
Albrecht Alt, fue un teólogo alemán nacido a finales del siglo XIX. Alt propone una división en dos categorías de las leyes de la Torá: las apodícticas y las casuísticas. Las primeras son leyes que encierran una verdad concluyente o que no dejan lugar a duda o discusión. Son irrefutables, absolutas. Las casuísticas, por el otro lado, son las leyes que abren el lugar a lo discutible. Son posibles, probables. Están planteadas desde una condición.
Absolutos o condicionales. Condicionales son los preceptos que aparecen en modo de advertencias, o los que prometen recompensas: “Si vas a escuchar mis mandamientos… sirviendo a Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, yo daré lluvia a la tierra en su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, tu vino y tu aceite” (Deut 11:13). Las absolutas son categóricas: “No robarás”, “No matarás” (Deut 5:17).
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Pero esta división que parece tan técnica en relación a las leyes en realidad nos atraviesa en cada campo de la vida. El problema que vivimos en lo cotidiano de los días es que creemos que mucho de lo que nos rodea es absoluto, cuando en realidad es sólo condicional.
Una pareja se casa y esa noche soñada se juran amor eterno, absoluto, incondicional. Sin embargo, pasan los años y descubren que aquellas promesas que parecían absolutas eran solo probables. Descubren que el amor exige tiempo, esfuerzo, trabajo, que lo que creían que sería para siempre exigía de paciencia, comprensión y sabiduría.
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Resulta que descubrimos tarde que muchas cosas que pensábamos que estarían siempre allí, resultaban efímeras. Que nuestras certezas no eran como pensábamos que serían. Nuestros hijos nacen y nos regalan la imagen de lo divino. Los vemos a los ojos y en su reflejo nos aseguramos la trascendencia. Y creemos que serán entonces todo lo que soñamos, lo que invertimos en ellos, que continuarán los valores, las ideas y las elecciones. Que el vínculo de amor será indestructible. Pero el tiempo pasa, y lo que dábamos por obvio, por seguro, era también parte del plano de los mundos de lo posible.
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Lo mismo sucede con el talento, con el estudio. Creemos que sabemos y de pronto somos parte de los que no sabemos nada. Damos por seguro que allí estarán los vínculos, las relaciones y las amistades. Pero como dice el poeta, perdemos una amistad por la inhabilidad de cruzar la calle a tocar el timbre. Los dábamos por absolutos y eran solo un tal vez. El paso de los años nos deja una única certeza: que todos eran regalos condicionales.
Y parte de nuestro dolor y la angustia que cargamos, proviene de los momentos en que atrapados en el dominio de los supuestos seguros, descubrimos cosas que creíamos ciertas, que siempre estarían allí, pero que no lo eran. Que ya no están.
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Vivimos la vida como si fuera absoluta, un derecho, obvia. Pero en realidad es efímera, pasajera, condicional. Mañana se habrá ido. Damos por obvio la mesa servida, el mate de las mañanas, la cama que abriga en la noche y el abrazo que te espera. Como la lluvia. Pensamos que obviamente va regar nuestros campos, pero de pronto la tierra se seca y recordamos tarde, que no aprovechamos el agua fresca mientras nos bañaba la cara.
Es por eso que quizá vivir más completos, vivir más enteros, más plenos, con más seguridad, con más paz, tenga que ver con aprender a vivir en un mundo sin absolutos. Sabiendo que es un mundo en el que las cosas llegan y mañana se van. Entonces, lejos de angustiarnos, ser más sabios y llenarnos de la responsabilidad de atesorar cada momento con las dos manos.
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Desde el cielo nos regalan regalos, con la condición de que sepamos que no van a ser para siempre. Pero si aprendemos a amar bien, si somos responsables desde el mérito, el cuidado y el esfuerzo, entonces, van a ser nuestras para siempre.
Damos por obvio, por derechos adquiridos, que el universo nos debe nuestra sola existencia. Hay quienes creen que el Estado debe darles y asegurarles todo. Otros creen que todo lo que necesiten vendrá sin dudas desde el cielo. Otros creen que sus hijos o sus padres estarán allí para darles todo lo que necesitan. Absolutos que son sólo condicionales. Pero todo es un tal vez. Y tal vez fui yo el que no hizo nada. Porque di todo por obvio. La condición esencial de la existencia es poner a trabajar nuestra alma para que lo que amamos perdure. Es sabernos indispensables a la hora de sostener y hacer vivir a lo que nos rodea, nuestra sociedad, el barrio, el país, la democracia, la comunidad, la familia, los hijos, la mesa.
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El texto dice que la lluvia va a llegar en su tiempo. Pero nosotros siempre queremos las cosas que creemos merecer ya, ahora, en nuestro tiempo. A veces ni siquiera notamos la lluvia alrededor y no nos damos el tiempo para saborearla en el rostro. El texto de la Torá también dice que la lluvia va a bañar y besar el campo, va a florecer el verde perfecto, tu viña y tu trigo van a crecer y entonces, vas a ir a tomar y recoger tu cosecha. Los sabios del Talmud se asombran y dicen que esa última parte del relato pareciera estar de más. Que es obvio que si el campo está en flor vamos a ir a tomar sus frutos y llevarlos a casa. Nada es obvio, nos enseñan los rabíes. No sea que se nos ocurra que también Dios o quien sea, va a hacer el trabajo por nosotros de llevar esos regalos a nuestra vida.

Amigos queridos. Amigos todos.
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Los jasidim nos aseguran que Dios cada mañana nos envía lluvia con bendiciones.
Las podemos recibir, pero con una condición.
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La condición es comenzar bien temprano y no desperdiciar un solo minuto de cada día.
La condición es dejar de dar las cosas por sentado.
Dejar de dar por obvio la salud de cuerpo y del espíritu.
Dejar de dar por obvio nuestros vínculos, la relación con nuestros amigos y hermanos.
Dejar de dar por obvio el amor de nuestros hijos, lo que esperamos de ellos y lo que
esperamos de nosotros.
Dejar de dar por obvio el amor de nuestros padres, nuestro legado, nuestra historia, la
misión, y el futuro.
Dejar de dar por obvio nuestra tierra, nuestra democracia o la belleza de nuestro mundo.
Para esa lluvia de bendiciones de cada mañana, la clave es salir bien temprano con un
balde en nuestras manos, para regar cada instante del día.
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