanzar para concretar el mercado único.

Mientras Brasil mira al BRICS como opción para su crecimiento, la Argentina formaliza un modelo de desarrollo en el sector agropecuario, explotación minera, energía e industria del conocimiento que no pasan por el MERCOSUR. El aprovisionamiento de energía a Brasil al igual que infraestructura, política automotriz o defensa son temas de la relación bilateral ajenos a las disposiciones del Tratado de Asunción.
Brasil exportó al MERCOSUR 23.241 millones que representan solo el 7% de sus exportaciones totales e importó 19.238 millones equivalentes al mismo porcentaje con un saldo favorable de 4003 millones. Las cifras de la Argentina son 24 y 18% respectivamente. Estas diferencias explican el desbalance, pero también el disímil acercamiento con relación a la importancia del MERCOSUR para uno y otro. En este contexto, es difícil prever que Brasil se incline a consensuar o ceder en sus políticas cuando sus intereses residen fuera de la región.
Nada permite augurar un cambio de Brasil con los otros miembros. El MERCOSUR viene discutiendo la necesidad de encontrar nuevos mercados para sus exportaciones y mejorar su competitividad para recibir inversiones no solo en el área de recursos naturales. El inmovilismo solo beneficia al más grande. El MERCOSUR requiere encontrar una nueva visión para evitar que su languidez termine implosionando lo que alguna vez fue la única iniciativa de integración válida en el continente.
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