
“En la historia están todos los secretos del arte de gobernar” decía Winston Churchill. Pero los eventos nunca se repiten. La historia enseña por analogía. Sería absurdo, entonces; copiar decisiones y formas. El líder debe establecer qué situaciones merecen comparación y distinguir cuáles de esas decisiones previas siguen siendo aún relevantes, pese al paso del tiempo y a las circunstancias del momento.
Argentina lleva décadas atascada en sus propias arenas movedizas, por momentos avanza unos pasos, pero incluso cuando eso sucede, se sigue hundiendo. El dilema del momento para salir de la condena al atraso, parecería ser entre conflicto y ruptura, o gradualismo y consenso. Pero no todo es tan rígido, ya que la búsqueda de consenso está implícita en cualquier debate político serio. Intentar ponerse de acuerdo, es parte de la lógica natural del sistema republicano de gobierno. Por eso, nunca puede ser un fin en sí mismo. Porque la finalidad de un grupo político es concretar sus ideas, convencer al resto, promocionar y hacer docencia sobre la factibilidad de las ideas que defendemos.
La búsqueda de consenso, encuentra un límite en nuestras convicciones más profundas. Por ejemplo: si emitir genera inflación y un gobierno psiquiátrico nos quiere convencer de que emitir no genera inflación ¿Cuál sería el punto de consenso? ¿Una emisión que no sea desmedida? Sólo lograríamos acordar algo condenado al fracaso. ¿Cómo se encuentra el consenso entre dos sistemas contrapuestos? La respuesta es simple: Ganando.
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En el triunfo siempre aparecen los indiferentes y cobardes que especularon sin comprometerse, analizando qué ventaja podían sacar. Así fue como pese a estar en minoría, el gobierno de Macri logró sancionar varias leyes. Para eso contó con el apoyo de los indiferentes, que fueron los mismos que con sus votos tiraron por la borda esas leyes, votando en acuerdo con Alberto y Cristina, dos años después.
La garantía de la continuidad de las políticas la brinda siempre el triunfo electoral y la convicción de las ideas, nunca el consenso circunstancial que se alcanza al contar con los oportunistas. Lo dice nuestra propia historia.
En la Revolución de Mayo, una decena de hombres derrocaron a una monarquía. Para ellos, el sistema era dañino y había que cambiarlo. Apenas si juntaron ciento y pico de personas que fueron a manifestarse a la plaza de la Victoria. Pero lo increíble sucedió, y aquel grupo minúsculo dio vuelta la ecuación.
Cuando lograron sacarse de encima al Virrey, el pueblo se movilizó y se armaron ejércitos. Ahora sí eran mayoría. Sin embargo, el triunfo realista hubiese implicado la vuelta del Virrey y su sistema.
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También fue una minoría la que derrocó al tirano Rosas. Apenas dos provincias se movieron. El resto, nada. Pero al día siguiente de la derrota, todas estaban encolumnadas detrás de Urquiza. No por convicción, sino por conveniencia. Si Urquiza no imponía la Constitución, a ninguna le importaba.
Siguió la Constitución, resistida por la provincia más rica y poblada: Buenos Aires. La mayoría de las provincias la apoyaron, pero fueron convidadas de piedra. Poco discutieron los temas, ni mucho menos presentaron opciones. Convencidas por el triunfo de las armas de Urquiza, hubieran acompañado cualquier cosa.
Unos años después, Buenos Aires se sumó a la Constitución ¿Por consenso? No, por las armas. Pero cuando después de Pavón todo el poder cayó en manos de los porteños, no derogaron la Constitución, la mantuvieron. El consenso se había producido, gracias al convencimiento de unos pocos. El tiempo había hecho su parte y ahora la Constitución era de todos.

La Ley de Educación laica y gratuita 1420, fue una guerra política en el Congreso. En nombre del consenso nunca se hubiese aprobado, sólo la convicción de sus impulsores lo logró. Una mayoría circunstancial concretó una de las mayores transformaciones legales de la historia de nuestro país. Lo mismo se puede decir de la Ley Saenz Peña, pura imposición, nada de consenso.
El peronismo y sus grandes mayorías impusieron una Constitución en el 49′. La idea descarada de reformar la Carta Magna sin el apoyo de ningún otro partido político fue el resultado de un sistema antirrepublicano. La derogaron con el golpe del 55′. Años después, Perón fue reelecto por más del 60 % de los votos. Nunca en la historia el afamado consenso del 70% estuvo tan cerca. Sin embargo, a Perón no se le ocurrió retomar la Constitución del 49. La convicción y el valor de la Constitución original habían hecho su trabajo.
Un poco más cerca en el tiempo, la CONADEP y el juicio a las juntas, fueron impulsadas por Alfonsín sin ninguna mayoría. Tenemos también las privatizaciones de los 90′ impulsadas por el peronismo, donde los mismos personajes cayeron en las expropiaciones 15 años después. Entonces, queda claro que por más amplio que sea el consenso; la coyuntura definió las decisiones y no una abrumadora mayoría.
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Pero veamos cómo han conseguido conformar el actual status quo nuestros adversarios políticos. Un par de ejemplos de cuestiones que hace décadas ni siquiera se pueden debatir. Las leyes laborales tienen objeciones en casi todo el arco opositor. Sin embargo, se mantienen firmes e intocables. Nada de consenso. Por otro lado, la regulación de los sindicatos, organismos autoritarios y monárquicos, que siguen firmes en sus atropellos. Una sola vez estuvieron cerca de perder su hegemonía, al menos en la ley, ¡Pero la votación, que se dio en la época de Alfonsín, se perdió por un voto! Leyeron bien, un voto. Por un mísero voto se mantiene un sistema anacrónico que es un escándalo. La convicción de las corporaciones, la defensa de las ideas del peronismo, erradas, pero ideas al fin, lograron sostener inmaculada una situación, por un voto. Demasiado lejos del 70%.
La voluntad de unos pocos fue unas veces el motor de las transformaciones argentinas, y otras varias la condena al atraso. El convencimiento de algunos líderes, el coraje de ciertas ideas y el valor para defenderlas. Eso impulsó los cambios y, a la larga, eso las hizo perdurar.
El 24 de mayo de 1810 los patriotas dudaron de su propio éxito, el Virrey aprovechó la vulnerabilidad y les propuso una gran mesa con lugar para todos. Un gobierno de coalición, donde la cabeza, por supuesto, sería él. La idea les pareció interesante a algunos. No olvidemos que la derrota implicaba la muerte. Pero el 25, los más osados se negaron rotundamente y el virrey Cisneros tuvo que renunciar. La convicción de las ideas, la inquebrantable confianza en el porvenir, fundó la patria. El consenso sólo la habría postergado.
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